Mensaje P. Tony Salinas
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miércoles, 18 de marzo de 2015
“Grano de Trigo” (Jn 12,20-22 – V Domingo del Tiempo Ordinario)
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Al Encuentro de la Palabra…
“Grano de Trigo” (Jn 12,20-22 – V Domingo del Tiempo Ordinario)
En el itinerario cuaresmal
la meta se sitúa junto a la espera de la nueva vida que florecerá de la tumba
vacía la mañana de resurrección, y mientras llegamos allá, debemos hacer la
experiencia de hacer morir con Cristo todo aquello que en nuestra realidad se
opone a la verdadera vida. De hecho, hay que nacer de nuevo al final de este
caminar. En nuestro corazón y a nuestro alrededor hay un cierto olor a podrido.
miércoles, 18 de febrero de 2015
“Dejándose tentar por Satanás…” (Mc 1,12-15)
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Al Encuentro de la Palabra…
“Dejándose tentar por Satanás…” (Mc 1,12-15)
Amigos todos, nos
encontramos ya en el camino hacia la Pascua, fiesta de victoria y salvación; y
para esa meta la Iglesia nos llama a vivir el camino cuaresmal, como en el desierto que hay que atravesar para llegar a
la tierra de promisión. Hoy con este primer domingo afrontamos el tema de la
tentación (peirasmós, en griego),
como elemento constitutivo en la vida del hombre sobre la tierra. Jesús hecho
semejante a nosotros es también tentado, y, sólo después de superada la
tentación, comienza a proclamar la Buena Noticia: El Reino de Dios está cerca.
Así pues, todos somos asaltados por la tentación. Con ella Dios al permitirla
prueba la fidelidad de sus hijos. El escenario idóneo para ser asaltados por el
tentador es el desierto, de allí que Israel pasando por él, viva la experiencia
de la tentación que le permita una vez superada la misma, vivir su vocación de
pueblo de la alianza, aprendiendo a vivir sólo de Dios. Pues también Jesús, tal
como nos lo narra hoy Marcos en su breve referencia al hecho, sitúa al Mesías
de Dios, ante precariedad del desierto por un largo período de 40 días con sus
40 noches. Él deberá aprender a vivir ante la precariedad sólo de Dios, su
Padre. Debe hacer la experiencia en carne propia, de lo que en fe cree que Dios
es capaz de hacer por su Hijo “muy amado”. En el desierto no puede asegurarse
de nada, este es el lugar por excelencia de la situación límite para el ser
humano, dónde sólo se puede sobrevivir, por la acción sobrenatural de aquel que
está por encima de todo lo creado. Y Jesús está allí, débil y sólo, al margen
de ser sobresaltado en su integridad de hombre y creyente, por el enemigo que
busca incansablemente como devorarlo. Y al final de estos días, aparece allí
sutil y sugerente. ¡Así aparece siempre Satanás! No se le venir. Y ¿qué le dice
a Jesús? Seguramente le susurra al oído sus propuestas: en primer lugar que
crea que las cosas dan la vida, olvidándose de Dios fuente de la única vida.
Luego confundir su fe con comprobaciones evidentes. Que Dios le de signos
deslumbrantes para mostrar su presencia allí con él. Y por fin, lo tienta con
el natural deseo humano de poder y dominio. Quiere que Él, Hijo de Dios, se
venda al diablo, lo adore para que logre el triunfo sobre las realidades
temporales.
Pero Satanás, ha quedado
fallido, Jesús no le ha dado tregua en sus pretensiones, no se ha dejado
engañar por sus mentiras disfrazadas de verdad y así ha superado su asecho, su ataque tentador. El principio que da paso a
la superación de la tentación marcado por Jesús, se basa en el reconocimiento
de Dios, como aquel que siempre es “fiel”. Fidelidad divina que está señalada
en su Palabra, de la cual Jesús ha hecho su alimento y de la cual se desprende
por igual, su total actitud obediente, seguro de que no quedará burlado. A este
propósito que bella la enseñanza que al respecto nos ha dejado san Agustín en
su Comentario a los Salmos: “¡Cristo tentado por el demonio! Pero en Cristo
estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía
para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la
vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva,
de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria”. Agarrémonos pues, de
la Palabra que sale de boca de Dios, para que podamos como Jesús, salir
victoriosos ante la asechanza de nuestro enemigo, el diablo.
lunes, 17 de marzo de 2014
“El Salvador del mundo…” (Jn 4,5-42 – III Domingo de Cuaresma)
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Al Encuentro de la Palabra…
“El Salvador del mundo…” (Jn 4,5-42 – III Domingo de Cuaresma)
Hoy nos encontramos con el
único texto de los evangelios que califica a Jesús como el Salvador del mundo.
Hermosa confesión con un alto sentido de definitivo y eterno. No hay otro fuera
de Él. Como la mujer samaritana del texto evangélico de hoy, pide la fe en el
Salvador del mundo, que engendra una nueva vida; dando a la vez unos sentidos
nuevos. El creyente ha recuperado el sentido del gusto. Sabe en qué pozo mana
el agua que dura hasta la vida eterna. Jesús de Nazaret, en contraposición a
las cisternas agrietadas que nos fabricamos, es la fuente de agua viva.
