Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 25 de mayo de 2015
Al Encuentro de la Palabra…
“En el nombre…” (Mt 28,16-20 – Solemnidad de la Santísima Trinidad)

La Trinidad forma parte del gran mensaje de Nuevo Testamento, pero no lo es como si fuese casi un tema sobre el cual se puede tejer sofisticados teoremas teológicos. Más bien lo trata como la auténtica imagen de Dios en su manifestación, es la definición de su presencia en el interior del creyente y de la Iglesia.    Razón por la cual tenemos este día especialmente dedicado a conocer, valorar y celebrar a la Santísima Trinidad. La Revelación del Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo, está destinada a que nosotros, sus hijos  nos enteremos de lo que tenemos que hacer para traer el Reino a nuestra vida y la eternidad al más allá. Con el evangelio de hoy, vemos como los Once vieron a Jesús; los Once dudaron de él; los Once lo adoraron. Proceso desconcertante, pero, justo por eso, proceso auténtico de la experiencia pascual vivida por los Once, el creer que los lleva a adorar y por otro lado al de dudar. Partieron del ver, un ver inesperado, para nada previsto por ellos; pasaron por la indecisión de la duda, será él?, no será él?; terminaron en la certeza de la fe, adorando a Jesucristo.
Ahora se empezaba a entender el pasado vivido con Jesús, su autoridad proclamando, su autoridad enseñando, su autoridad perdonando, su autoridad haciendo milagros. Era una autoridad con origen en Dios; era la autoridad misma de Dios la que Jesús ya tenía en el inmediato pasado que ellos habían vivido con él. Y con esta autoridad les entrega la misión que ahora ellos deberán extender a todas las naciones. Allí se contiene un imperativo misionero, debido a que la contemplación no puede caer en la pasividad desencarnada.
La misión encomendada por Jesús a su Iglesia está basada en transmitir a todos que somos hijos de Dios, realidad que se acoge a través de la fe que damos al Evangelio de Jesús y por el bautismo que recibimos "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". De aquí que todas nuestras obras han de manifestar la verdad de nuestra condición de "hijos de Dios".
El Misterio de la Trinidad Santa seguirá atrayéndonos con su luz infinita. Pero los creyentes testificarán cómo su vida crece cuando adoran al Dios Uno y Absoluto, al mismo tiempo que le llaman Padre, que lo saben Hijo hecho hombre y Espíritu Santo hecho fuerza, luz, consuelo y comunión. Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero.
A la luz de las lecturas de este domingo, se pretende buscar el rostro de Dios, que es en definitiva a lo que apunta la celebración litúrgica de este día. Su verdadero rostro se expresa en su infinita luz que irradia amor. En Él el primado no radica en la justicia que castiga sino en el amor que perdona. Es a través de esta realidad que la divinidad penetra en el acontecimiento de la humanidad y en la de todo hombre, que cómo bien señalará san Irineo: “La gloria de Dios es la vida del hombre”.
Pero como bien nos lo ha señalado la propia Palabra de Dios, Él no grita, no se impone, no coacciona, no se exhibe. No se ofrece en espectáculo. Dios es discreto y respeta hasta el final la libertad de los hombres. Por eso, recordar y celebrar a Dios como misericordioso y compasivo, Padre de todos nosotros, tiene que llevarnos a sentir gran esperanza y confianza en el inmenso valor de nuestra condición de "hijos de Dios".

La fiesta de la Santísima Trinidad nos trae el mensaje de que Dios es solamente amor, y por eso no puede sino amar. Es unidad de familia en el amor. Dios no humilla, no abusa ni destruye. Dios sólo puede acercarse a nosotros para que nosotros podamos realizarnos como "personas".

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