Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 2 de julio de 2012

Al Encuentro de la Palabra…
Se escandalizaban de Él” (Mc 6,1-6 - XIV Domingo del Tiempo Ordinario)

            Seguimos este domingo la secuencia narrativa de la actividad de Jesús en el Evangelio de Marcos, donde esta pequeña perícopa concluye una serie de peregrinaciones de Jesús dentro y fuera de Galilea. La expresión genérica “pueblo” (v.1) era suficiente para indicar Nazaret; es más precisa la determinación del tiempo: es importante que la manifestación de Jesús tenga lugar el sábado (v.2). En Israel, cualquier hombre adulto podía comentar la Escritura en la sinagoga: sin embargo, la enseñanza de Jesús es diferente a la de todos los rabinos de aquel tiempo. Sin citar como hacen los otros evangelistas el texto de Isaías leído por Jesús, Marcos se detiene en el estupor de los presentes. Tres son los motivos de admiración: el origen de las palabras pronunciadas por Jesús; la sabiduría que posee; los prodigios que realiza. Todo esto parece contrastar con la familiaridad que los nazarenos creían tener con él, dado que conocían a sus padres y hermanos.
            La verdadera identidad de Jesús se revela aquí a través de su ser signo de contradicción, piedra de tropiezo, motivo de escándalo (v.3). Esto mismo constituía ya una característica de los profetas, perseguidos con mayor frecuencia precisamente por aquellos que hubieran debido comprenderles mejor (v.4).
            El término que sostiene el pasaje evangélico de hoy es exquisitamente griego: “Se escandalizaban de Él”. Literalmente Skandalon es la piedra que hace tropezar al viajero, es la trampa que enreda el pie, y metafóricamente es la representación de una crisis, de una duda que hace perder la fe y la confianza. No por nada al final del relato, Marcos señala como Jesús “se maravillaba de su incredulidad”. Pero ¿cómo entender que Jesús fuera piedra de tropiezo para que ellos no llegaran a creer? La respuesta es fácil, a primera vista y está ligada al estado civil de Jesús. Él no tiene para que le respalde una brillante carrera académica, no pertenece a una clase respetable, no tiene una genealogía prestigiosa, no desempeña ningún cargo oficial de importancia. En otras palabras el pertenece a un nivel social bajo y en lo más relevante, es un hombre común de su sociedad. Su nombre, aunque bello por su significado (“El Señor salva”) fue un nombre común, variante de Josué, paralelo de Josías, Isaías, Oseas, etc. Proviene de un pueblo, llamado Nazaret, y como lo señala el Evangelio de Juan: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (1,46). De profesión humilde y sencilla, en el original griego Marcos lo señala como tekton, un término genérico equivalente a carpintero, pero puede significar también albañil, artesano, herrero, etc. Y así, podríamos seguir sacando la tarjeta de identidad del Señor Jesús, que por aparecer como un hombre humilde y sencillo en el contexto de su época, no podía ser atractivo para sus paisanos, por evidenciar una carta de presentación ostentosa y llena de grandezas. Y sin embargo, era Dios verdadero que visitaba a su pueblo.
            No puedo menos, referente a este tema señalar, al más grande entre todos los concilios ecuménicos, que fue sin duda, el de Calcedonia, celebrado el año 453 en la orilla oriental del Bósforo, ese río marino en el que se encuentra Europa y Asia. Este concilio de Calcedonia celebró la unión de lo divino y de lo humano, sin separación ni confusión, en Cristo. Y es que en Cristo, podemos decir, se da el “escándalo de su encarnación”, lo que al mismo Pablo le llevó a decir: “Porque los judíos piden milagros y los griegos buscan la sabiduría: pero nosotros anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero poder y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos” (1Co 1,22-25).

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