Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 12 de enero de 2015
Al Encuentro de la Palabra…
“Hijo Primogénito” (Lc 2,1-14 – Solemnidad de la Natividad del Señor)

            Con la escucha o la lectura solemne de este santo Evangelio, se honra el acontecimiento que después de la celebración anual del misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo, la Iglesia venera con mayor devoción, la Natividad del Señor y de sus primeras manifestaciones, constituyendo así el tiempo litúrgico de la Navidad.
            El “hoy” de la liturgia que escucharemos y cantaremos repetidas veces no debe interpretarse como si supiéramos el día del calendario en que nació Jesús, sino como una actualización repetida del acontecimiento salvador de la Natividad.
            El 25 de diciembre no es ciertamente la fecha histórica del nacimiento de Jesús, sino que fue elegido para suplantar en Roma la fiesta pagana del “Nacimiento del sol invicto” con motivo del solsticio de invierno, proponiendo entonces a Cristo como luz que ilumina a las naciones.
            El relato de Lucas pretende situarnos en el marco temporal y espacial. Todo se realiza en el tiempo del emperador Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria y se ubica en la pequeña comarca palestina llamada Belén, ciudad de David y de José su descendiente al ser de la tribu de Judá. A la par de estas anotaciones, el evangelista se detiene a la consideración de un alumbramiento plenamente natural: “le llegó el tiempo del parto”, aludiendo cómo ese niño concebido ha permanecido los nueve meses de gestación en el vientre de su madre. Y, una vez que “dio a luz a su primogénito” con la alegría natural de una madre que recibe a su criatura, busca los pañales y le busca su cuna, que en este caso por las circunstancias, fue el “pesebre” de aquel improvisado lugar, porque ellos no “tenían sitio en la posada”. Y del escenario humano, se pasa a la dimensión celeste-divina, “un ángel del Señor” aparece trayendo la gloria de Dios y comunicando la buena noticia: “Os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”. Este cielo que se ha acercado como nunca a la tierra, inspira la presencia de una “legión del ejército celestial que se ha hecho presente para entonar el himno que hace la entrada triunfal de un Dios que irrumpe en la historia humana, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”.

            Con el canto de los ángeles, cielo y tierra son desde ahora la morada de Dios mismo y el hombre el objeto de su más profundo amor y consideración. Hoy es la misma humanidad que ante el maravilloso encuentro que le acontece en su historia, parafrasiando las palabras de santa Isabel, puede exclamar: “¿Quiénes somos nosotros para que nos visite Dios? Todo es futuro y todo es presente a la vez, celebramos su natalicio pero desde  la posesión de los frutos que nos mereció tan extraordinario y celestial Salvador, como bien lo decía san León Magno en esta fiesta: “Mientras Dios está en la tierra, nosotros podemos subir al cielo”. Ahora entonces podemos comprender el por qué de nuestros saludos de felicitación en este santísimo día: con su presencia, Dios, nos ha dado las mayores y más perfectas razones para experimentar la paz y la felicidad que sólo como un don bajan del cielo. Hoy es pues, un maravilloso día para saludar a los de casa y a los de lejos y, ser para todos ellos un nuevo ángel que porte la buena noticia, de que Dios ha cancelado nuestras deudas y nos abierto el camino hacia Él. Recibamos hoy a Jesús que viene a su Iglesia reunida en asamblea festiva, y que llega con todas las gracias de su nacimiento: la buena voluntad y la paz de Dios hacia todos y cada uno de nosotros. Así pues, desde este medio me uno a las más bellas y ricas felicitaciones en este día de fiesta espiritual: FELICIDADES amigos y amigas, que desde el portal de Belén sepan recibir el amor y el consuelo que Dios hecho hombre nos ha venido a traer. 

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