Ahora bien, según la que ha sido llamada la “mística del
espacio” característica del cuarto evangelio, el texto de hoy, “de la
samaritana”, se desarrolla en estos grandes signos topográficos que revelan un
sentido más alto de su propia imagen. En este caso es el agua en el pozo, es la
realidad del oriental que busca con ansiedad continua dentro de su panorama a
menudo tan asoleado, sabiendo que ella no es sólo un instrumento de
purificación y frescura, sino sobre todo raíz de vida y fecundidad. El agua irriga el suelo haciendo brotar yemas verdes; el agua
combate la muerte del desierto haciendo allí renacer la vida; el agua fortalece
al hombre en su camino cotidiano. En esta luz, las palabras de la samaritana:
“Señor, dame de esta agua par que no tenga más sed”, contienen la petición
fundamental del cristiano. Él no busca un agua aunque fresca y santa como la
del pozo de Jacob, sino “el agua que brota para la vida eterna”.
El diálogo con la mujer se
desarrolla en torno al pozo de Jacob, que es el único que existe hoy en la
región de Siquén. Ya desde el siglo IV, un santuario había rodeado este pozo,
que tiene una profundidad de 32 metros; también los cruzados erigieron allí una
basílica en cuya cripta se había conservado dicho pozo. Hoy es un lugar
custodiado por la iglesia ortodoxa. Pues bien el agua tiene ese gran sentido
teológico. 1500 versículos del Antiguo Testamento y 430 del Nuevo están
“sumergidos” en el agua, porque es la realidad que más desea todo el paisaje
oriental, que como sabemos es a menudo seco, árido y sediento.
En el texto Jesús única
fuente de salvación, ofrece dos realidades una tras la otra. En el Antiguo
Testamento se habla de beber de la Sabiduría: “Lo haré beber el agua de la
Sabiduría” (Sir 15,3), pero en el evangelio de Juan aparece de forma diferente:
“Los que me beban ya no tendrán más sed”. Pero Juan va más largo y es el
segundo punto: “Y el agua se convertirá en él en una fuente” (4,14). El agua
pues que ofrece Jesús, además de saciar definitivamente, también se convertirá
en una fuente, pero con la cualidad que saltará incluso hasta la vida eterna.
Estas últimas palabras logran despertar en la samaritana el deseo de beber de
esta agua. Escuchando también tan bello relato, estamos llamados a sentir ese
gusto por el agua que sólo Jesús puede dar. Desierto, sequedad y sed, deberán
ser los signos cuaresmales que nos inviten a buscan a aquél que puede llenar a
plenitud las muchas ansiedades del corazón. Con otro pasaje del Salterio
podemos decir en estos días de penitencia: “Tiendo mis manos hacia ti; sediento
estoy de ti como tierra seca, agostada sin agua” (Sal 143,6).
jueves, 14 de marzo de 2013
“No peques más…” (Jn 8,1-11 – 5º Domingo de Cuaresma)
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Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“No peques más…” (Jn 8,1-11 – 5º
Domingo de Cuaresma)
Avanzando en el camino
hacia la pascua, hoy escuchamos un relato del Evangelio según san Juan, la
situación del relato supone la presencia de Jesús en el templo (8,2).
Evidentemente ha terminado su sermón y los oyentes se retiran a sus casas. Para
la situación dentro de Juan el lector debe pensar en los miembros del consejo
supremo, está pensada también, teniendo en cuenta a los habitantes de Jerusalén
y tal vez durante el último de Jesús en la capital. Dentro de este contexto,
entonces los letrados y fariseos llevan a una mujer a la que acaban de
sorprender en adulterio. El texto no dice, si la “mujer” era una muchacha
prometida o si se trataba de una mujer casada. Como argumentación de la
inculpada era una “novia infiel” se aduce que el castigo solicitado es la
lapidación (v.5), establecida por Dt 22,23ss. Pero hay que suponer por igual
que la pecadora era una mujer casada. Por otro lado, no se sabe si llevan a la
mujer al tribunal o si ya la han condenado y la llevan al lugar de la
ejecución. En cualquier caso, la situación de Jesús es delicada: ¿Deberá dejar
de lado la misericordia, que tantas veces ha predicado, o habrá de contradecir
el claro tenor de ley mosaica? Pero si
la sentencia ya ha sido fallada, su posición es todavía más peligrosa: o tiene
que alzarse contra el tribunal judío, o bien –supuesto que los judíos o podían
ejecutar sentencias de muerte (cfr. Jn 18,31) – aparecer como un revolucionario
en contra de los romanos.
Los implacables acusadores
dan a Jesús el tratamiento de “Maestro” presentándole el caso para que se
pronuncie. Aprovechan la ocasión para poner en un aprieto al hombre que el pueblo considera como un rabí. El hecho es claro, ya que la mujer ha sido sorprendida y
apresada en flagrante adulterio. Tampoco la prescripción de la Ley admite duda
alguna: la pena para tal pecado es la muerte, y desde luego, aunque no se dice
explícitamente la lapidación. Jesús parece no tomar en serio la solicitud de
ellos, ya que estaba escribiendo en el suelo, pero los escribas y fariseos,
seguros de su causa, siguen presionando a Jesús. Él entonces se endereza y les
dice: “El que entre vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirar una
piedra contra ella”. En el fondo Jesús, señala que quien simplemente como
pecador está bajo el juicio de Dios, no debe arrogarse el derecho de juzgar a
otro pecador. Ya en el sermón del monte dice Jesús: “No juzguéis para que no
seáis juzgados” (Mt 7,1). Según Dt 13,10 y 17,17 los testigos deberían ser los
primeros en alzar la mano para la lapidación, siguiéndole después todo el
pueblo. La palabra de Jesús enlaza con esta vieja prescripción y con la antigua
forma de ejecutar a los condenados mediante el lanzamiento de piedras. ¿Quién
desea presentarse como testigo contra esta mujer, cuando tiene contra sí el
testimonio de Dios mismo? Después de esta su primera palabra, Jesús vuelve a
inclinarse y continúa escribiendo. Había dicho lo que tenía que decir para
esclarecer su postura.
