Mensaje P. Tony Salinas

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miércoles, 18 de marzo de 2015
Al Encuentro de la Palabra…
“Grano de Trigo” (Jn 12,20-22 – V Domingo del Tiempo Ordinario)

            En el itinerario cuaresmal la meta se sitúa junto a la espera de la nueva vida que florecerá de la tumba vacía la mañana de resurrección, y mientras llegamos allá, debemos hacer la experiencia de hacer morir con Cristo todo aquello que en nuestra realidad se opone a la verdadera vida. De hecho, hay que nacer de nuevo al final de este caminar. En nuestro corazón y a nuestro alrededor  hay un cierto olor a podrido.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Al Encuentro de la Palabra…
“Dejándose tentar por Satanás…” (Mc 1,12-15)

            Amigos todos, nos encontramos ya en el camino hacia la Pascua, fiesta de victoria y salvación; y para esa meta la Iglesia nos llama a vivir el camino cuaresmal, como en el  desierto que hay que atravesar para llegar a la tierra de promisión. Hoy con este primer domingo afrontamos el tema de la tentación (peirasmós, en griego), como elemento constitutivo en la vida del hombre sobre la tierra. Jesús hecho semejante a nosotros es también tentado, y, sólo después de superada la tentación, comienza a proclamar la Buena Noticia: El Reino de Dios está cerca. Así pues, todos somos asaltados por la tentación. Con ella Dios al permitirla prueba la fidelidad de sus hijos. El escenario idóneo para ser asaltados por el tentador es el desierto, de allí que Israel pasando por él, viva la experiencia de la tentación que le permita una vez superada la misma, vivir su vocación de pueblo de la alianza, aprendiendo a vivir sólo de Dios. Pues también Jesús, tal como nos lo narra hoy Marcos en su breve referencia al hecho, sitúa al Mesías de Dios, ante precariedad del desierto por un largo período de 40 días con sus 40 noches. Él deberá aprender a vivir ante la precariedad sólo de Dios, su Padre. Debe hacer la experiencia en carne propia, de lo que en fe cree que Dios es capaz de hacer por su Hijo “muy amado”. En el desierto no puede asegurarse de nada, este es el lugar por excelencia de la situación límite para el ser humano, dónde sólo se puede sobrevivir, por la acción sobrenatural de aquel que está por encima de todo lo creado. Y Jesús está allí, débil y sólo, al margen de ser sobresaltado en su integridad de hombre y creyente, por el enemigo que busca incansablemente como devorarlo. Y al final de estos días, aparece allí sutil y sugerente. ¡Así aparece siempre Satanás! No se le venir. Y ¿qué le dice a Jesús? Seguramente le susurra al oído sus propuestas: en primer lugar que crea que las cosas dan la vida, olvidándose de Dios fuente de la única vida. Luego confundir su fe con comprobaciones evidentes. Que Dios le de signos deslumbrantes para mostrar su presencia allí con él. Y por fin, lo tienta con el natural deseo humano de poder y dominio. Quiere que Él, Hijo de Dios, se venda al diablo, lo adore para que logre el triunfo sobre las realidades temporales.
            Pero Satanás, ha quedado fallido, Jesús no le ha dado tregua en sus pretensiones, no se ha dejado engañar por sus mentiras disfrazadas de verdad y así ha superado su asecho,  su ataque tentador. El principio que da paso a la superación de la tentación marcado por Jesús, se basa en el reconocimiento de Dios, como aquel que siempre es “fiel”. Fidelidad divina que está señalada en su Palabra, de la cual Jesús ha hecho su alimento y de la cual se desprende por igual, su total actitud obediente, seguro de que no quedará burlado. A este propósito que bella la enseñanza que al respecto nos ha dejado san Agustín en su Comentario a los Salmos: “¡Cristo tentado por el demonio! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria”. Agarrémonos pues, de la Palabra que sale de boca de Dios, para que podamos como Jesús, salir victoriosos ante la asechanza de nuestro enemigo, el diablo. 

lunes, 17 de marzo de 2014
Al Encuentro de la Palabra…
“El Salvador del mundo…” (Jn 4,5-42 – III Domingo de Cuaresma)

