Mensaje P. Tony Salinas

viernes, 23 de agosto de 2013
Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Cédele el puesto a éste” (Lc 14,1.7-14 - XXII Domingo del Tiempo Ordinario)

            Hoy seguimos escuchando textos de profundo contenido espiritual para el crecimiento de los fieles, es decir, de cada uno de nosotros, delante de Dios. Ni la parábola del Evangelio ni el texto del Eclesiástico (3,19-21.30-31), pretenden darnos una lección. En ambos textos, la analogía con el comportamiento de los hombres sirve para apuntar a lo que deberá ser la actitud con Dios. El hombre sólo es capaz de abrirse a la revelación de Dios cuando se apea de sus grandezas y reconoce su limitación dirá el Eclesiástico. Por su parte la parábola de este domingo, nos hace pensar cómo Jesús observa con un poco de ironía a los invitados a un banquete de bodas en su tierra, donde los invitados buscaban ocupar los primeros puestos. Y como siempre, Él se sirve de las pequeñas recurrencias de la vida doméstica para sacar de allí una profunda enseñanza. El centro del mensaje se sitúa en lo que señala ya el libro de los Proverbios: “No te pongas en el puesto de los grandes; porque más vale que se te diga: sube acá, que ser humillado en presencia del príncipe” (25,6-7). Jesús recordándolo, suscita una llamada de atención, que partiendo de una actitud sensata de urbanidad, invita a una actitud de sentido espiritual.
            Y es que, hablando francamente, a ¿quién no le gustaría estar sentado en los primeros puesto en el Reino de Dios?  Es legítima la aspiración, pero Jesús advierte que para alcanzarla se requiere de un camino marcado especialmente por la humildad. El orgullo, la autosuficiencia, la imprudencia, son sin duda alguna, obstáculos y no cuñas que nos ayuden a entrar. En cambio la sencillez, la prudencia, el respeto por la justicia, permiten el ingreso sin mayor dificultad. A veces se nos olvida que la regla fundamental de la mesa del Reino es ésta: “El que  se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido”. La persona por sí misma, es decir, por sus capacidades, títulos y demás componentes que se adquieren en la vida humana, pueden permitirle el tener derecho a un lugar en la gran mesa de Jesús. Eso corresponde al que tiene la potestad de decir: “Amigo, sube más arriba”. De esta escuela espiritual de Jesús, san Pablo se ha hecho un excelente exponente, cuando advierte a los filipenses: “Hermanos, no hagan nada por espíritu de rivalidad o vana gloria, sino cada uno de ustedes con la toda humildad considere a los demás superiores a sí mismo, sin buscar el propio interés, sino más bien el de los demás” (Flp 2,3-4). Es una máxima paulina, que se ve como un injerto que se ha tomado del tronco que es el mismo Jesús.
            Con la liturgia de la Palabra de este domingo, se pone un alto sin lugar a duda, a las actitudes humanas negativas, que alimenta el mundo vanidoso y prepotente, en su relación con Dios y los hermanos. Con ella, se quiere poner el antídoto para no ser víctimas fácil de las asechanzas del enemigo, que busca envenenar el corazón llenándolo de afanes terrenos de grandeza y gloria, olvidando así el mando del Señor: “Hijo, en tu actividad sé modesto, serás respetado por el hombre y agradable a Dios. Cuanto más seas grande, tanto más humíllate; así encontrarás gracia delante del Señor” (Eclo 3,17-18). “No aspiren a cosas demasiados altas; inclínense, más bien a las humildes. No se hagan una idea demasiado alta de ustedes mismos” (Rm 12,16).
            Hoy con el lenguaje usado por Lucas de “levantar/exaltar” y “humillar/abajar”, nos recuerda la experiencia de Cristo Jesús, que a su vez san Pablo nos lo recuerda a nosotros: “se humilló así mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte en cruz. Por eso Dios lo exaltó y le dio el Nombre sobre todo nombre” (Flp 2,8-9).


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