Mensaje P. Tony Salinas

viernes, 17 de mayo de 2013

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“En la tarde de aquel día…” (Jn 20,19-23 y Hch 2,1-11- Domingo de Pentecostés)

            La solemnidad de hoy, que cierra el tiempo litúrgico de la Pascua, se nos presenta a través de dos narraciones, la de Lucas en el libro de los Hechos y la del Evangelio de Juan. El Pentecostés de Lucas está representado en el célebre cuadro del capítulo 2 que abre la liturgia del día de hoy. No hay duda  de que la base del acontecimiento del Cenáculo recuerda la famosa epifanía divina del Sinaí con sus truenos, viento impetuoso, fuego y ruidos. Entre otras cosas, no hay que olvidar que en la tradición judía Pentecostés era la fiesta de la nueva alianza en el Espíritu de Dios, tal como lo había sido anunciada por lo profetas Jeremías y Ezequiel como superación y perfeccionamiento de la del Sinaí: “Les daré un corazón nuevo, pondré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de ustedes” (Ez 36,26-27). Ahora bien, el Pentecostés de Juan, coincide prácticamente con la Resurrección. En efecto, éste tiene lugar “la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado”. Es la fuente del don del Espíritu, es efectivamente Cristo Resucitado que, como había prometido cinco veces durante los discursos de la Última Cena, ofrece a su Iglesia como Espíritu paráclito o consolador. El corazón de la narración es un acto simbólico y una frase de Cristo. El gesto es el de “soplar”, evocando el evento primordial de la creación cuando “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gn 1,2) y penetraba en la criatura humana en la que Dios “había inspirado un alma activa y había infundido un espíritu vital” (Sb 15,11). Las palabras de Jesús ayudan, en cierto sentido, a descifrar este acto simbólico: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes le perdonen los pecados les serán perdonados…”. El Espíritu crea una nueva humanidad libre del mal que queda borrado por medio del sacramento del perdón celebrado dentro de la Iglesia.
            Las dos narraciones, la de Juan y Lucas, recuerdan el origen de la historia humana, que tuvo en su comienzo la presencia del Espíritu que creaba todas las cosas, suscitando por su poder, una plena y total armonía entre todo lo creado.
            Al cerrar hoy el ciclo litúrgico que iniciamos con la Cuaresma y concluimos con la Pascua, llegamos a entender que el Padre es el “Yo” originario, el Hijo es el “Tú”, la imagen en que se refleja. El Espíritu es el “nosotros”, amor subsistente entre el Padre y el Hijo, creador incansable de unión y comunidad. Bajo su acción, los bautizados, esclavos y libres, negros y blancos, “forman un solo cuerpo”. Ese Espíritu se manifestará en la más pura diversidad de dones, pero siempre “para el bien común”. El Espíritu Santo del Padre y del Hijo ha sido derramado sobre el mundo y en nuestros corazones. Espíritu Creador, Santificador, Educador del hombre. Él es Defensor, Abogado, Maestro de la Palabra de Dios en la Iglesia. Gracias a su impulso se transforma el mundo, crece el amor, se alcanza la justicia. Él será el Paráclito, un término griego que puede traducirse, como lo hace la versión litúrgica: “Consolador”, pero con un matiz jurídico: el Espíritu es el defensor de la Iglesia y del fiel sumergidos en el barullo de la historia, rechazados por el mundo, perseguidos por el mal. El Espíritu sostiene y anima, sostiene y guía a la comunidad creyente  en su testimonio de fe y de amor. Pero el Espíritu Santo tiene también una función interna en la Iglesia y en el corazón del cristiano: “Él enseñará y recordará todo lo que yo les he dicho”. Así pues, fue “en la tarde de aquel día”, como agrega el canto: “yo sentí que con Jesús, nuestro corazón ardía a la vista de Emaús”.

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