Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 9 de febrero de 2015


Al Encuentro de la Palabra…


“En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso…” (Mc 1,40-45-VI Domingo del Tiempo Ordinario)

Hoy acompañando a Jesús en su itinerario presentado por el evangelio de Marcos, nos detenemos para ver su acción ante un leproso. La práctica señalada por la ley y hoy presentada a través del libro del Levítico, que es la primera lectura, dejaba claro dicha práxis: “El que haya sido declarado enfermo de lepra, andará harapiento y despeinado, con la barba rapada y gritando:”¡Impuro, impuro!” (13,44).

Ese fue tal vez el escenario con el que Jesús se encontró aquel día. Ante ese grito y ante esa visión de un leproso, todos huyen como ante un monstruo. La piel manchada y corroída de aquel hombre revela que estamos en presencia de un leproso, el “excomulgado” por excelencia, un cadáver ambulante. Si la enfermedad en el antiguo Israel era considerada castigo por un pecado, qué enorme culpa tenía que estar a la raíz de un enfermo de lepra. El leproso es, pues, el impuro por excelencia y el manto de la impureza lo cubre totalmente, en todas sus dimensiones, religiosas, sociales, personales. En este tiempo habían hasta 72 tipos de lepra y éstos tenían prohibido incluso acercarse a los muros de la ciudad santa de Jerusalén. Jesús, en su encuentro con el leproso, inicia un verdadero proceso revolucionario religioso, ya que señala y considera que la enfermedad es una realidad independiente de la esfera religiosa, al punto que toca al leproso, en contra de todas las prescripciones de la Ley.

Todo inicia “sintiendo lástima” y luego agrega el evangelista que “extendió la mano y lo tocó”. El leproso asiste con ojos maravillados a esta solidaridad tan profunda por parte del maestro de Galilea, que se concluye con “¡Lo quiero, queda limpio!”, por parte de Él. El milagro ha sido operado portentosamente, el leproso ha quedado limpio, plenamente purificado. Su cuerpo limpio de la lepra, revela la gratuidad de Dios, manifestada en su Hijo, que no puede seguir en esa línea de visión religiosa llamada retribución: ante el delito el castigo o ante la buena conducta el premio. Dios es misericordia infinita, más que un juez severo que va llevando cuenta de los delitos, dictando continuamente sentencia exterminadora para los que se han dejado llevar por el mal. Si así fuera, el mal lo habría vencido, a Él que es la bondad y bien por sobre todas las cosas.

Las escena concluye con el encargo severo de “¡No se lo digas a nadie!”, con el cual Jesús le impone la actitud de participar al secreto de su divinidad, que no puede por ningún punto ser revelado a nadie, tema desarrollado en todo el evangelio y conocido como el “secreto mesiánico”. La vía para conocer esa divinidad escondida en la humanidad de Cristo, no está en su poder milagroso para curar toda dolencia del hombre, sino en la gran manifestación de la cruz, en la cual se revelará a ese Mesías, como Hijo de Dios. Con la celebración litúrgica al amparo de tan hermoso evangelio, se aprecia sin lugar a duda ese pasaje donde los sacerdotes del Antiguo Testamento declaraban la lepra como una impureza religiosa, relegando al enfermo al desamparo de Dios y de la comunidad, pasando ahora al nuevo y único sacerdocio, el de Cristo Jesús, quien ejerciendo entre nosotros un sacerdocio de misericordia, con el valor altísimo de su “compasión” llena de dulzura y fuerza redentora, abre las puertas para la curación, para el mundo de los últimos que aparecen como los nuevos leprosos de nuestra realidad. Y a quiénes el Papa Francisco reiteradas veces en nombre de Jesús, nos recuerda no olvidar y siempre atender.

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