            Hoy nos encontramos con el único texto de los evangelios que califica a Jesús como el Salvador del mundo. Hermosa confesión con un alto sentido de definitivo y eterno. No hay otro fuera de Él. Como la mujer samaritana del texto evangélico de hoy, pide la fe en el Salvador del mundo, que engendra una nueva vida; dando a la vez unos sentidos nuevos. El creyente ha recuperado el sentido del gusto. Sabe en qué pozo mana el agua que dura hasta la vida eterna. Jesús de Nazaret, en contraposición a las cisternas agrietadas que nos fabricamos, es la fuente de agua viva.
            Ahora bien, según la que ha sido llamada la “mística del espacio” característica del cuarto evangelio, el texto de hoy, “de la samaritana”, se desarrolla en estos grandes signos topográficos que revelan un sentido más alto de su propia imagen. En este caso es el agua en el pozo, es la realidad del oriental que busca con ansiedad continua dentro de su panorama a menudo tan asoleado, sabiendo que ella no es sólo un instrumento de purificación y frescura, sino sobre todo raíz de vida y fecundidad. El agua irriga el suelo haciendo brotar yemas verdes; el agua combate la muerte del desierto haciendo allí renacer la vida; el agua fortalece al hombre en su camino cotidiano. En esta luz, las palabras de la samaritana: “Señor, dame de esta agua par que no tenga más sed”, contienen la petición fundamental del cristiano. Él no busca un agua aunque fresca y santa como la del pozo de Jacob, sino “el agua que brota para la vida eterna”.
            El diálogo con la mujer se desarrolla en torno al pozo de Jacob, que es el único que existe hoy en la región de Siquén. Ya desde el siglo IV, un santuario había rodeado este pozo, que tiene una profundidad de 32 metros; también los cruzados erigieron allí una basílica en cuya cripta se había conservado dicho pozo. Hoy es un lugar custodiado por la iglesia ortodoxa. Pues bien el agua tiene ese gran sentido teológico. 1500 versículos del Antiguo Testamento y 430 del Nuevo están “sumergidos” en el agua, porque es la realidad que más desea todo el paisaje oriental, que como sabemos es a menudo seco, árido y sediento.
            En el texto Jesús única fuente de salvación, ofrece dos realidades una tras la otra. En el Antiguo Testamento se habla de beber de la Sabiduría: “Lo haré beber el agua de la Sabiduría” (Sir 15,3), pero en el evangelio de Juan aparece de forma diferente: “Los que me beban ya no tendrán más sed”. Pero Juan va más largo y es el segundo punto: “Y el agua se convertirá en él en una fuente” (4,14). El agua pues que ofrece Jesús, además de saciar definitivamente, también se convertirá en una fuente, pero con la cualidad que saltará incluso hasta la vida eterna. Estas últimas palabras logran despertar en la samaritana el deseo de beber de esta agua. Escuchando también tan bello relato, estamos llamados a sentir ese gusto por el agua que sólo Jesús puede dar. Desierto, sequedad y sed, deberán ser los signos cuaresmales que nos inviten a buscan a aquél que puede llenar a plenitud las muchas ansiedades del corazón. Con otro pasaje del Salterio podemos decir en estos días de penitencia: “Tiendo mis manos hacia ti; sediento estoy de ti como tierra seca, agostada sin agua” (Sal 143,6).





jueves, 14 de marzo de 2013

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“No peques más…” (Jn 8,1-11 – 5º Domingo de Cuaresma)

            Avanzando en el camino hacia la pascua, hoy escuchamos un relato del Evangelio según san Juan, la situación del relato supone la presencia de Jesús en el templo (8,2). Evidentemente ha terminado su sermón y los oyentes se retiran a sus casas. Para la situación dentro de Juan el lector debe pensar en los miembros del consejo supremo, está pensada también, teniendo en cuenta a los habitantes de Jerusalén y tal vez durante el último de Jesús en la capital. Dentro de este contexto, entonces los letrados y fariseos llevan a una mujer a la que acaban de sorprender en adulterio. El texto no dice, si la “mujer” era una muchacha prometida o si se trataba de una mujer casada. Como argumentación de la inculpada era una “novia infiel” se aduce que el castigo solicitado es la lapidación (v.5), establecida por Dt 22,23ss. Pero hay que suponer por igual que la pecadora era una mujer casada. Por otro lado, no se sabe si llevan a la mujer al tribunal o si ya la han condenado y la llevan al lugar de la ejecución. En cualquier caso, la situación de Jesús es delicada: ¿Deberá dejar de lado la misericordia, que tantas veces ha predicado, o habrá de contradecir el claro tenor de ley mosaica?  Pero si la sentencia ya ha sido fallada, su posición es todavía más peligrosa: o tiene que alzarse contra el tribunal judío, o bien –supuesto que los judíos o podían ejecutar sentencias de muerte (cfr. Jn 18,31) – aparecer como un revolucionario en contra de los romanos.
            Los implacables acusadores dan a Jesús el tratamiento de “Maestro” presentándole el caso para que se pronuncie. Aprovechan la ocasión para poner en un aprieto al hombre que el pueblo considera como un rabí. El hecho es claro, ya que la mujer ha sido sorprendida y apresada en flagrante adulterio. Tampoco la prescripción de la Ley admite duda alguna: la pena para tal pecado es la muerte, y desde luego, aunque no se dice explícitamente la lapidación. Jesús parece no tomar en serio la solicitud de ellos, ya que estaba escribiendo en el suelo, pero los escribas y fariseos, seguros de su causa, siguen presionando a Jesús. Él entonces se endereza y les dice: “El que entre vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirar una piedra contra ella”. En el fondo Jesús, señala que quien simplemente como pecador está bajo el juicio de Dios, no debe arrogarse el derecho de juzgar a otro pecador. Ya en el sermón del monte dice Jesús: “No juzguéis para que no seáis juzgados” (Mt 7,1). Según Dt 13,10 y 17,17 los testigos deberían ser los primeros en alzar la mano para la lapidación, siguiéndole después todo el pueblo. La palabra de Jesús enlaza con esta vieja prescripción y con la antigua forma de ejecutar a los condenados mediante el lanzamiento de piedras. ¿Quién desea presentarse como testigo contra esta mujer, cuando tiene contra sí el testimonio de Dios mismo? Después de esta su primera palabra, Jesús vuelve a inclinarse y continúa escribiendo. Había dicho lo que tenía que decir para esclarecer su postura.
            Pero la historia pide la conclusión, porque el lector quiere saber cómo se comporta personalmente Jesús con la pecadora. Cuando todos se han ido queda a solas con la mujer, que continúa en el mismo sitio, sigue siendo la pecadora acusada, convicta y desamparada. Ella reconoce de inmediato el perdón incondicional que Dios le ofrece a través de Jesús, sólo debe partir con una meta llena de propósitos: ¡No peques más! El perdón es siempre el inicio de una vida nueva, lo fue para ella y lo sigue siendo para todos nosotros.



