Mensaje P. Tony Salinas

sábado, 31 de mayo de 2014
Al Encuentro de la Palabra…
“Y sepan que…” (Mt 28,16-20 – Domingo de la Ascensión)

            Amigos y amigas, con la ascensión del Señor a los cielos, san Mateo cierra con broche de oro las apariciones pascuales del Señor Resucitado. Cristo sube hasta el trono divino, desde el reino de la muerte y de lo caduco para al reino de la vida y del infinito. Y desde lo alto de su poder que abraza cielo y tierra, hace descender sobre sus discípulos, colocados en un monte de Galilea, una última palabra raíz de la misión de la Iglesia. Para comprender correctamente el misterio de la Ascensión, hay que pensar en el cielo tal y como lo pensaban los hombres de la Biblia: el cielo es el símbolo de la trascendencia y de la superioridad de Dios respecto del hombre y del cosmos. En definitiva, es la morada de Dios. Y Cristo sube allí desde donde había salido, ya que “bajado del cielo”, es decir, venido del seno del Padre, ahora vuelve al Padre “subiendo al cielo”. En palabras de los santos Padres, es el signo del regreso a la gloria de su divinidad, antes oculta bajo el velo de la carne. En Jerusalén, en la cima del Monte de los Olivos, está lugar que recuerda este extraordinario acontecimiento, y desde el siglo IV venía llamado Imbomon, “sobre la cima”, y construido arquitectónicamente con un doble pórtico circular que abrazaba la rotonda interna, pero sin techo para expresar mejor el cielo abierto de la Ascensión. Paulino, obispo de Nola y escritor cristiano del siglo IV-V, en una carta narra la historia de ese par de huellas grabadas en la piedra de los pies, en el centro de la rotonda interna, que según la leyenda son los pies, del mismo Señor antes de subir al cielo. 
            Para Mateo, junto al hecho de presenciar la ascensión del Señor a lo más alto del cielo, está la centralidad de su mensaje: “Amaestrad a todas las naciones, bautizándolas, enseñándoles…”. La Buena Noticia inaugurada con su presencia no se puede limitar a un disfrute de algunos testigos, sino que por el contrario, está llamada al imperativo de anunciarla a todos con presteza y alegría. Y, es está la misión de la Iglesia, dura tarea sin duda, para quienes han sentido la irrupción de la persona del mismo Jesús en sus vidas, que les llama a la desestabilidad conformista e irresponsable, para tomar el “bastón” de pastor y la “voz” de profeta, que anuncian el mensaje encomendado. Bautizar es el primer encargo, es decir, introducirlos a través del agua, a ser sus discípulos para que reciban el Espíritu prometido. Y en segundo lugar, enseñar, que no se trata de transmitirles una doctrina, ya que lo que van a enseñar es la forma como la comunidad vive en el obrar y enseñar el propio mensaje de Jesús, verdadera escuela para la iniciación de los nuevos adeptos.
            La última frase de Jesús es una promesa que mira sobre todo a la misión. No van a estar solos en ella, Jesús va a acompañarlos en su labor. Así se cumplirá el contenido de su nombre, Emmanuel: “Dios con nosotros” (1,23). Juntos “Jesús” y el “discípulo” van a beber el vino nuevo de la entrega total (26,29). Tal situación durará hasta el fin de esta edad, que coincide con la del mundo, es decir, durante todo el tiempo del reinado de “el hombre” en la historia (13,41). Después sólo quedará solamente el reinado del Padre (13,48; 26,29), fase definitiva del reinado de Dios.
            Como la antigua liturgia señalaba, digámosle hoy al Señor sentado a la derecha del Padre: “Cristo, tú que por amor descendiste hasta nosotros, haz que nosotros por amor, ascendamos hasta ti”.


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