Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 26 de noviembre de 2012

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe.
“No se embote la mente…” (I Domingo de Adviento – Lc 21,25-28.34-36)

            ¡Bienvenidos todos al nuevo año litúrgico! Y estamos deseándole que este inicio marque desde ya su interés por ser mejor “oyente” de la Palabra de Dios, que estará guiada por la Buena Nueva según san Lucas. El hombre y la mujer de este nuevo milenio, se considera “posmoderno”, experimenta la tensión entre espera y no-espera. En cierto modo es ya incapaz de esperar, bien porque vive en lo inmediato y conforma con ello, bien porque es consciente de sus numerosos logros, de la cantidad de proyectos hechos realidad gracias a su espíritu emprendedor. Sin embargo, si juntamos tantas manifestaciones, vemos  que este hombre no ha avanzado mucho respecto al hombre antiguo: se detiene a preguntar a los astros, confía a hechiceros sus males, recurre a diversos magos en busca de un suplemento de energía para poder superar los límites en los que se encuentra encerrado, se refugia en mundos artificiales que le procuran las drogas y las múltiples ofertas de la sociedad de consumo. Pero, sin saberlo, lleva en el corazón una esperanza de salvación que experimenta diariamente que no está a su alcance ni en las posibilidades de su inteligencia ni en su fuerza. Esta espera de salvación ¿está destinada a estar siempre en el corazón como un vacío insaciable, o un grito en el desierto?
            Así como lo fue ayer para la vida de la humanidad, lo es para su hoy el mensaje de esperanza de la Palabra de Dios, del tiempo del Adviento. Hoy el texto litúrgico según san Lucas, a través del “discurso apocalíptico”, donde su centro es la espera del día del Señor, el cristiano espera el día de su manifestación “con gran poder y majestad” (v.27), espera que aparezca, plenamente visible, su victoria sobre el mal y su señorío universal. Y ante su venida, manifestada con los signos visibles de un cosmos en plena agitación, se darán dos modos de leer esos mismos signos: del que espera con miedo el final de un mundo encaminado a la desaparición y la nada (de ahí la angustia, la locura, el miedo: vv. 25-26); y la del que, creyendo, no infravalora el mal, pero a pesar de todo “levanta la cabeza” y abre el corazón a la esperanza porque está seguro de la liberación (v.28).
            Por otro lado, el evangelista resalta dos imperativos: “Procurad” (v.34) y “velad y orad” (v.36). Es preciso tener cuidado con lo que embota el corazón y apaga la esperanza. Hay que vigilar –y aquí aparece la añadidura de la preciosa invitación a la oración- para evitar la perversa fascinación del mal y estar lúcidos para esperar al único que da sentido a nuestra historia al Hijo del hombre.
            Este domingo nos abre el paso a la renovada escucha de la Palabra de Dios, que en  el Adviento resume las esperas y búsquedas del hombre y la mujer, iluminando cuanto se agita en el corazón y en la mente; invita a perseverar en la espera y, a la vez, anuncia el cumplimiento de esta espera. Desde su atalaya el lector, como atento centinela, nos asegura que no esperamos un algo que nunca llegará, sino a alguien que nos va llegar y colmar con su presencia todas nuestras más profundas aspiraciones.  
            Como bien nos ha recalcado el Santo Padre Benedicto XVI, en Porta Fidei: “Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada (2Ts 3,1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar el futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero” (no.15). Así pues, que el inicio de este nuevo Año Litúrgico, nos permita el hacernos el propósito por ser a los pies del Maestro, discípulos que estamos dispuestos a la Misión, en tiempos en que la Iglesia nos recuerda el estado permanente en que nos encontramos de llevar y anunciar el mensaje de gracia, que ya nosotros hemos recibido y por el cual hemos sido salvos. 

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