lunes, 4 de marzo de 2013

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Hijo mío…” (Lc 15,11-32 – 4º Domingo de Cuaresma)

            Nos encontramos hoy leyendo, en este camino hacia la Pascua, una parábola que es exclusiva de la narración evangélica de Lucas, considerada como “la obra maestra de todas las parábolas de Jesús”. A ella le preceden en el mismo capítulo las parábolas de la oveja perdida (15,1-7) y la de la moneda perdida (15,8-10). Lo común de este tríptico de parábolas es su dialéctica de “perdido”/ “encontrado”. El nombre tradicional es “El hijo pródigo”. Esta parábola ha inspirado a toda clase de artistas: pintores como Durero, Beham, Rembrandt, Bassano, van Honthorst; músicos como Animuccia, Prokofiev, Britten; filósofos como Nietzsche.
            En labios de Jesús, esta parábola, quiere poner el acento esencialmente sobre el amor del padre; un amor incondicional e ilimitado que no sólo acoge con la mayor solicitud al hijo que retorna de sus extravíos, sino que, además, no consiente que la frialdad del hijo fiel, del observante, obstaculice la manifestación de ese amor hacia el hijo, que “estaba muerto y ha vuelto a la vida” (v.32).  Ahora bien, parece que Lucas desea unirla por igual a las dos parábolas precedentes, que culminan con la “alegría” de haber encontrado lo perdido. Vemos pues que el tema es idéntico: lo que se celebra es el hallazgo de lo que se había extrabiado. Y por igual, dentro del contexto del capítulo, el objeto de la parábola es dar respuesta a las observaciones críticas de los fariseos y de los doctores de la ley. La actitud del hijo mayor caracteriza indudablemente la postura de esos personajes, y así quedan alegorizados ciertos detalles, como “sin desobedecerte nunca una orden tuya” o “tantos años que te sirvo”.
            La parábola presenta al padre como símbolo del amor del propio Dios. Un amor, una misericordia incondicional, abierta, ilimitada, que no sólo se vuelca sobre el pecador arrepentido –el hijo menor -, sino también sobre el crítico intransigente –el hijo mayor -, que se obstina en su incomprensión. Al mismo tiempo, es una espléndida caracterización del mensaje salvífico de Jesús, el gran predicador del Reino. Ella profundiza en la psique humana y hace vibrar sus registros más sensibles en la desgarrada confesión del hijo pequeño: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo” (vv.19.21). El Cap. 15 de Lucas se cierra con la proclamación lapidaria de que por encima de todo, incluso del pecado más inconcebible, está el amor y la comprensión del padre.
            Dos elementos forman el centro de la conducta del hijo, que dice al Padre: “Dame la parte de la fortuna que me toca” (v.12), según las costumbres  ancestrales de la Palestina, el padre podía disponer de sus bienes de dos maneras: haciendo testamento, que se cumpliría a la muerte del testador (Nm 36,7-9; 27,8-11), o por medio de una donación en vida, en beneficio de sus hijos. Esta última modalidad, desaconsejada por Eclo 33,19-23, parece haber sido práctica corriente. En cualquier caso, la herencia del primogénito, o la donación en vida, tenía el equivalente al doble de lo correspondiente a los demás hijos (cf. Lv 21,17).
Luego le dirá: “He pecado contra el cielo y contra ti” (v.18), la mención del “cielo” sustituye al nombre de “Dios”; en la ofensa que ha hecho a su padre, el hijo reconoce una dimensión más profunda: la ofensa al propio Dios. Equivaldría a decir: “mi pecado es tan monstruoso, que alcanza hasta el cielo”. “Ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Una vez otorgada la donación, el hijo no tenía ningún derecho legal a la ayuda de su padre. Pero, derechos o no derechos, la conciencia de la villanía de su comportamiento le afecta psicológicamente, hasta el punto de reconocer que no merece la consideración de hijo de tal padre.
lunes, 25 de febrero de 2013

