Mensaje P. Tony Salinas

martes, 3 de junio de 2014
Al Encuentro de la Palabra…
“Reciban el Espíritu Santo…” (Jn 20,19-23 – Domingo de Pentecostés)

Muy queridos amigos, hoy estamos terminando el tiempo de la Pascua, con la solemnidad de Pentecostés, cincuenta días después de Pascua. Pentecostés originalmente era la fiesta estival de la siega. El judaísmo la había transformado en alegre conmemoración del don de la Ley del Sinaí: “en la fiesta de Pentecostés – decía el rabí Josué ben Shalafta (150 d.C.)- los diez mandamientos fueron donados a la israelitas”. Pero más tarde se transformó a la celebración de la “Nueva Alianza, perfecta”, invadida por el Espíritu de Dios infundido en los corazones de piedra del hombre pecador, según la promesa de Jeremías (capítulo 31). Sobre este contexto, se celebra el Pentecostés cristiano, tal como lo narra Lucas en los Hechos de los Apóstoles.
Pero en el evangelio de hoy, se narra un Pentecostés el mismo día de la resurrección, donde Cristo resucitado, sopla sobre los discípulos. Hay que señalar que tanto en hebreo como en griego, la misma palabra significa tanto “el viento”, como “el espíritu”, tratándose así de un “soplo” de aire y del “soplo” vital (Gn 1,2) que da vida. El Espíritu de Dios que viene dado del Padre y del Hijo, es pues, el soplo de la vida, la fuente de la creación, el principio de una nueva existencia interior. Al exhalar su aliento sobre sus discípulos diciéndoles “recibid el Espíritu Santo, como el Padre me ha enviado así también os envío yo”, Jesús prolonga su propia misión y les transforma comunicándoles lo más precioso que tiene, su vida íntima, el amor de Dios, les hace sus hermanos, sus testigos. Entonces, si el Espíritu aparece como el principio que permite la creación, el gesto de Jesús el mismo día de Pascua, señala que Él es ahora dando el Espíritu, el creador del hombre nuevo liberado del pecado y del mal. Efectivamente, las palabras que acompañan el gesto simbólico del soplo son emblemáticas: “A quien les perdonen los pecados les serán perdonados”. A través del Bautismo y de la Reconciliación la Iglesia celebra un continuo Pentecostés: es por excelencia la fiesta del perdón, de la novedad, de la libertad.

Ahora bien, Lucas escenifica su Pentecostés (Hch 2), en la fiesta judía, donde el Espíritu, es sinónimo de viento. A él se asocia el evento de la aparición de Dios en el monte Sinaí, en efecto se está celebrando la nueva Alianza de Dios con la humanidad, que en contraste opuesto de lo que sucedió en la torre de Babel (Gn 11), queda ésta unida en la diversidad de lenguas. Bien lo señaló san Ireneo: “El Espíritu, como nos dice Lucas, descendió sobre los discípulos en Pentecostés, después de la ascensión del Señor, para introducir a todos los hombres en la vida y hacerles participar en la Nueva Alianza; por eso alababan a Dios en las lenguas, mientras el Espíritu congregaba en la unidad a los pueblos más distantes y ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones”. Y de esa imagen de las primicias, nos da pie, para pensar que Lucas, pone en este día el nacimiento de la Iglesia, comunidad de los discípulos de Jesús, que hablando las miles y miles de lenguas y dialectos de los hombres, proclama un lenguaje, el de Cristo y el del amor. La diversidad de culturas, de las razas y de los dones personales no es fuente de incomprensión y de hostilidad sino que se convierte en una “sinfonía” de voces que según timbres y tonalidades diferentes anuncian la misma alegría y la misma esperanza. Por eso la Iglesia suplica en este día con sus brazos alzados, las palabras del salmista: “Ven Espíritu Santo y repuebla la faz de la tierra”. 

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