Pero la historia pide la
conclusión, porque el lector quiere saber cómo se comporta personalmente Jesús
con la pecadora. Cuando todos se han ido queda a solas con la mujer, que
continúa en el mismo sitio, sigue siendo la pecadora acusada, convicta y
desamparada. Ella reconoce de inmediato el perdón incondicional que Dios le
ofrece a través de Jesús, sólo debe partir con una meta llena de propósitos: ¡No peques más! El perdón es siempre el
inicio de una vida nueva, lo fue para ella y lo sigue siendo para todos
nosotros.
lunes, 4 de marzo de 2013
“Hijo mío…” (Lc 15,11-32 – 4º Domingo de Cuaresma)
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Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Hijo mío…” (Lc 15,11-32 – 4º Domingo de
Cuaresma)
Nos encontramos hoy
leyendo, en este camino hacia la Pascua, una parábola que es exclusiva de la
narración evangélica de Lucas, considerada como “la obra maestra de todas las
parábolas de Jesús”. A ella le preceden en el mismo capítulo las parábolas de la
oveja perdida (15,1-7) y la de la moneda perdida (15,8-10). Lo común de este
tríptico de parábolas es su dialéctica de “perdido”/ “encontrado”. El nombre tradicional
es “El hijo pródigo”. Esta parábola ha inspirado a toda clase de artistas:
pintores como Durero, Beham, Rembrandt, Bassano, van Honthorst; músicos como
Animuccia, Prokofiev, Britten; filósofos como Nietzsche.
En labios de Jesús, esta
parábola, quiere poner el acento esencialmente sobre el amor del padre; un amor
incondicional e ilimitado que no sólo acoge con la mayor solicitud al hijo que
retorna de sus extravíos, sino que, además, no consiente que la frialdad del
hijo fiel, del observante, obstaculice la manifestación de ese amor hacia el
hijo, que “estaba muerto y ha vuelto a la vida” (v.32). Ahora bien, parece que Lucas desea unirla por
igual a las dos parábolas precedentes, que culminan con la “alegría” de haber
encontrado lo perdido. Vemos pues que el tema es idéntico: lo que se celebra es
el hallazgo de lo que se había extrabiado. Y por igual, dentro del contexto del
capítulo, el objeto de la parábola es dar respuesta a las observaciones
críticas de los fariseos y de los doctores de la ley. La actitud del hijo mayor
caracteriza indudablemente la postura de esos personajes, y así quedan alegorizados
ciertos detalles, como “sin desobedecerte nunca una orden tuya” o “tantos años
que te sirvo”.
La parábola presenta al
padre como símbolo del amor del propio Dios. Un amor, una misericordia
incondicional, abierta, ilimitada, que no sólo se vuelca sobre el pecador
arrepentido –el hijo menor -, sino también sobre el crítico intransigente –el
hijo mayor -, que se obstina en su incomprensión. Al mismo tiempo, es una
espléndida caracterización del mensaje salvífico de Jesús, el gran predicador
del Reino. Ella profundiza en la psique humana y hace vibrar sus registros más
sensibles en la desgarrada confesión del hijo pequeño: “Padre, he pecado contra
el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo” (vv.19.21). El Cap. 15
de Lucas se cierra con la proclamación lapidaria de que por encima de todo,
incluso del pecado más inconcebible, está el amor y la comprensión del padre.
Dos elementos forman el
centro de la conducta del hijo, que dice al Padre: “Dame la parte de la fortuna
que me toca” (v.12), según las costumbres
ancestrales de la Palestina, el padre podía disponer de sus bienes de
dos maneras: haciendo testamento, que se cumpliría a la muerte del testador (Nm
36,7-9; 27,8-11), o por medio de una donación en vida, en beneficio de sus
hijos. Esta última modalidad, desaconsejada por Eclo 33,19-23, parece haber
sido práctica corriente. En cualquier caso, la herencia del primogénito, o la
donación en vida, tenía el equivalente al doble de lo correspondiente a los
demás hijos (cf. Lv 21,17).
Luego le dirá: “He pecado contra el cielo y contra ti” (v.18), la mención
del “cielo” sustituye al nombre de “Dios”; en la ofensa que ha hecho a su
padre, el hijo reconoce una dimensión más profunda: la ofensa al propio Dios.
Equivaldría a decir: “mi pecado es tan monstruoso, que alcanza hasta el cielo”.
“Ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Una vez otorgada la donación, el hijo no
tenía ningún derecho legal a la ayuda de su padre. Pero, derechos o no
derechos, la conciencia de la villanía de su comportamiento le afecta
psicológicamente, hasta el punto de reconocer que no merece la consideración de
hijo de tal padre.
lunes, 25 de febrero de 2013
“Una higuera plantada en su viña…” (Lc 13,1-9; 3º Domingo de Cuaresma)
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Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Una higuera plantada en su viña…” (Lc 13,1-9; 3º Domingo de Cuaresma)
El santo Evangelio de este
domingo, nos invita a un estudio profundo, por un lado de los acontecimientos
citados por Jesús y sobre la parábola de la higuera estéril. Bien, el asesinato
de los galileos, la muerte accidental de dieciocho personas aplastadas por la
torre de Siloé y la parábola de la higuera estéril son exclusivas del Evangelio
según Lucas. Jesús, al enterarse de que Pilato ha asesinado a unos galileos en
el santuario, saca de ese acontecimiento una moraleja práctica. A pesar de su
propio origen galileo, Jesús no apela a sus sentimientos patrióticos,
lanzándose a una crítica despiadada del desaprensivo gobernador romano; en vez
de eso, aprovecha ese incidente para invitar a su auditorio a un verdadero
arrepentimiento y a la conversión. Su argumentación es bien nítida: los
galileos asesinados no pagaron con esa muerte tan dramática un pecado mayor que
el de sus compatriotas; lo que se deduce del hecho es que una muerte repentina
tiene que hacer reflexionar a los vivos e incitarlos a arrepentirse y a
reformar su vida, es decir, a aceptar con fe la palabra salvífica de Dios, que
él mismo ha venido a proclamar. La existencia de cada persona puede truncarse
tan repentinamente como la de esos galileos. Y, sacando partido de ese
acontecimiento, Jesús pone en paralelismo el asesinato cruel de los galileos
con el accidente que sufrieron dieciocho habitantes de Jerusalén cuando se
derrumbó sobre ellos una torre de las antiguas murallas, cercana a la piscina
de Siloé. Puede ser que aquellas personas no fueran más culpables que los
anteriores –los galileos- o que los demás habitantes de Jerusalén; sin embargo,
también fueron sorprendidos por una muerte repentina. Así es la condición
humana; la muerte puede presentarse en el momento más imprevisto, como les
sucedió a las víctimas de la crueldad de Pilato o a los que sucumbieron bajo
los escombros de la torre de Siloé. En cualquier momento, incluso “esta misma
noche” (cf. Lc 12,20), puede Dios “reclamarnos la vida”.
Ahora bien, el sentido de
la higuera estéril, pone de relieve la fragilidad de la existencia humana y las
circunstancias críticas que la rodean. Como se le concedió a la higuera una
última oportunidad, salvándola de ser talada, la invitación que hace Jesús al
arrepentimiento sigue viva durante el corto tiempo de gracia que precede el
juicio de Dios; es la última oportunidad.
Pero tengamos en
consideración algo muy importante. Los galileos mueren por la crueldad de otro
ser humano, los dieciocho judíos murieron sólo por un accidente, en cambio en
el caso de la higuera estéril, es que ella debe morir porque no da fruto,
porque no es más que un parásito. En definitiva, eso es “el pecado más grande”.
La culpabilidad que brota de las continuas dilaciones y de la falta de decisión
personal es verdaderamente grave; mucho más que la que se pueda superar en una
muerte violenta o en un accidente inesperado. Ya es la hora entonces de aceptar la oportunidad que Dios mismo nos da,
dejando la pereza y las incesantes dilaciones y transformar esa actitud en
verdaderos frutos de conversión.
Finalmente, “Una higuera
plantada en su viña” ¿Qué significa? No se trata de cualquier viña, sino de una
plantada en su propiedad ¿A quién representa? En el Antiguo Testamento, la
“higuera” es uno de los símbolos del pueblo de Israel o de la tribu de Judá.
Leído hoy este texto para nosotros, significa que esa viña, es hoy la Iglesia,
somos nosotros los cristianos, los que debemos dar fruto en el ahora de
nuestras vidas.
P. Tony Salinas Avery
lunes, 18 de febrero de 2013
“¡Qué hermoso…Vieron su gloria!” (Lc 9,28b-36 – 2º Domingo de Cuaresma)
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Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“¡Qué hermoso…Vieron su gloria!” (Lc
9,28b-36 – 2º Domingo de Cuaresma)
En el Evangelio según
Lucas, el episodio de la transfiguración de Jesús, viene igual que en Mc 9,2-8,
inmediatamente después de las cinco máximas sobre el seguimiento, en las que se
describe las actitudes del discípulo (cf. Mc 8,34-9,1; Lc 9,23-27). El núcleo
del acontecimiento que hoy lo conocemos, como la Transfiguración, es una
presentación de la personalidad de Jesús, materializada en una voz que viene
del cielo y que contrasta con la presencia de las otras dos figuras del Antiguo
Testamento (Moisés y Elías); la presentación se completa con un mandato de
escuchar a Jesús, y sólo a Él, en su condición de Hijo y Elegido de Dios. En Lc
9,27 se dice: “Ver el Reino de Dios”,
aquí se dice expresamente “vieron su
gloria”, gloria que viene reflejada en la voz que sale de la nube: “Éste es mi Hijo, mi Elegido” y por lo
tanto en Jesús transfigurado, que ha quedado “solo” cuando se escucha la voz: “Escuchadle”. Ya no hay que escuchar a Moisés ni a Elías; el
auténtico portavoz de Dios, el único al que el hombre tiene que escuchar, es
sólo Jesús.
