Mensaje P. Tony Salinas

jueves, 31 de mayo de 2012


             Concluido el tiempo hermoso de la Pascua, sabiamente, podríamos decir, la santa Iglesia, nos regala la fiesta litúrgica de la Santísima Trinidad. Fiesta que tiene raíces profundamente en la Biblia y en la teología que de ella se desprende. Es la fiesta del tema de Dios, del Dios que nos ha revelado Jesucristo. Es una celebración festiva y al igual una celebración para meditar y profundizar, ¿quién es Dios en mi vida y en mi historia?
            La palabra “misterio” se basa en el verbo griego múein, que significa: “cerrar los labios”, “callar”. Es la actitud reverente ante la presencia absoluta de Dios. Es cierto, ante Él quedamos mudos. La Biblia, aunque afirmando que Dios es siempre otro y más allá de nuestro pensamiento, se presenta como un Dios, que se ha “revelado”, es decir, como un romper el velo de silencio que oculta su misterio divino. Ha sido Él mismo el que ha salido a nuestro encuentro y se ha dejado encontrar a través de hechos, signos, prodigios, batallas, mensajes, elegidos, etc.  Nos toca entonces como nos señala el libro del Deuteronomio: “Reconócelo y medítalo en tu corazón: el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra” (4,39).
            Ante este misterio, podemos pensar como dice el Salmo 8: “¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él? El misterio de Dios nos abre nuestro propio misterio. Las Cartas de san Pablo, tienen el gran mérito de hacer ver que ante el misterio divino, el hombre ha entrado verdaderamente en él. Este ingreso en la misma experiencia de Dios se realiza a través del bautismo, visto como raíz de todo el acontecimiento cristiano, y a través de la escucha obediente de la Palabra. Es lo que se formula hoy en final del Evangelio de Mateo, que domina hoy toda nuestra liturgia. Como bien dicen muchos exégetas: “En Galilea no se ponen cita solamente Cristo resucitado y los Once sino el misterio de Dios y el de la Iglesia”.
            Para la Biblia, pues, el misterio infinito de Dios no rechaza sino que acoge en sí nuestros pequeños misterios sumergiéndolos en su luz infinita. Por tanto, no debemos considerar a Dios sólo como objeto o sujeto de estudio filosófico o teológico, es decir, tomarlo en nuestra consideración de manera fría o puramente intelectual. De Dios hay que hablar de manera dialogal, amorosa y cercana. Por igual, no sólo hablar de Él, sino también hablar con Él, como Adán y Eva hablaban con Él en el Paraíso terrenal.
            El texto evangélico de hoy, pone la revelación de la Trinidad en los labios del Resucitado en su despedida de la Iglesia: “Bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. A esta revelación que aflora en los evangelios, sobre todo en el de Juan, y en las cartas de Pablo, se une, pues, el sacramento fundamental de la salvación. Entonces, la Trinidad no es un teorema teológico, no es una fuente de estudio para los especialistas, no es un ámbito en donde elaborar simplemente un símbolo para representar a Dios. Es la manifestación de un acto de amor infinito que del misterio de la divinidad se difunde en las criaturas y tiene en la Iglesia uno de los lugares privilegiados de expresión.
            El Dios revelado como Trinidad, es pues, el Dios que se encuentra en los caminos del hombre, en sus casas, en su corazón. Está allá arriba en el cielo y en el interior de todos los hombres y mujeres que sienten como san Agustín, la necesidad de buscar la verdad absoluta de cuanto existe, y que él refiere únicamente y exclusivamente al Dios que habita en el cielo, Creador, Redentor y Santificador.
           

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