Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 26 de noviembre de 2014
Al Encuentro de la Palabra…
“¡VELAD!”  (Mc 13,33-37 – Primer Domingo de Adviento)

            Hoy con el hermoso verbo en griego gregorein, que resuena por más de tres veces en el evangelio de hoy, se inaugura solemnemente el Año Litúrgico, con este sagrado tiempo del Adviento. El verbo lo traducimos como “velar, vigilar” y le acompaña en todo el Nuevo Testamento, por significado el verbo egheiren, “despertarse”. Maravillosos verbos que enfatizan la necesidad de vivir este nuevo tiempo en términos de una vigilancia que manteniéndonos despiertos, enfatiza la voluntad espiritual del cristiano a no dormirse o lo que sería peor, perderse en la neblina de la inmovilidad y la pasividad, que conllevaría a todo tipo de desenfreno por no tener ningún puerto seguro a donde llegar.
            La invitación la hace el propio Señor Jesús, ya que Él se presenta no como el señor de casa, que está dirigiendo las faenas con su presencia palpable, sino como el Dueño ausente, “que se marcha de viaje”, confiándole a sus empleados todos sus bienes y tareas.
Hoy pues, se nos presenta el primer rostro de Jesús, a través del poderoso evangelio según san Marcos, escrito entre los años 60 y 70. En efecto a lo largo, de este año litúrgico acompañados por san Marcos, aparecerá el rostro de Jesús de Nazaret, primero como modesto predicador ambulante en Israel, hasta su configuración definitiva de Mesías glorioso e Hijo de Dios en el madero de la cruz. Su primera llamada está señalando la virtud cristiana de la vigilancia, la comunidad a la que escribe necesita nunca perderla. Lo hace a través de la parábola del portero, del centinela, que Marcos considerando a su auditorio probablemente pagano, divide la noche en cuatro vigilias, según el uso romano: la tarde, la medianoche, el canto del gallo y el alba. Los hebreos en cambio dividían la noche sólo en tres fases. Pues bien, la tención vigilante durante toda la noche, está en el regreso del dueño de casa, de allí que se repita por dos veces: “No sabéis el momento… No sabéis cuándo regresará el dueño de casa”.
            Llegado el Adviento, el gran estruendo musical que le acompañará es precisamente  la Palabra de Dios. No hay auténtico Adviento sin la escucha atenta y creyente de la Palabra, vivida diariamente, y que hoy, alerta con el verbo: “¡Vigilar!”. Si tal mensaje era para la comunidades del ayer de Marcos, hoy ese mismo mensaje tiene tanta validez para el hoy de la humanidad, ya que el bienestar, la distracción, la superficialidad, están aprisionando la mente y el corazón, llevando así al letargo, a la somnolencia, al sueño que permitirá al ladrón llevarse cuanto quiera, culpa de un portero, que en vez de vigilar se confió y se durmió. La enseñanza aparece clara, la vida del hombre y la mujer fiel, se parece a ese vigilante despierto, símbolo de la actitud con la que el creyente espera siempre responsablemente a su Señor que viene, sin distracciones, ni comodidades.
Nuestra vigilia no es, pues, esa fría y resignada del centinela que trata de hacer correr lo más velozmente posible las largas horas nocturnas; es, en cambio, la espera de un hijo que ojea en el horizonte el regreso del padre para correr a su encuentro y entregar en sus manos todos sus temores y sus alegrías, sus problemas y los resultados obtenidos. ¡Feliz Adviento para todos nuestros lectores! ¡Feliz espera del Señor!


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