La Transfiguración de
Jesús, en este momento concreto de la tradición sinóptica, es decir, después
del primer anuncio de la pasión e inmediatamente después del conjunto de
máximas sobre las actitudes del discípulo, corrige la interpretación unilateral
implicada en la declaración de Pedro. Hasta aquí se le ha presentado como
personificación del poder de Dios, como “Mesías”, como “Hijo del hombre”, que
tiene que pasar por el sufrimiento, la reprobación e incluso la muerte; como
“Maestro” al que hay que seguir en su destino, y sin embargo, es el “Hijo de
Dios”, su “Elegido”, el portavoz del Padre, al que hay que escuchar, si se
quiere acceder al Reino. El primer anuncio de la pasión no terminaba en una
perspectiva de muerte, sino que incluía esencialmente la resurrección de Jesús
“al tercer día”. Ahora bien: el relato lucano de la transfiguración dice
expresamente que los discípulos “vieron su gloria” (Lv 9,32), mientras que en
los otros sinópticos pasan por alto ese detalle. Lucas nos remite de inmediato
al Jesús glorioso después de su resurrección. Otro aspecto interesante de este
pasaje es la presencia de Moisés y Elías, en Mc 9,4 aparecen sencillamente
“conversando con Jesús”, pero sin especificar el tema de la conversación. En
cambio, en Lucas hablan concretamente “de su partida”, de su exodos, y se dice que “aparecieron ellos
de gloria”. Pero la palabra, en sí misma, suena al “éxodo” de Israel, a su
salida de la cautividad de Egipto, para entrar en la tierra de la promesa y, al
mismo tiempo, de su destino como pueblo. Esta experiencia de Israel está
íntimamente relacionada con la manifestación de la “gloria del Señor”.
Con la transfiguración se
nos quiere desvelar una de las constantes de la vida humana. No hay vida sin
muerte, ni gozo sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Todo ocurre a la
vez. Conforme nos vamos iluminando, desaparece la tiniebla; a medida que vivimos,
vamos ganando terreno a la muerte. A veces, la niebla de la vida nos hace
perder de vista todo el panorama. La transfiguración de Cristo nos llama a la
esperanza: nos dice que en el camino hacia la transformación definitiva nos
acompaña una voz, una presencia, Dios mismo.
Pues bien, para entender
mejor este episodio para la vida del Señor y de sus discípulos, escuchemos lo
que nos dice San León Magno: “En la transfiguración se trataba sobre todo de
alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y de evitar
que, una vez revelada la excelencia de su dignidad escondida, la humillación de
la pasión voluntaria conturbara la fe de los discípulos”.
lunes, 11 de febrero de 2013
“Está escrito…” (Lc 4,1-13 – 1º Domingo de Cuaresma)
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Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Está escrito…” (Lc 4,1-13 – 1º Domingo de
Cuaresma)
Hemos ya iniciado el
camino hacia la Pascua de este año, con alegría nos dejamos mover interiormente
por el ciclo de lecturas, que cuidadosamente la Iglesia a través de los siglos,
ha preparado para sus hijos, para este itinerario penitencial. En el centro de
ellas, está la persona misma del Redentor. Así lo constatan las lecturas de
cada domingo de la cuaresma. En Cristo debemos todos poner nuestra más íntima
meditación y contemplación. Hoy particularmente su figura resplandece ante el
misterio de la tentación, a la cual él como hombre se vio tentado y que Satanás
deseó ávidamente querer vencer. Para poder llegar al camino de la liberación,
él tuvo que afrontar este camino de prueba. A esa acción liberadora responde
una reacción agradecida de adoración y de oblación personal. Esta actitud de
adoración y reconocimiento de Dios, es para Jesús como para el cristiano, el
único modo de vencer las propias tentaciones de la carne, del poder y del
orgullo.
En cada una de las escenas, Jesús, el Hijo de Dios, vence
las tentaciones del demonio con una cita de la Escritura: “Está escrito… Está
mandado”. Cada una de sus respuestas son citas del Antiguo Testamento, concretamente
del libro del Deuteronomio. La figura de Jesús es la de un vencedor, porque va
armado – aunque sea emplear una terminología no lucana – con “la espada del
Espíritu, es decir, la palabra de Dios” (cf. Ef 6,17). Vemos también que el
demonio puede acudir a un texto de la Escritura (Sal 91,11-12, en Lc 4,10-11)
para defender su propia tesis; pero es incapaz de demostrar que él es “el más
fuerte”. De esta manera, en el mismo pórtico del ministerio público, Jesús
aparece de nuevo como “el más fuerte”, que sigue escrupulosamente el designio
de su Padre y observa el mandato de la Escritura.
Por eso Jesús, responderá a cada tentación con la
fórmula: “Está escrito… Está mandado…” El texto griego dice: gegraptai, como fórmula para introducir
una cita de la Escritura. Apunta así a una manera de interpretar los
acontecimientos de la historia reciente, confiriéndole un carácter de historia
de salvación. En Lucas, la primera respuesta se queda corta: “No sólo de pan vive
el hombre”, Mateo agrega: “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”,
el carácter “sapiencial” que tiene la Palabra, Mateo la agrega para ponerse así
en la sintonía de toda su obra, donde Jesús aparece como un “maestro”, como un
sabio de Israel que alimenta a sus discípulos con su palabra y su sabiduría. Y
su última victoria la hace citando Dt 6,16. Él se niega a usar sus poderes de
Hijo para ceder a un reto absurdo que cuestiona su seguridad personal.
