Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 13 de agosto de 2012

Al Encuentro de la Palabra…
Mi carne es verdadera comida…” (Jn 6,51-58 – XX Domingo del Tiempo Ordinario)


            La primera lectura de este domingo, tomada del libro de los Proverbios, nos dice que “La Sabiduría edificó su casa…” (9,1-6), y es que con este bello ingreso a la Palabra de Dios, comprendemos el alto sentido que tiene la misma eucaristía como encuentro fraterno de todos los hijos de Dios, en la casa común que es la Iglesia. ¡Pero no sólo eso! Se trata de compartir un banquete, que es símbolo de comunión y de intimidad. Es sentados a la mesa donde creamos amistad y profundidad en las relaciones humanas, de allí que la muestra de un verdadero interés por alguien, venga acompañado por el deseo que se siente a nuestra mesa, que comparta lo que somos y tenemos en ese espacio privilegiado de la propia casa.
            El banquete es en todas las culturas un símbolo de intimidad y de comunión. El fiel es ahora invitado  a la comunión con la sabiduría divina y con Cristo a través de la Eucaristía. No es una comunión automática, extrínseca, como lamentablemente a menudo sucede en nuestras celebraciones eucarísticas distraídas, habituales, “tradicionales.  En cambio, debo decir, debe ser una participación de cada uno de nosotros que nos introduce en el misterio y nos hacer “permanecer en Él”.
            Cristo a través de este sacramento eucarístico ha preparado su mesa para toda la humanidad. La parte final de este discurso en Cafarnaún, es según los estudiosos, el pasaje de una liturgia eucarística, tal vez la huella de una homilía de la Iglesia primitiva. Es, pues, una meditación sobre aquella cena que cada domingo se celebraba “partiendo el pan” (Hch 2,42). El centro de este mismo texto es la afirmación categórica de Jesús: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Con esta afirmación se ve la absoluta necesidad de comer la carne y beber la sangre de Cristo para tener la vida divina y resucitar en el último día. Y todo esto, porque Cristo Jesús es el único Salvador: el hombre para salvarse debe, debe estar totalmente sostenido por Él, alimentado y transformado.
            El alimento que Jesús ahora prepara sobre la mesa reúne todos los significados dados por el Antiguo Testamento, dándole eso sí, un nuevo, decisivo y sorprendente significado. El pan de la vida divina es su misma persona, es su misma existencia donada a los hombres en la muerte, es la eucaristía que en el tiempo y en el espacio hace presente la realidad de Cristo. Cristo es la eucaristía y la eucaristía es la persona misma de Cristo. Las palabras de Pablo a los cristianos de Corinto se convierten, entonces, en el comentario ideal al discurso de Jesús en Cafarnaún: “El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? (1Co 10,16).
            Así pues, como la Sabiduría actúa como una persona, y a su vez, ella es un don de Dios, que aparece abundante y gratuita,  nuestra eucaristía es la comida del banquete para toda la humanidad. Ella nos hace pasar de la necedad a la inteligencia, en la comprensión del misterio que Cristo nos da por alimento. La eucaristía es pan que baja del cielo, para la vida verdadera. Es por eso, que esta Palabra de Dios de este domingo, nos invita a vivir de manera más intensa y consciente el encuentro con Cristo en la eucaristía, dejando de lado y para siempre, la falta de concentración y las molestias que causamos a los otros para vivir tan bello regalo que Dios nos da. Digámosle al Señor como lo dice un antiguo canto: “Atráenos, oh Cristo, hacia esta mesa única de tu cuerpo y de tu sangre… pasa de nuevo, sabiduría de Dios, y congrega en tu banquete discípulos sedientos de la verdad y de la vida. Amén.

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