Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 16 de mayo de 2012

Domingo de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR: “…Fue llevado al cielo…” Mc 16,15-20

            Hoy queridos amigos y amigas llegamos al cierre de la presencia física del Señor Jesús en medio de nosotros, pero inicia la nueva presencia a través de su acción salvadora en la Iglesia y en la vida de los creyentes. No representa pues un momento de aflicción sino del canto, como nos lo dice el salmo de hoy: “Pueblos todos, batid las palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo, porque Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas”.
            Ahora bien, esta solemnidad nos ofrece la lectura de un trozo tomado del final del Evangelio de Marcos, llama la atención que no nos ofrece el relato con la amplitud y colorido con que lo hace Lucas, sino que sólo la evoca con dos verbos: “Fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”. Con todo, encierra toda la profundidad del misterio vivido por Jesús de Nazaret, él que cayendo incluso en el abismo del sufrimiento y la muerte, es ahora el que traspasa los confines del tiempo y del espacio entrando en lo infinito y en lo eterno de Dios, simbolizados precisamente por el cielo, hacia el cual él se dirige glorioso. Y es que la Ascensión del Señor es la manifestación plena de su estado pascual, “resucitado vive para siempre, inmolado ya vuelve a morir”, como lo describe el prefacio III del tiempo pascual de la santa Misa.
            En este día de victoria, junto a la imagen de Cristo resucitado que asciende al cielo, está también la imagen fisionómica de la Iglesia. Así como Jesús salvó con la palabra y con las manos, así también la Iglesia debe predicar a todos el evangelio y debe inclinarse sobre todos los sufrimientos y sobre todas las enfermedades. Cristo ya arrancado de las coordenadas del espacio y del tiempo, estará siempre y en todas partes junto a ella, sosteniéndola y acompañándola “hasta el final de los tiempos”.
            La solemnidad de hoy es la celebración de una presencia perfecta y eterna, es la victoria sobre la soledad absoluta; también y sobre todo es, el triunfo sobre esa soledad extrema que es la muerte. Y es victoria también porque representa el destino de inmortalidad bienaventurada que espera al hombre fiel, como se proclama en el Salmo 16: “No abandonarás mi vida en el sepulcro, ni dejarás que tu santo vea la corrupción. Me indicarás el sendero de la vida, alegría perfecta en tu presencia, dulzura sin fin a tu derecha” (vv.1-11). Este es el don que todos recibimos, una gracia, que nace de la redención. Es la primera criatura en recorrer este “sendero de vida”, después de Jesús será María, su santísima Madre.
            Su Ascensión será también para sus discípulos el punto de partida para tomar caminos diferentes por todo el mundo, seguros de ser acompañados por su Maestro y Señor de una manera nueva he inaudita. Deberán llevar su evangelio a toda criatura, para que todos por su Nombre, reciban la salvación que él nos ha traído y alcanzada con su muerte y resurrección. Así pues, esta no es una fiesta de despedida, es una fiesta que abre el tiempo de su nueva presencia entre nosotros y a la vez, el tiempo para trabajar hasta su regreso en la obra que él mismo nos ha encomendado. Una persona que desaparece a los ojos de sus conocidos y amigos, pero que paradójicamente se hace reconocer y amar por una muchedumbre inmensa de toda lengua, pueblo, raza y nación, haciéndose sentir vivo y operante a través de la palabra y las manos de sus discípulos y de su Iglesia.

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