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Una higuera plantada en su viña…” (Lc 13,1-9; 3º Domingo de Cuaresma)

            El santo Evangelio de este domingo, nos invita a un estudio profundo, por un lado de los acontecimientos citados por Jesús y sobre la parábola de la higuera estéril. Bien, el asesinato de los galileos, la muerte accidental de dieciocho personas aplastadas por la torre de Siloé y la parábola de la higuera estéril son exclusivas del Evangelio según Lucas. Jesús, al enterarse de que Pilato ha asesinado a unos galileos en el santuario, saca de ese acontecimiento una moraleja práctica. A pesar de su propio origen galileo, Jesús no apela a sus sentimientos patrióticos, lanzándose a una crítica despiadada del desaprensivo gobernador romano; en vez de eso, aprovecha ese incidente para invitar a su auditorio a un verdadero arrepentimiento y a la conversión. Su argumentación es bien nítida: los galileos asesinados no pagaron con esa muerte tan dramática un pecado mayor que el de sus compatriotas; lo que se deduce del hecho es que una muerte repentina tiene que hacer reflexionar a los vivos e incitarlos a arrepentirse y a reformar su vida, es decir, a aceptar con fe la palabra salvífica de Dios, que él mismo ha venido a proclamar. La existencia de cada persona puede truncarse tan repentinamente como la de esos galileos. Y, sacando partido de ese acontecimiento, Jesús pone en paralelismo el asesinato cruel de los galileos con el accidente que sufrieron dieciocho habitantes de Jerusalén cuando se derrumbó sobre ellos una torre de las antiguas murallas, cercana a la piscina de Siloé. Puede ser que aquellas personas no fueran más culpables que los anteriores –los galileos- o que los demás habitantes de Jerusalén; sin embargo, también fueron sorprendidos por una muerte repentina. Así es la condición humana; la muerte puede presentarse en el momento más imprevisto, como les sucedió a las víctimas de la crueldad de Pilato o a los que sucumbieron bajo los escombros de la torre de Siloé. En cualquier momento, incluso “esta misma noche” (cf. Lc 12,20), puede Dios “reclamarnos la vida”.
            Ahora bien, el sentido de la higuera estéril, pone de relieve la fragilidad de la existencia humana y las circunstancias críticas que la rodean. Como se le concedió a la higuera una última oportunidad, salvándola de ser talada, la invitación que hace Jesús al arrepentimiento sigue viva durante el corto tiempo de gracia que precede el juicio de Dios; es la última oportunidad.
            Pero tengamos en consideración algo muy importante. Los galileos mueren por la crueldad de otro ser humano, los dieciocho judíos murieron sólo por un accidente, en cambio en el caso de la higuera estéril, es que ella debe morir porque no da fruto, porque no es más que un parásito. En definitiva, eso es “el pecado más grande”. La culpabilidad que brota de las continuas dilaciones y de la falta de decisión personal es verdaderamente grave; mucho más que la que se pueda superar en una muerte violenta o en un accidente inesperado. Ya es la hora entonces de  aceptar la oportunidad que Dios mismo nos da, dejando la pereza y las incesantes dilaciones y transformar esa actitud en verdaderos frutos de conversión.
            Finalmente, “Una higuera plantada en su viña” ¿Qué significa? No se trata de cualquier viña, sino de una plantada en su propiedad ¿A quién representa? En el Antiguo Testamento, la “higuera” es uno de los símbolos del pueblo de Israel o de la tribu de Judá. Leído hoy este texto para nosotros, significa que esa viña, es hoy la Iglesia, somos nosotros los cristianos, los que debemos dar fruto en el ahora de nuestras vidas.
P. Tony Salinas Avery

lunes, 18 de febrero de 2013

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“¡Qué hermoso…Vieron su gloria!” (Lc 9,28b-36 – 2º Domingo de Cuaresma)