Implícitamente, queda rechazada la osadía del demonio, que no debería haberse
atrevido a poner a prueba a Jesús, porque eso supone, en definitiva, poner a
prueba al propio Dios.
A la luz de Cristo, los creyentes no podemos olvidar, que
a lo largo de la vida nos vemos asaltados por la tentación. Con ella Dios
pretende probar la fidelidad. En el desierto, los israelitas padecieron la tentación, que luego Jesús
superaría gracias a la fe. Las tentaciones de la vida se podrían resumir en
tres: la primera consiste en creer que las cosas dan la vida, olvidándose de
Dios, fuente de la única vida. Hay otra tentación. Siempre queremos confundir
la fe con una comprobación evidente. Pedimos signos deslumbrantes. Pretendemos
creer porque vemos, no porque nos fiamos de Dios mismo. Por fin, ¿qué hombre no
ha sentido alguna vez la tentación del poder y del dominio? Nos vendemos al
diablo, lo adoramos, con tal de triunfar. Nos cuesta descubrir que la vida se
encuentra en el servicio a Dios y a los hermanos.
miércoles, 16 de mayo de 2012
V Domingo de Cuaresma: “Dijo Jesús: Ahora mi alma está turbada…” (Jn 12,20-28.31-33)
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Hermanos nos acercamos todos a la
fiesta de la Pascua de este año, y el relato evangélico de este domingo, nos
presenta a Jesús que aunque ha tomado la decisión de afrontar la hora de su
pasión, siente esta gran angustia frente a la muerte. En el relato de Juan no
ruega que le sea alejada dicha hora: “Ahora
mi alma está turbada; y ¿qué diré? ¿Padre sálvame de esta hora? ¡Pero, para
esto he llegada a esta hora! Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,27-28). En
Marcos, como en los otros sinópticos, la escena es más dramática y el lenguaje
más áspero: “¡Abbá, Padre! Todo es
posible para ti ¡Aleja de mí este cáliz! Pero no se haga mi voluntad, sino la
tuya” (Mc 14,36; Mt 26,39; Lc 22,42). Jesús se turba (en griego “tarasso”), como se había turbado (“tarasso”) delante la muerte de su amigo
Lázaro (Jn 11,33) y como se turbará (“tarasso”)
ante el anuncio de la traición de uno de sus discípulos (Jn 13,21). Con tal
expresión Juan, nos quiere hacer comprender en estos días de alto sentido
cristológico, que Jesús ve venir la muerte, pero no la mira desde una
perspectiva de monstro devorador. Su turbación le hace comprender que está por
entrar en una hora de oscuridad, de tinieblas, como el misterio de un parto,
que ciertamente le hará sufrir, pero que le llevará a dar mucho fruto, mucha
fecundidad. Esta es la luz, con la cual Cristo turbado, contempla el misterio
de su cruz: “El que ama su vida la pierde
y el que odia su vida en este mundo la conservará para la vida eterna”. De
ahí que se apegue por igual a la imagen de la semilla que cae en tierra. El que
se apega a la propia vida considerándola como una fría piedra preciosa que hay
que conservar en el joyero del propio egoísmo, es una semilla encerrada en sí
misma y estéril. Diferente es, en cambio, el destino de quien “odia su vida”- expresión muy fuerte del
lenguaje semita para indicar la renuncia a sí mismo: la donación a los demás es
creativa, se transforma en fuente de paz, de vida y de felicidad.
Y de esta “turbación” y “angustia”,
Jesús pasa como testimonian los evangelios plenamente, de la seguridad de su
resurrección como de su muerte inminente. Que Dios no lo dejaría en la muerte,
sino que lo sacaría de ella, debió de ser tan cierto para él, como estaba
seguro de que Dios es su Padre. La imagen de la semilla encaja perfectamente
con su pensamiento. En efecto, la semilla cae en la profunda oscuridad de la
tierra: los comentadores de los primeros siglos cristianos veían aquí una
alusión a la encarnación del Hijo de Dios en el horizonte tenebroso de la
historia. En el terreno parece que la energía de la semilla esté condenada a
apagarse; en efecto, la semilla se marchita y muerte. Sin embargo, he aquí la
eterna sorpresa de la naturaleza: cuando a su debido tiempo madura se revela el
secreto fecundo de esa muerte.
Este domingo pues, el lenguaje es
plenamente “pascual”, Jesús siente que tiene que pasar a través de la vía
dolorosa y oscura de la muerte en cruz para conducir a la humanidad por el
camino luminoso de la vida divina. Calvino, a este propósito escribió: “Nada
habría sido alcanzado, si Jesucristo no hubiera sufrido más que la muerte
corporal. Era necesario que llevara el rigor de la venganza de Dios en su alma…
Por eso, se requirió que combatiera contra las fuerzas del infierno, y que
luchara como cuerpo a cuerpo contra el horror de la muerte eterna”. Al fin
Cristo, “combatiendo contra el poder del diablo, contra el horror de la muerte,
contra los dolores del infierno, obtuvo la victoria y triunfó sobre ellos”.
