Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 20 de mayo de 2013

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Dios-Padre-Hijo-Espíritu Santo” (Jn 16,12-15 – Santísima Trinidad)

            Ante nosotros, en esta liturgia, se despliega el mural de la vida íntima de Dios. No vemos nada. Es normal. Dios es cegador. Sin embargo, intuimos algo definitivo: Dios es amor. No es solitario. Vive en compañía, es comunión divina. Gracias a ese amor infinito que Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu, nosotros, hemos recibido la salvación. ¿Qué otra cosa podemos hacer que contemplar ese inagotable panorama? Y para ayudarnos a esta contemplación, vivamos el mensaje de la Palabra de Dios, de esta solemnidad.
            A través del Evangelio de hoy, comprendemos como desde siempre se expresaba Dios en su Palabra, como un flujo de vida intercomunicante. Ya en la creación, su Espíritu se movía entre las aguas, daba vida con su aliento a todo lo creado y se derramaba después en reyes, jueces, profetas y pueblo. Su Palabra no sólo es el medio creador, sino que se encarnó en los profetas y hombres inspirados, en quienes se hace activa realidad, presencia y expresión de lo divino para los hombres. Pero esta Palabra se encarnará definitivamente y en identificación plena, en Cristo, Palabra del Padre. Su Espíritu, que es el Espíritu del Padre, se nos comunicará en plenitud a todos los que creemos en Él. En la fe percibimos esa Palabra y Espíritu no ya como meros modos de actuación de Dios, sino como seres subsistentes.
            Con el Santo Evangelio, vemos como se manifiesta la relación que hay entre el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo. El Padre ha comunicado al Hijo todo cuanto tiene, es decir, toda su vida y su verdad. Cristo nos ha comunicado esa vida y esa verdad, pero el misterio infinito de Dios exige para nuestras pequeñas mentes una revelación que se dilate en el tiempo y en el espacio. He aquí entonces, la misión del Espíritu Santo dado a la Iglesia por Cristo Resucitado: “Él nos guiará a la verdad perfecta”, iluminando en plenitud la riqueza divina que Cristo nos ha traído. El Evangelio, pues, es trinitario en su mismo comunicarse, porque tiene su origen en el Padre, es proclamado por el Hijo y es interpretado en plenitud por el Espíritu.
            La solemnidad de hoy, nos ofrece, pues, n esbozo del rostro inalcanzable de Dios. Él no es un emperador impasible y solitario, envuelto en las nubes de su trascendencia y en el silencio de su infinito ser, sino que está ligado a nosotros como Creador, Salvador y Redentor. Su Pascua crea, redime y nos indica el destino último, el del abrazo pleno con Él, porque “entonces estaremos siempre con el Señor” (1Ts 4,17). En efecto, “ahora lo vemos como en un espejo y de manera confusa, pero entonces lo veremos cara a cara” (1Co 13,12).
            Creación, revelación, redención: son estas las acciones trinitarias que nos abren al misterio de Dios. Con la creación, Dios rompe su soledad perfecta; con la revelación rompe su silencio; con la redención romper la trascendencia al encarnarse. La Trinidad no es, entonces un tema para perdernos en complicaciones teológicas, es ante todo, hacer la experiencia de si vida en nuestra vida. Ella es, la comunicación plena que Dios hace de sí mismo. En esta solemnidad, todos estamos invitados a reconocer la existencia trinitaria de Dios, y a dar la gloria, la alabanza, la bendición y la acción de gracias, por todo lo que Él ha hecho por nosotros, éstas son las palabras únicas, dignas y humildes que podemos pronunciar ante Dios.



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