Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 25 de julio de 2012

Al Encuentro de la Palabra…
Aquí hay un muchacho…” (Jn 6,1-5 – XVII Domingo del Tiempo Ordinario)

            Amigos y amigas, la lectura continua que veníamos trayendo del Evangelio de Marcos, se ve hoy interrumpida, por un texto del Evangelio de Juan, es precisamente el lugar de ambos evangelistas se entrecruzan para hablarnos de este extraordinario milagro como lo es: la multiplicación de los panes. El espacio geográfico es el lago de Tiberíades : la localización tradicional y popular, cerca de Cafarnaún, está ahora remarcada por una basílica que conserva un estupendo pavimento, mozaico bizantino, con una decoración vegetal acuática, de pájaros y de vida cotidiana.
            El episodio que nos narra el Evangelio está preparado por la narración contada en la primera lectura (2Re 4,42-44), del ciclo de Eliseo, el profeta discípulo y sucesor de Elías (s.IX a.C.). Ambos textos el de Reyes y el del Evangelio de hoy, presuponen un fino recuerdo por sus tramas: los panes de cebada, la constatación de la insuficiencia de esos panes para tante gente, el “comer y sobrar”, el profeta Eliseo y Jesús, que al final es aclamado como el “profeta” perfecto “que debe venir”. La insistencia en los panes (5 veces), la cercanía de la Pascua judía y el término “partir el pan” que usa Juan, que en el NT se usa para referirse a la Eucaristía, hacen claramente manifestar que Juan mira en este relato hacia el futuro, es decir, mira hacia la eucaristía celebrada por Cristo mismo en la última cena, en la noche de su traición entrega a la muerte.
            Quienes leemos este texto estamos llamados, bajo la intención de san Juan, que propone en su evangelio los “signos” como un camino, para ver y descifrar una realidad más honda y profunda de significado. Claro que Jesús sacia también el hambre material de esa gente. “El estómago no perdona” como decimos por acá. Pero el gesto de Jesús es signo de otra hambre ya saciada por Jesús mismo. Él como pastor-profeta mesiánico ha preparado plenamente esa mesa que ha de saciar definitivamente el hambre interior de todos los hombres, es decir su antigua y nunca terminada hambre de Dios. El evangelista nos hace comprender de nuevo, que esa vaciedad de la que él habla, más allá del estómago satisfecho.
            Ahora bien, hablando de alimento no podemos olvidar que la en la actualidad la moda del fast-food además de arruinar el estómago, arruina nuestro paladar y el gusto por la buen alimento, preparado en casa con amor, sino veamos a los jóvenes. Jesús nos ofrece en su persona la realidad no sólo de un alimento que llene nuestro cuerpo físico, sino de un alimento que por exquisitez es capaz de llenar hasta el hambre espiritual más profunda del ser humano. El milagro que narra san Juan, viene evidenciado, por el hecho de que un muchacho que sólo tenía cinco panes de cebada y dos peces, nada para tanta gente, obligará al corazón de Jesús, compadecerse de nuevo de ellos y darles de comer. Ayer como hoy, Jesús sabe de nuestras hambres físicas y espirituales, al igual que ayer, también nos colma de sus beneficios providentes, en consonancia con el Padre, que como lo canta el salmo de hoy: “Abre su mano y sacia el hambre de todo viviente” (Sal 144). El cristiano, al igual que Jesús deberá siempre no ignorar el hambre física de sus hermanos, que cómo Lázaro pide que se le dé un pedazo de pan; pero a la vez, deberá nunca olvidarse del hambre de Dios que muchos, incluso no siendo conscientes, estamos siempre urgidos de saciar. 

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