IV Domingo de Cuaresma: “Dijo Jesús a Nicodemo…”
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Nuestra reflexión cuaresmal de hoy
se detiene en este pasaje del Evangelio de san Juan, centrado en el diálogo
nocturno de Jesús con Nicodemo, emblema del judaísmo oficial oxtodoxo y del
hombre en búsqueda de la verdad. Antes de ver el contenido en parte de este
diálogo, veamos como a san Juan le gusta describir el misterio de la pascua de
Cristo bajo la imagen simbólica de tipo “vertical”, la de la elevación, de la
exaltación: la cruz de Cristo levantada sobre el Gólgota se hunde en la tierra
pero tiene su vértice en los cielos. Es lo que se afirma explícitamente también
de la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto que, como narra
el libro de los Números (21,4-9), sanaba a quien la contemplaba convirtiéndose
así en el “símbolo de la salvación” (Sb 16,5-6). Esa serpiente es para Juan el
signo veterotestamentario de la cruz de Cristo “levantada” en medio de la
humanidad. En el cuarto evangelio la cruz levantada es casi el polo de
atracción de la fe del creyente y es la fuente de la salvación: “Cuando sea
elevado de la tierra, atraeré a todos hacía mí” (12,32).
Pues, bien dicho lo anterior
entremos de lleno en este bello relato. Podemos hacerlo a través de la
comprensión de siete palabras que el pasaje de Juan nos ofrece hoy en su trama
teológica. La primera es el verbo “creer”, que aparece cinco veces. Éste creer
no expresa sólo la aceptación de una verdad, sino la adhesión a una persona,
Cristo. En la Biblia no se cree en algo, sino en alguien. Pudiéndonos acercar a
esta persona a través de la acción del “amar”, que el evangelista aplica aquí
al Padre: es la única vez que en Juan el amor es señalado en su extensión
universal a todo el mundo. Pero a este amor responde a veces el “odiar”, el
tercer verbo que sacamos del pasaje: “El que hace el mal, odia la luz”. Es el
drama del rechazo del “nombre del unigénito Hijo de Dios”, es decir, de la
persona y de la Palabra de Cristo.
Dios realiza, entonces, una doble
acción respecto del hombre. Por una parte, “condena” (cuarto verbo) a la
humanidad pecadora. Cristo sabe que debe cumplir con esta obra de justicia
contra todo el mal que se ha cometido a lo largo de la historia: “Yo he venido
al mundo para el juicio… El Padre ha confiado todo juicio al Hijo” (Jn 9,39;
5,22). Y a la par de esta acción aparece su antítesis, el quinto verbo
“salvar”, finalidad amorosa y plena del Padre y del Hijo: “Yo no he venido para
condenar al mundo sino para salvar al mundo” ha dicho el Señor (12,47). Y para
ser acogidos en esta obra salvífica es necesario “venir a la luz” (sexta
expresión). Luz que en todo el evangelio tiene también un nombre y está en una
persona: Jesús. Y esto es fundamental, porque la luz revela la verdadera
naturaleza de las cosas y de las personas, impide que se oculten las miserias y
las vergüenzas humanas. Llegamos así a la séptima y última expresión: “obrar la
verdad”. Tal expresión tiene el sentido de orientar toda la vida hacia la
verdad, vivirse en verdad, convivir con ella siempre.
Con el evangelio de hoy nos
acercamos a la victoria de Jesús, sobre el pecado y la muerte, a través de la
fuerza indestructible del amor, fruto de un creer que cómo hemos dicho
anteriormente, se trata de una adhesión plena a su persona, por el cual habrá
en estos días que escuchar, como “Hijo” amado del Padre; a quien hay que pedir
agua, como la samaritana, a quien hay que oír, sobre todo, su llamado a la
vida, en esta pascua, como lo hizo con Lázaro. Estos textos evangélicos, son en
verdad luz y vida, para quienes queriendo vivir una auténtica cuaresma los
acogemos, como lo que son en verdad: Palabra de Dios.
III Domingo de Cuaresma: “Se acercaba la pascua…” Jn 2,13-25
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Para este tercer domingo de la Cuaresma,
nos acompaña el evangelista Juan. Nos narra el acontecimiento en la primera de
las tres pascuas que suceden en la vida pública de Jesús, según este evangelio.