            En el Evangelio según Lucas, el episodio de la transfiguración de Jesús, viene igual que en Mc 9,2-8, inmediatamente después de las cinco máximas sobre el seguimiento, en las que se describe las actitudes del discípulo (cf. Mc 8,34-9,1; Lc 9,23-27). El núcleo del acontecimiento que hoy lo conocemos, como la Transfiguración, es una presentación de la personalidad de Jesús, materializada en una voz que viene del cielo y que contrasta con la presencia de las otras dos figuras del Antiguo Testamento (Moisés y Elías); la presentación se completa con un mandato de escuchar a Jesús, y sólo a Él, en su condición de Hijo y Elegido de Dios. En Lc 9,27 se dice: “Ver el Reino de Dios”, aquí se dice expresamente “vieron su gloria”, gloria que viene reflejada en la voz que sale de la nube: “Éste es mi Hijo, mi Elegido” y por lo tanto en Jesús transfigurado, que ha quedado “solo” cuando se escucha la voz: “Escuchadle”. Ya no hay que escuchar a Moisés ni a Elías; el auténtico portavoz de Dios, el único al que el hombre tiene que escuchar, es sólo Jesús.
            La Transfiguración de Jesús, en este momento concreto de la tradición sinóptica, es decir, después del primer anuncio de la pasión e inmediatamente después del conjunto de máximas sobre las actitudes del discípulo, corrige la interpretación unilateral implicada en la declaración de Pedro. Hasta aquí se le ha presentado como personificación del poder de Dios, como “Mesías”, como “Hijo del hombre”, que tiene que pasar por el sufrimiento, la reprobación e incluso la muerte; como “Maestro” al que hay que seguir en su destino, y sin embargo, es el “Hijo de Dios”, su “Elegido”, el portavoz del Padre, al que hay que escuchar, si se quiere acceder al Reino. El primer anuncio de la pasión no terminaba en una perspectiva de muerte, sino que incluía esencialmente la resurrección de Jesús “al tercer día”. Ahora bien: el relato lucano de la transfiguración dice expresamente que los discípulos “vieron su gloria” (Lv 9,32), mientras que en los otros sinópticos pasan por alto ese detalle. Lucas nos remite de inmediato al Jesús glorioso después de su resurrección. Otro aspecto interesante de este pasaje es la presencia de Moisés y Elías, en Mc 9,4 aparecen sencillamente “conversando con Jesús”, pero sin especificar el tema de la conversación. En cambio, en Lucas hablan concretamente “de su partida”, de su exodos, y se dice que “aparecieron ellos de gloria”. Pero la palabra, en sí misma, suena al “éxodo” de Israel, a su salida de la cautividad de Egipto, para entrar en la tierra de la promesa y, al mismo tiempo, de su destino como pueblo. Esta experiencia de Israel está íntimamente relacionada con la manifestación de la “gloria del Señor”.
            Con la transfiguración se nos quiere desvelar una de las constantes de la vida humana. No hay vida sin muerte, ni gozo sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Todo ocurre a la vez. Conforme nos vamos iluminando, desaparece la tiniebla; a medida que vivimos, vamos ganando terreno a la muerte. A veces, la niebla de la vida nos hace perder de vista todo el panorama. La transfiguración de Cristo nos llama a la esperanza: nos dice que en el camino hacia la transformación definitiva nos acompaña una voz, una presencia, Dios mismo.
            Pues bien, para entender mejor este episodio para la vida del Señor y de sus discípulos, escuchemos lo que nos dice San León Magno: “En la transfiguración se trataba sobre todo de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y de evitar que, una vez revelada la excelencia de su dignidad escondida, la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de los discípulos”.
lunes, 11 de febrero de 2013

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Está escrito…” (Lc 4,1-13 – 1º Domingo de Cuaresma)

            Hemos ya iniciado el camino hacia la Pascua de este año, con alegría nos dejamos mover interiormente por el ciclo de lecturas, que cuidadosamente la Iglesia a través de los siglos, ha preparado para sus hijos, para este itinerario penitencial. En el centro de ellas, está la persona misma del Redentor. Así lo constatan las lecturas de cada domingo de la cuaresma. En Cristo debemos todos poner nuestra más íntima meditación y contemplación. Hoy particularmente su figura resplandece ante el misterio de la tentación, a la cual él como hombre se vio tentado y que Satanás deseó ávidamente querer vencer. Para poder llegar al camino de la liberación, él tuvo que afrontar este camino de prueba. A esa acción liberadora responde una reacción agradecida de adoración y de oblación personal. Esta actitud de adoración y reconocimiento de Dios, es para Jesús como para el cristiano, el único modo de vencer las propias tentaciones de la carne, del poder y del orgullo.
En cada una de las escenas, Jesús, el Hijo de Dios, vence las tentaciones del demonio con una cita de la Escritura: “Está escrito… Está mandado”. Cada una de sus respuestas son citas del Antiguo Testamento, concretamente del libro del Deuteronomio. La figura de Jesús es la de un vencedor, porque va armado – aunque sea emplear una terminología no lucana – con “la espada del Espíritu, es decir, la palabra de Dios” (cf. Ef 6,17). Vemos también que el demonio puede acudir a un texto de la Escritura (Sal 91,11-12, en Lc 4,10-11) para defender su propia tesis; pero es incapaz de demostrar que él es “el más fuerte”. De esta manera, en el mismo pórtico del ministerio público, Jesús aparece de nuevo como “el más fuerte”, que sigue escrupulosamente el designio de su Padre y observa el mandato de la Escritura.
Por eso Jesús, responderá a cada tentación con la fórmula: “Está escrito… Está mandado…” El texto griego dice: gegraptai, como fórmula para introducir una cita de la Escritura. Apunta así a una manera de interpretar los acontecimientos de la historia reciente, confiriéndole un carácter de historia de salvación. En Lucas, la primera respuesta se queda corta: “No sólo de pan vive el hombre”, Mateo agrega: “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, el carácter “sapiencial” que tiene la Palabra, Mateo la agrega para ponerse así en la sintonía de toda su obra, donde Jesús aparece como un “maestro”, como un sabio de Israel que alimenta a sus discípulos con su palabra y su sabiduría. Y su última victoria la hace citando Dt 6,16. Él se niega a usar sus poderes de Hijo para ceder a un reto absurdo que cuestiona su seguridad personal. Implícitamente, queda rechazada la osadía del demonio, que no debería haberse atrevido a poner a prueba a Jesús, porque eso supone, en definitiva, poner a prueba al propio Dios.
A la luz de Cristo, los creyentes no podemos olvidar, que a lo largo de la vida nos vemos asaltados por la tentación. Con ella Dios pretende probar la fidelidad. En el desierto, los israelitas  padecieron la tentación, que luego Jesús superaría gracias a la fe. Las tentaciones de la vida se podrían resumir en tres: la primera consiste en creer que las cosas dan la vida, olvidándose de Dios, fuente de la única vida. Hay otra tentación. Siempre queremos confundir la fe con una comprobación evidente. Pedimos signos deslumbrantes. Pretendemos creer porque vemos, no porque nos fiamos de Dios mismo. Por fin, ¿qué hombre no ha sentido alguna vez la tentación del poder y del dominio? Nos vendemos al diablo, lo adoramos, con tal de triunfar. Nos cuesta descubrir que la vida se encuentra en el servicio a Dios y a los hermanos. 
miércoles, 16 de mayo de 2012



