Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 14 de mayo de 2014
Al Encuentro de la Palabra…
“Ya saben el camino…” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Cuaresma)

En este domingo, debemos dar las gracias a Tomás y a Felipe por sus absurdas preguntas a Jesús en la última cena, según la versión del cuarto evangelio. Esa pregunta a todas luces ridícula de Tomás que, a esas alturas de estar con Jesús, no sabe adónde va, provoca en el Señor esa definición: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. El contenido de estas palabras trasciende el puro lenguaje, el puro pensamiento, la propia filosofía y se convierte en un planteamiento vivencial y existencial tras el encuentro personal con Jesucristo y la reflexión a la que conduce. No es que el mensaje de Jesús contenga un camino, no; o que en su predicación encontremos una gran verdad; o que Él sea vehículo para la vida, no. Se trata de que la persona de Jesús es camino; la persona de Jesús es verdad; la persona de Jesús es vida. Pero tampoco se trata de un camino, una verdad o una vida que descubrimos por descarte de otros caminos, verdades o vidas; no. Con artículo determinado: El camino, la verdad y la vida. El camino por excelencia, la verdad por excelencia, la vida por excelencia. Nadie más que haya existido en este mundo puede decir lo mismo.
En este texto Jesús se abre a sus discípulos en toda su grandeza. Jesús es el camino hacia Dios. Este Dios no es un ser lejano y nebuloso, sino cercano y familiar: Dios es padre. Esta es la verdad de Dios que Jesús trae. Quién podía proponer algo semejante? Jesús es el cauce por el que la vida de Dios llega a los hombres. Pero Jesús no impone: propone, pide, ruega. Creedme. Jesús pide a sus discípulos que crean que sus palabras y sus obras son las palabras y las obras del Padre. Lo que él dice y hace es el Padre quien lo dice y hace. Pide a sus discípulos que crean esto. Más aún: les pide que crean que las obras futuras de ellos serán las obras del Padre y de él mismo. Sirviéndose de una hipérbole coloquial les asegura: El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores.
Hemos visto cómo Jesús se define a sí mismo como camino. La vida cristiana se puede entender, también, como camino. Verdaderamente la vida de Jesús fue un caminar, un  éxodo, hacia el Padre, de donde había salido. Los evangelios nos presentan a Jesús caminando hacia Jerusalén, donde se va a cumplir su destino. Jesús es un predicador ambulante. Este es su talante. De pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, predica y extiende el Reino de Dios. Los discípulos, más que imitar, siguen a Jesús en el sentido físico y literal de la expresión. El camino es expresión aceptada para significar el nuevo estilo de vida de los primeros cristianos. Caminar es salir de uno mismo, hacer el esfuerzo de avanzar, abrirse a nuevos horizontes, buscar nuevas metas. No ceder al sedentarismo y a la instalación. La fe, tanto en Jesús como en Abraham, se expresa bien en el caminar. Caminar en la promesa hacia una nueva patria, sabiendo que no tenemos aquí una mansión permanente. Todo creyente sabe que su vida tiene que ser así. Los apóstoles así entendieron la misión que recibieron del Maestro y predicaron el evangelio en el mundo entero. Este espíritu misionero perdura en la Iglesia como uno de sus mejores valores. La comunidad de Jesús tiene que recorrer un camino. La metáfora del camino expresa el dinamismo de la vida, que es progreso. Jesús marca la dirección en que el hombre se realiza: es el camino que él mismo ha abierto y trazado, el de la solidaridad con el hombre y la entrega, el del amor creciente. Todo otro camino lleva a la nada, a la muerte. La meta es la máxima solidaridad con el hombre, dándose enteramente por él. En ese amor se encuentra al Padre.


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