Él se encuentra en el templo de Jerusalén lleno de peregrinos, de animales
destinados a los sacrificios y de cambistas, los que cambiaban las monedas
imperiales –impuras debido a las efigies grabadas en ellas- con otra moneda válida para pagar el impuesto
que todo hebreo daba para el templo. La escena de la expulsión de los venderos,
que es la que nos ocupa en este domingo, está llena de vivacidad y contenido
profético, señalado por los detalles que narra el evangelista. Jesús se lanza
contra ellos con “un látigo de cuerdas” y con la afirmación “¡No hagan de la
casa de mi Padre un lugar de mercado!”. Hay que señalar además, que no sólo se
ubica este episodio en el tiempo y el espacio, sino también en la intención
teológica del escritor, que inicia así un progreso en el tema de las
controversias, que cada vez más se van haciendo más profundas, con una técnica
literaria muy clara: el malentendido. Estos malentendidos dan pie a una
aclaración ulterior de Jesús. En estas controversias el malentendido es, a
veces, grosero y tiene claras connotaciones de la ironía que caracteriza tantos
fragmentos de este evangelio. El ejemplo de hoy es notable: “Cuarenta y seis
años se han tardado en construir este santuario ¿y tú lo vas a levantar en tres
días? (2,20). Agreguemos además, que las fiestas son importantes en la
articulación de estas controversias, porque es a través de las fiestas que nos
ponemos en contacto con los judíos de Jerusalén y, más en concreto, con los
fariseos y los oficiales del templo que llevaron al término su persecución
consiguiendo la condena de Jesús. Y todas estas controversias concluyen en la
centralidad del mensaje de Cristo sobre su persona. Aquí es el templo de quien
Él es su propia construcción y el lugar nuevo y único de la verdadera presencia
del Dios altísimo. Así, se destruirá este templo y en tres día se levantara de
nuevo, sus interlocutores no lo pueden entender e ironizan esa probabilidad
para un edificio que había necesitado 46 años de trabajos, a partir del 18º año
del rey Herodes, es decir, desde el 20/19 a.C. (tal vez, mientras Jesús habla,
está por celebrarse la pascua del 28 d.C.).
La declaración adquiere su verdadero
significado con el comentario de Juan: “Cuando resucitó de entre los muertos,
los discípulos se acordaron” que Jesús “hablaba del templo de su cuerpo”. La
resurrección es, pues, el corazón del mensaje. Es el anuncio de un cuerpo
glorioso que rompe los lazos de la muerte y se revela como la sede suprema de
la presencia de Dios en medio de su pueblo. Con este relato, todos estamos
invitados a entrar en el templo de Cristo, su cuerpo, con una auténtica
purificación de nuestros males, para poder como él resucitar a una nueva vida
en esta pascua florida que se acerca. Somos hoy su pueblo que junto camina para
formar también ese cuerpo glorioso de Cristo, que resplandece en medio del
mundo como un nuevo sol que disipa la oscuridad de la noche.
II Domingo de Cuaresma: “Se transfiguró delante de ellos” Mc 9,1-9
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En griego “transfiguración” se dice
“metamorfosis”. Iniciamos así nuestro estudio y reflexión del texto dominical
de este segundo domingo de cuaresma, porque tal acontecimiento parece ser una
recristianización de un mito griego, donde las divinidades podían fácilmente
cambiar de aspecto y aparecer de diversos modos sin ser reconocidos por sus
espectadores. ¡La transfiguración del Señor es otra cosa! En la metamorfosis
del mundo greco-romano, son los dioses que se transforman en hombres para
encontrarse con los hombres para no ser reconocidos. En el caso del evangelio
de hoy, es el hombre Jesús – cuyo nombre resuena cuatro veces en la narración –
el que se transforma en ser celestial y trascendente.
Dos posibles interpretaciones me
parecen posibles ante tan misterioso acontecimiento. Se trate de una visión que
muestra la entronización real de Jesús, como Hijo de Dios, anticipada. Una
epifanía para Jesús y sus discípulos, que se ve apoyada por la presencia de
Moisés y Elías, es decir, la Ley y la Profecía bíblica. El realce de sus
vestiduras luminosas, que Marcos colorea pintorescamente con una de sus típicas
anotaciones (“ningún batanero sobre la tierra podría hacerlas tan blancas”),
evoca un símbolo de la entronización del Hijo del hombre, figura mesiánica
presentada por el libro de Daniel: allí Dios es presentado con “una vestidura
blanca como la nieve y con los cabellos de la cabeza como lana!” (7,9). Cristo
participa del fulgor de la divinidad.
Una segunda interpretación,
afirmaría que es el momento de consuelo para Jesús, que viendo cercana su
muerte, ha subido al monte, lugar del encuentro con Dios, para buscar auxilio.
El Padre, ante el miedo humano de su Hijo, le viene al encuentro haciéndole
saborear por un instante la gloria que gustará después de su obediente muerte
en cruz. Y tanto Moisés como Elías, le confirman por una parte que Él es el
cumplimiento pleno de la Ley y que es quien cumple a cabalidad todas las
profecías de Israel. Él no puedo sino confiar en su Padre y caminar decidido a
su trágico destino. Y así lo hará. La transfiguración elimina el miedo humando
de Jesús y le capacita humanamente y espiritualmente para cumplir fielmente su
misión.
Y ¿qué nos dice a nosotros este
acontecimiento en la vida de Jesús? Pues bien, que la cuaresma es la parábola
de la vida del discípulo que recorre con Jesús la llanura de la vida en el
tiempo con todas sus oscuridades. Pero, siempre tiene como meta la pascua, que
es nuestra experiencia de la divinidad de Cristo. La Pascua terrena es como una
transfiguración, es espera de la pascua perfecta que celebraremos en la
liturgia celestial y que ya no conocerá el retorno a la llanura, no bajaremos
jamás de ese monte santo. Entonces, caminemos hacia la pascua de este año, con
el ánimo y gusto de ver que en nuestra vida, por la fuerza de Dios, cada día se
transforma en algo nuevo, que es ya germen
del mundo transformado que vendrá gracias a la victoria de Cristo, que
ha transfigurado de una vez y para siempre, en su cuerpo glorioso, a toda la
humanidad redimida en su sangre.
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