            Hermanos nos acercamos todos a la fiesta de la Pascua de este año, y el relato evangélico de este domingo, nos presenta a Jesús que aunque ha tomado la decisión de afrontar la hora de su pasión, siente esta gran angustia frente a la muerte. En el relato de Juan no ruega que le sea alejada dicha hora: “Ahora mi alma está turbada; y ¿qué diré? ¿Padre sálvame de esta hora? ¡Pero, para esto he llegada a esta hora! Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,27-28). En Marcos, como en los otros sinópticos, la escena es más dramática y el lenguaje más áspero: “¡Abbá, Padre! Todo es posible para ti ¡Aleja de mí este cáliz! Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mc 14,36; Mt 26,39; Lc 22,42). Jesús se turba (en griego “tarasso”), como se había turbado (“tarasso”) delante la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11,33) y como se turbará (“tarasso”) ante el anuncio de la traición de uno de sus discípulos (Jn 13,21). Con tal expresión Juan, nos quiere hacer comprender en estos días de alto sentido cristológico, que Jesús ve venir la muerte, pero no la mira desde una perspectiva de monstro devorador. Su turbación le hace comprender que está por entrar en una hora de oscuridad, de tinieblas, como el misterio de un parto, que ciertamente le hará sufrir, pero que le llevará a dar mucho fruto, mucha fecundidad. Esta es la luz, con la cual Cristo turbado, contempla el misterio de su cruz: “El que ama su vida la pierde y el que odia su vida en este mundo la conservará para la vida eterna”. De ahí que se apegue por igual a la imagen de la semilla que cae en tierra. El que se apega a la propia vida considerándola como una fría piedra preciosa que hay que conservar en el joyero del propio egoísmo, es una semilla encerrada en sí misma y estéril. Diferente es, en cambio, el destino de quien “odia su vida”- expresión muy fuerte del lenguaje semita para indicar la renuncia a sí mismo: la donación a los demás es creativa, se transforma en fuente de paz, de vida y de felicidad.
            Y de esta “turbación” y “angustia”, Jesús pasa como testimonian los evangelios plenamente, de la seguridad de su resurrección como de su muerte inminente. Que Dios no lo dejaría en la muerte, sino que lo sacaría de ella, debió de ser tan cierto para él, como estaba seguro de que Dios es su Padre. La imagen de la semilla encaja perfectamente con su pensamiento. En efecto, la semilla cae en la profunda oscuridad de la tierra: los comentadores de los primeros siglos cristianos veían aquí una alusión a la encarnación del Hijo de Dios en el horizonte tenebroso de la historia. En el terreno parece que la energía de la semilla esté condenada a apagarse; en efecto, la semilla se marchita y muerte. Sin embargo, he aquí la eterna sorpresa de la naturaleza: cuando a su debido tiempo madura se revela el secreto fecundo de esa muerte.
            Este domingo pues, el lenguaje es plenamente “pascual”, Jesús siente que tiene que pasar a través de la vía dolorosa y oscura de la muerte en cruz para conducir a la humanidad por el camino luminoso de la vida divina. Calvino, a este propósito escribió: “Nada habría sido alcanzado, si Jesucristo no hubiera sufrido más que la muerte corporal. Era necesario que llevara el rigor de la venganza de Dios en su alma… Por eso, se requirió que combatiera contra las fuerzas del infierno, y que luchara como cuerpo a cuerpo contra el horror de la muerte eterna”. Al fin Cristo, “combatiendo contra el poder del diablo, contra el horror de la muerte, contra los dolores del infierno, obtuvo la victoria y triunfó sobre ellos”.





