Mensaje P. Tony Salinas

martes, 17 de julio de 2012

Al Encuentro de la Palabra…
Jesús llamó a los doce..” Mc 6,7-13 (XV Domingo del Tiempo Ordinario)

            Tras la visita a Nazaret, y antes de seguir su camino hacia otros territorios, envía Jesús en misión a los Doce (cf. 3,14ss), dándoles el poder de expulsar a los espíritus inmundos (v.7). Podemos distinguir tres pasajes. En el primero, Jesús da disposiciones sobre el estilo de vida (vv.8ss): los enviados no deben llevar provisiones consigo, porque sólo podrán contar con la generosidad de aquellos a quienes se dirijan. En el segundo pasaje, el mandato precisa el método de la predicación: quedarse en la casa que los reciba, pero abandonarla sin añoranzas si no les escuchan (vv.10ss). Por último, al mandado de Jesús le sigue la ejecución: los discípulos parten, predican la conversión y su obra de exorcismo y de curación resulta eficaz (vv.12ss).
            La elección de los doce, hace pensar que ellos son su verdadera familia, los miembros de verdadera patria, con quienes forma una comunidad. Brilla de manera particular, si tenemos presente que el domingo pasado estaba de escena el rechazo de Jesús por parte de sus paisanos de Nazaret. El perfil que Jesús dibuja del verdadero apóstol puede por muchos aspectos aplicarse también al discípulo: en estas líneas de Marcos podemos reflejarnos todos nosotros. Ahora tratemos de indicar sus distintos lineamientos que vamos a enumerar en una especie de lista de los dones y de los deberes del apóstol y del discípulo de Jesús.
El sentido del verbo “Llamar” nos refiere, que la iniciativa viene de Dios. Los “doce” no se eligieron a sí mismos. Al origen está Dios que con su gracia, toma la iniciativa, la llamada es un don que cae en el terreno fértil de nuestra libertad. Y los elige para que vayan “de dos en dos”. Es decir asuman la misión, salir del seno de sus propias costumbres, dejar el pasado, abandonando padre, madre, hermanos, campos, etc., como dirá Jesús; es entrar en una aventura del Espíritu que exige desapego, generosidad, donación, libertad. Él les dará “poder sobre los espíritus inmundos”. La misión es una lucha contra el mal y su poder. La vida cristiana es una continúa elección de campo, conoce la tensión, sabe que está sumergida en un tejido histórico en donde la violencia, la injusticia, la arrogancia están bien arraigadas. Y unido a todo esto, aparecen exigencias que señalan que Dios les debe bastar en todas sus necesidades básicas: “Les ordenó que no llevaran nada” y que “cuando entréis en una casa, permanezcan allí”. Todo para estar listos, disponibles para una predicación que invite a la conversión y puedan incluso curar con la unción a los enfermos, que de hecho quedarán sanos.
En este septenario está encerrada toda la fisionomía del apóstol y del discípulo de Jesús: gracia, misión, lucha contra el mal, pobreza, hospitalidad, conversión y amor. Con todos estos elementos, cada uno de nosotros puede en realidad preguntarse, ¿qué tipo de discípulos somos en nuestro contexto actual? ¿Estamos cumpliendo con al exigencias del Maestro con alegría y paz?
No podemos olvidar que la propuesta del Señor a sus discípulos, que van en misión, es vivir con un estilo de gratuidad, de disponibilidad, de prontitud a todo. El motivo radical de esta actitud reside, una vez más, en el hecho de que el hecho de que el Reino de Dios, anunciado por nosotros, consiste precisamente en el amor gratuito, sin reservas y sin condiciones con el que Dios se pone a disposición del hombre. Así pues, la propuesta que hace Jesús no ha de ser entendida, en primer lugar o únicamente, como propuesta ascética; se trata de una propuesta mística, en el sentido de que este estilo de vida, se convierte en el lenguaje que expresa lo que es en verdad el Reino de Dios, que vale más que todo.

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