Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 16 de mayo de 2012


            En griego “transfiguración” se dice “metamorfosis”. Iniciamos así nuestro estudio y reflexión del texto dominical de este segundo domingo de cuaresma, porque tal acontecimiento parece ser una recristianización de un mito griego, donde las divinidades podían fácilmente cambiar de aspecto y aparecer de diversos modos sin ser reconocidos por sus espectadores. ¡La transfiguración del Señor es otra cosa! En la metamorfosis del mundo greco-romano, son los dioses que se transforman en hombres para encontrarse con los hombres para no ser reconocidos. En el caso del evangelio de hoy, es el hombre Jesús – cuyo nombre resuena cuatro veces en la narración – el que se transforma en ser celestial y trascendente.
            Dos posibles interpretaciones me parecen posibles ante tan misterioso acontecimiento. Se trate de una visión que muestra la entronización real de Jesús, como Hijo de Dios, anticipada. Una epifanía para Jesús y sus discípulos, que se ve apoyada por la presencia de Moisés y Elías, es decir, la Ley y la Profecía bíblica. El realce de sus vestiduras luminosas, que Marcos colorea pintorescamente con una de sus típicas anotaciones (“ningún batanero sobre la tierra podría hacerlas tan blancas”), evoca un símbolo de la entronización del Hijo del hombre, figura mesiánica presentada por el libro de Daniel: allí Dios es presentado con “una vestidura blanca como la nieve y con los cabellos de la cabeza como lana!” (7,9). Cristo participa del fulgor de la divinidad.
            Una segunda interpretación, afirmaría que es el momento de consuelo para Jesús, que viendo cercana su muerte, ha subido al monte, lugar del encuentro con Dios, para buscar auxilio. El Padre, ante el miedo humano de su Hijo, le viene al encuentro haciéndole saborear por un instante la gloria que gustará después de su obediente muerte en cruz. Y tanto Moisés como Elías, le confirman por una parte que Él es el cumplimiento pleno de la Ley y que es quien cumple a cabalidad todas las profecías de Israel. Él no puedo sino confiar en su Padre y caminar decidido a su trágico destino. Y así lo hará. La transfiguración elimina el miedo humando de Jesús y le capacita humanamente y espiritualmente para cumplir fielmente su misión.
            Y ¿qué nos dice a nosotros este acontecimiento en la vida de Jesús? Pues bien, que la cuaresma es la parábola de la vida del discípulo que recorre con Jesús la llanura de la vida en el tiempo con todas sus oscuridades. Pero, siempre tiene como meta la pascua, que es nuestra experiencia de la divinidad de Cristo. La Pascua terrena es como una transfiguración, es espera de la pascua perfecta que celebraremos en la liturgia celestial y que ya no conocerá el retorno a la llanura, no bajaremos jamás de ese monte santo. Entonces, caminemos hacia la pascua de este año, con el ánimo y gusto de ver que en nuestra vida, por la fuerza de Dios, cada día se transforma en algo nuevo, que es ya germen  del mundo transformado que vendrá gracias a la victoria de Cristo, que ha transfigurado de una vez y para siempre, en su cuerpo glorioso, a toda la humanidad redimida en su sangre.
            

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