            Nuestra reflexión cuaresmal de hoy se detiene en este pasaje del Evangelio de san Juan, centrado en el diálogo nocturno de Jesús con Nicodemo, emblema del judaísmo oficial oxtodoxo y del hombre en búsqueda de la verdad. Antes de ver el contenido en parte de este diálogo, veamos como a san Juan le gusta describir el misterio de la pascua de Cristo bajo la imagen simbólica de tipo “vertical”, la de la elevación, de la exaltación: la cruz de Cristo levantada sobre el Gólgota se hunde en la tierra pero tiene su vértice en los cielos. Es lo que se afirma explícitamente también de la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto que, como narra el libro de los Números (21,4-9), sanaba a quien la contemplaba convirtiéndose así en el “símbolo de la salvación” (Sb 16,5-6). Esa serpiente es para Juan el signo veterotestamentario de la cruz de Cristo “levantada” en medio de la humanidad. En el cuarto evangelio la cruz levantada es casi el polo de atracción de la fe del creyente y es la fuente de la salvación: “Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacía mí” (12,32).
            Pues, bien dicho lo anterior entremos de lleno en este bello relato. Podemos hacerlo a través de la comprensión de siete palabras que el pasaje de Juan nos ofrece hoy en su trama teológica. La primera es el verbo “creer”, que aparece cinco veces. Éste creer no expresa sólo la aceptación de una verdad, sino la adhesión a una persona, Cristo. En la Biblia no se cree en algo, sino en alguien. Pudiéndonos acercar a esta persona a través de la acción del “amar”, que el evangelista aplica aquí al Padre: es la única vez que en Juan el amor es señalado en su extensión universal a todo el mundo. Pero a este amor responde a veces el “odiar”, el tercer verbo que sacamos del pasaje: “El que hace el mal, odia la luz”. Es el drama del rechazo del “nombre del unigénito Hijo de Dios”, es decir, de la persona y de la Palabra de Cristo.
            Dios realiza, entonces, una doble acción respecto del hombre. Por una parte, “condena” (cuarto verbo) a la humanidad pecadora. Cristo sabe que debe cumplir con esta obra de justicia contra todo el mal que se ha cometido a lo largo de la historia: “Yo he venido al mundo para el juicio… El Padre ha confiado todo juicio al Hijo” (Jn 9,39; 5,22). Y a la par de esta acción aparece su antítesis, el quinto verbo “salvar”, finalidad amorosa y plena del Padre y del Hijo: “Yo no he venido para condenar al mundo sino para salvar al mundo” ha dicho el Señor (12,47). Y para ser acogidos en esta obra salvífica es necesario “venir a la luz” (sexta expresión). Luz que en todo el evangelio tiene también un nombre y está en una persona: Jesús. Y esto es fundamental, porque la luz revela la verdadera naturaleza de las cosas y de las personas, impide que se oculten las miserias y las vergüenzas humanas. Llegamos así a la séptima y última expresión: “obrar la verdad”. Tal expresión tiene el sentido de orientar toda la vida hacia la verdad, vivirse en verdad, convivir con ella siempre.
            Con el evangelio de hoy nos acercamos a la victoria de Jesús, sobre el pecado y la muerte, a través de la fuerza indestructible del amor, fruto de un creer que cómo hemos dicho anteriormente, se trata de una adhesión plena a su persona, por el cual habrá en estos días que escuchar, como “Hijo” amado del Padre; a quien hay que pedir agua, como la samaritana, a quien hay que oír, sobre todo, su llamado a la vida, en esta pascua, como lo hizo con Lázaro. Estos textos evangélicos, son en verdad luz y vida, para quienes queriendo vivir una auténtica cuaresma los acogemos, como lo que son en verdad: Palabra de Dios.



