Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 12 de enero de 2015
“Y el ángel la dejó” (Lc 1,26-38 – IV Domingo de Adviento)

            En el camino cercano a Belén, es decir, a la Navidad, la liturgia de la Palabra de Dios nos acerca a los momentos previos al nacimiento del Mesías como fueron la anunciación y la encarnación en el seno de la Virgen María. De eso trata precisamente las lecturas de este domingo. Dos son los centros de interés fundamentales en el texto lucano de la así llamada anunciación a María: el anuncio del nacimiento de Jesús y la vocación de María a ser sierva del Señor. Jesucristo se presenta como el “signo” de la fidelidad de Dios, que mantiene las promesas hechas a David: “se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre a casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (vv.32-33). Hijo de David en el doble sentido de la carne y del Espíritu, que con su aparición en el mundo comienza a desvelar el misterio o plan secreto de Dios para la salvación de la hombres.
            Vemos en este texto como todos los elementos de la promesa mesiánica se cumplen en Jesucristo, porque él es el Mesías perteneciente a la dinastía davídica y es el Hijo de Dios hecho hombre. Estas verdades de nuestra fe, revelan que él es el nuevo templo, la casa que Dios ha preparado para que Dios y el hombre se encuentren. Por otro lado, afirma que toda la casa de Jacob, encuentra finalmente en Jesús al rey que lleva a cabo el verdadero ideal del Reino, un ideal de justicia, de paz y fraternidad. Este es el mensaje central del evangelio de este domingo, donde el cumplimiento de tan inusitado anuncio se cumple en el tiempo y el espacio preparado por Dios mismo, mostrando así su fidelidad y el don de su misma vida dada a conocer.
            Y en torno a este maravilloso y central mensaje, aparece la actitud de María, como la que hace posible este don con su “sí”. Es el polo opuesto a David, presentado en la primera lectura (2Sm 7m1.5.8b-12.14a.16), ella la Virgen aparece sin sueños de grandeza, no espera ocupar en la sociedad una oposición que le permita influir en los grande proyectos humanos, sino que su casa está abierta de par en par cuando el ángel “entra en su presencia”, como mensajero divino. Ella cree firmemente en la fidelidad de Dios y se pone a disposición de su designio.
            La Palabra quiere  este domingo llegar a nuestro corazón proponiéndonos el tema de la “fidelidad de Dios”. Un Dios fiel significa la roca capaz de dar estabilidad a nuestras vidas, pero también un Dios que nos sorprende: David debe aceptar que no son sus proyectos sino los de Dios los que deben conformar su vida. Así lo muestra la elección de la joven humilde de Nazaret, a quien el ángel le dice: “El Señor está contigo”, saludo que es la expresión del rostro de Dios, que la mira y la contempla, como la “favorita” la “elegida”.
            Aunque María ha acogido el anuncio y ha pronunciado su sí, no ha hecho más que entrar en una verdad que se le comunicaba. No fue ella quien la descubre, ni se adueña de la verdad. María entra en algo que le acontece. Podríamos terminar nuestra reflexión como solemos cantar: “Madre, enséñanos a decir ‘sí’”.

            

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