Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 28 de abril de 2014
“La tarde de aquel mismo día…” (Jn 20,19-31 – II Domingo de Pascua)

            Bienvenidos apreciados lectores y lectoras, después de la Semana Santa. Deseo ofrecerles a todos, unas ¡Felices Pascuas de Resurrección! La solemne liturgia pascual se prolonga durante siete semanas con otros tantos domingos pascuales. Construidos principalmente sobre algunos retratos de la Iglesia de Cristo resucitado. Y uno de esos retratos nos viene presentado en este segundo domingo, después de la resurrección, que trata sobre la fe en el Señor vuelto a la vida. Ante la proclamación: “¡Hemos visto al Señor!”, muchos podrían creer pero en parte, ya que no lo habían visto personalmente. Ese creer, aparece entonces como una conquista fatigosa y a veces desgarradora.
            Este relato inicia con los datos cronológicos: era el mismo día y la escena tiene lugar cuando termina el día opsía (Los romanos dividían la noche en cuatro vigilias de tres horas: 18 a 21 opsía = atardecer; de 21 a 24 mesonyktion = medianoche; de 24 a 3 alektorophonía = canto del gallo; de 3 a 6 proi = madrugada). La oscuridad es el ambiente en el que se mueven los que carecen de fe. Y el texto agrega además, que a pesar de haber recibido el anuncio de María Magdalena, los discípulos se han encerrado con llave “por temor a los judíos”, en sentido de “las autoridades religiosas”. En el fondo ese temor, es signo incluso de su incredulidad, y por ende sienten miedo a la agresión o persecución por el nombre del Resucitado. Pero para superarles el miedo fruto de la incredulidad, viene a su encuentro el propio Jesús y sus primeras palabras para ellos son “¡Paz a ustedes”! Saludo común entre judíos: “Shalom lakem”. En boca de Jesús el término “Paz” no es un simple saludo convencional, porque Él les dijo a sus discípulos que les otorgaba la paz que no es de este mundo (Jn 14,27), por lo tanto, este término viene cargado del don de la paz escatológica. Con la muestra de sus heridas, el resucitado quiere mostrarles que es el mismo que estuvo en la cruz, pero diferente porque entró incluso con las puertas cerradas. El reconocimiento les provocó inmensa alegría a los discípulos, cumpliéndose así lo que Él  había anunciado, que cuando lo volvieran a verlo tendrían una alegría que nadie les podría quitar (16,22). La alegría completa (15,11), junto con la paz (v.19), pertenecen a los bienes esperados para la escatología. Con la visión del Cristo resucitado, los discípulos comienzan a gozar de esa felicidad. Jesús se dirige a Tomás y le ofrece las manos y el costado para que haga la constatación exigida como condición para creer. El cuerpo del resucitado es real, y conserva los signos de su crucifixión: no es un fantasma ni es otro que lo ha sustituido. La invitación concluye con un reproche en forma de imperativo en el que se oponen dos términos parecidos: “No seas no-creyente (ápistos) sino creyente (pistós)”. Luego Tomás exclamará: “Señor mío y Dios mío”. Cómo dirá santo Tomás de Aquino: “Vio una cosa, pero creyó en otra. Vio al hombre y las cicatrices, y de ahí creyó en la divinidad del resucitado”. Esta fórmula se usaba hacia fines del siglo I, cuando los súbditos se dirigían al emperador Domiciano, él se hacía llamar con estos títulos, y los cristianos lo aplicaron a Jesús desde los primeros tiempos. Jesús, durante la cena, dice a los discípulos que este es el título con que ellos lo llaman (13,13). En cambio el título “Dios”, aplicado a Jesucristo, es una novedad de los evangelios. En los evangelios sinópticos no se le da nunca este nombre y en el comienzo del “Prólogo” del evangelio de Juan (1,1) se escribe sin artículo, estableciendo de esta manera una diferencia con “ho theós” (el Dios), el Padre, nombrado en el mismo contexto. Jesús no es el Padre, pero es lo que es el Padre.




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