Mensaje P. Tony Salinas

viernes, 4 de julio de 2014
Al Encuentro de la Palabra…
Sí Padre…” (Mt 11,25-30 – XIV Domingo del Tiempo Ordinario)
                
El evangelio de este domingo es uno de los textos más bellos del Nuevo Testamento. Jesús se dirige a Dios familiarmente como Abba-Padre: cinco veces aparece esta expresión en sólo tres versículos. La relación entre Jesús y Dios-Padre es intensa, estrecha, íntima, familiar. A una relación similar con Dios es invitada la comunidad creyente. Jesús entona un cántico de alabanza a Dios-Padre porque se ha revelado; el mismo Hijo se une a esta revelación divina: Él es la revelación del Padre. Pero no todos son receptores de esta revelación, sólo los sencillos, los pequeños, los simples. Los «sabios y entendidos» están demasiado absortos en su prepotencia para percibir esta revelación, a ellos les ha sido escondida.
Este evangelio ya no se encuadra en las recomendaciones a los doce con ocasión de su envío misionero, como los de los 3 domingos pasados. En cambio se relaciona con los milagros realizados por Jesús (cf. Mt 8,1-9,34) en las poblaciones del entorno del lago de Genesaret, milagros cuyo significado no ha sido captado por la gente; eso provoca la queja y el lamento de Jesús (ver el v.20, a partir del cual habría que leer para entender bien el texto de hoy: “Se puso entonces Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros…”). Bajo estas circunstancias Jesús inicia diciendo: “Te doy gracias” (v.25). El verbo griego denota alabanza, reconocimiento, con connotación de agradecimiento. La traducción literal sería: “Te bendigo”. La bendición o doxología (beraká en hebreo) era la forma habitual de la piedad judía. Ahora bien, Jesús ora y el motivo es que a diferencia de los sabios y entendidos, la gente sencilla entendía las cosas de Jesús. Jesús da gracias a Dios por este hecho y lo hace formulándolo desde una perspectiva divina: “porque has escondido, porque has revelado, así te ha parecido mejor”.
La acción de gracias se convierte después en una doble declaración en la que proclama el señorío universal de Jesús, y su papel único e insustituible como revelador de Dios. Y las palabras de Jesús se convierten finalmente en invitación a todos los que están cansados y agobiados, es decir, la gente sencilla sobre la que pesan los fardos y cargas de la ley, tal y como la interpretan los “sabios y entendidos” (o sea, a la hora de la verdad, los ignorantes de las cosas de Dios). Es interesante notar que la imagen del “yugo” se usaba en la tradición judía para indicar la Ley y sus exigencias, impuestas por el Señor a Israel. Jesús repropone este símbolo pero despojándolos de su aspecto de peso, de imposición, de triunfo y lo pinta según una dimensión más “dulce” pero no por esto menos exigente. En efecto, el castillo de los empeños múltiples de la religión y de la moral es simplificado en un único y totalizante empeño, el yugo del amor. La relación con Dios ya no está regulada por un frío deber o por el terror del juicio; está, en cambio, fundada en el amor filial y espontáneo, y por eso es más exigente y total.
Este domingo, se nos invita a colocarnos nosotros también entre los “pequeños”, en el original griego népioi, los destinatarios privilegiados de la revelación de Jesús. Para acoger el regalo de Dios, que es la fe en Jesús, hay que hacerse sencillos; hay que abandonar el pesado fardo de la "sabiduría humana" y hacerse cargo de la "gratuidad" que Dios nos ofrece. Así encontraremos el sosiego y el descanso que solamente Dios es capaz de conceder. Por algo decía San Agustín: "Nos ha hecho para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti".


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