            Para este tercer domingo de la Cuaresma, nos acompaña el evangelista Juan. Nos narra el acontecimiento en la primera de las tres pascuas que suceden en la vida pública de Jesús, según este evangelio. Él se encuentra en el templo de Jerusalén lleno de peregrinos, de animales destinados a los sacrificios y de cambistas, los que cambiaban las monedas imperiales –impuras debido a las efigies grabadas en ellas-  con otra moneda válida para pagar el impuesto que todo hebreo daba para el templo. La escena de la expulsión de los venderos, que es la que nos ocupa en este domingo, está llena de vivacidad y contenido profético, señalado por los detalles que narra el evangelista. Jesús se lanza contra ellos con “un látigo de cuerdas” y con la afirmación “¡No hagan de la casa de mi Padre un lugar de mercado!”. Hay que señalar además, que no sólo se ubica este episodio en el tiempo y el espacio, sino también en la intención teológica del escritor, que inicia así un progreso en el tema de las controversias, que cada vez más se van haciendo más profundas, con una técnica literaria muy clara: el malentendido. Estos malentendidos dan pie a una aclaración ulterior de Jesús. En estas controversias el malentendido es, a veces, grosero y tiene claras connotaciones de la ironía que caracteriza tantos fragmentos de este evangelio. El ejemplo de hoy es notable: “Cuarenta y seis años se han tardado en construir este santuario ¿y tú lo vas a levantar en tres días? (2,20). Agreguemos además, que las fiestas son importantes en la articulación de estas controversias, porque es a través de las fiestas que nos ponemos en contacto con los judíos de Jerusalén y, más en concreto, con los fariseos y los oficiales del templo que llevaron al término su persecución consiguiendo la condena de Jesús. Y todas estas controversias concluyen en la centralidad del mensaje de Cristo sobre su persona. Aquí es el templo de quien Él es su propia construcción y el lugar nuevo y único de la verdadera presencia del Dios altísimo. Así, se destruirá este templo y en tres día se levantara de nuevo, sus interlocutores no lo pueden entender e ironizan esa probabilidad para un edificio que había necesitado 46 años de trabajos, a partir del 18º año del rey Herodes, es decir, desde el 20/19 a.C. (tal vez, mientras Jesús habla, está por celebrarse la pascua del 28 d.C.).
            La declaración adquiere su verdadero significado con el comentario de Juan: “Cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron” que Jesús “hablaba del templo de su cuerpo”. La resurrección es, pues, el corazón del mensaje. Es el anuncio de un cuerpo glorioso que rompe los lazos de la muerte y se revela como la sede suprema de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Con este relato, todos estamos invitados a entrar en el templo de Cristo, su cuerpo, con una auténtica purificación de nuestros males, para poder como él resucitar a una nueva vida en esta pascua florida que se acerca. Somos hoy su pueblo que junto camina para formar también ese cuerpo glorioso de Cristo, que resplandece en medio del mundo como un nuevo sol que disipa la oscuridad de la noche.



            En griego “transfiguración” se dice “metamorfosis”. Iniciamos así nuestro estudio y reflexión del texto dominical de este segundo domingo de cuaresma, porque tal acontecimiento parece ser una recristianización de un mito griego, donde las divinidades podían fácilmente cambiar de aspecto y aparecer de diversos modos sin ser reconocidos por sus espectadores. ¡La transfiguración del Señor es otra cosa! En la metamorfosis del mundo greco-romano, son los dioses que se transforman en hombres para encontrarse con los hombres para no ser reconocidos. En el caso del evangelio de hoy, es el hombre Jesús – cuyo nombre resuena cuatro veces en la narración – el que se transforma en ser celestial y trascendente.
            Dos posibles interpretaciones me parecen posibles ante tan misterioso acontecimiento. Se trate de una visión que muestra la entronización real de Jesús, como Hijo de Dios, anticipada. Una epifanía para Jesús y sus discípulos, que se ve apoyada por la presencia de Moisés y Elías, es decir, la Ley y la Profecía bíblica. El realce de sus vestiduras luminosas, que Marcos colorea pintorescamente con una de sus típicas anotaciones (“ningún batanero sobre la tierra podría hacerlas tan blancas”), evoca un símbolo de la entronización del Hijo del hombre, figura mesiánica presentada por el libro de Daniel: allí Dios es presentado con “una vestidura blanca como la nieve y con los cabellos de la cabeza como lana!” (7,9). Cristo participa del fulgor de la divinidad.
            Una segunda interpretación, afirmaría que es el momento de consuelo para Jesús, que viendo cercana su muerte, ha subido al monte, lugar del encuentro con Dios, para buscar auxilio. El Padre, ante el miedo humano de su Hijo, le viene al encuentro haciéndole saborear por un instante la gloria que gustará después de su obediente muerte en cruz. Y tanto Moisés como Elías, le confirman por una parte que Él es el cumplimiento pleno de la Ley y que es quien cumple a cabalidad todas las profecías de Israel. Él no puedo sino confiar en su Padre y caminar decidido a su trágico destino. Y así lo hará. La transfiguración elimina el miedo humando de Jesús y le capacita humanamente y espiritualmente para cumplir fielmente su misión.
            Y ¿qué nos dice a nosotros este acontecimiento en la vida de Jesús? Pues bien, que la cuaresma es la parábola de la vida del discípulo que recorre con Jesús la llanura de la vida en el tiempo con todas sus oscuridades. Pero, siempre tiene como meta la pascua, que es nuestra experiencia de la divinidad de Cristo. La Pascua terrena es como una transfiguración, es espera de la pascua perfecta que celebraremos en la liturgia celestial y que ya no conocerá el retorno a la llanura, no bajaremos jamás de ese monte santo. Entonces, caminemos hacia la pascua de este año, con el ánimo y gusto de ver que en nuestra vida, por la fuerza de Dios, cada día se transforma en algo nuevo, que es ya germen  del mundo transformado que vendrá gracias a la victoria de Cristo, que ha transfigurado de una vez y para siempre, en su cuerpo glorioso, a toda la humanidad redimida en su sangre.
            

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