Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 28 de julio de 2014
Al encuentro de la Palabra
“…Vio Jesús el gentío…” (Mt 14,13-21 – XVIII Domingo Tiempo Ordinario)

            Dejado el capítulo 13 de las parábolas sobre el Reino de Dios, nos abrimos campo en este nuevo capítulo de Mateo, con el relato de la Multiplicación de los panes, para la muchedumbre que seguía a Jesús y de la cual Él sintió lástima. Todos los evangelistas describen la multiplicación de los panes en estrecha conexión con dos elementos constitutivos de nuestra fe cristiana. El primero es la directa relación con la institución de la Eucaristía (“tomó el pan, elevó los ojos al cielo, pronunció la bendición y lo repartió), referencia directa al relato de la institución por parte del mismo Jesús. En segundo lugar, su relación al sacramento eucarístico sacramental, que se completa con el servicio de la caridad. No se puede partir el pan en la Eucaristía si no estamos dispuestos a repartirlo fuera de ella. Con el evangelio de Dios se afirma pues, que el pan de la vida está en Cristo; es Él mismo. Hay un proyecto de Dios que, si lo aceptamos, convertiría al mundo en una mesa llena de pan para todos. Sólo el amor fraternal puede  hacer de este mundo injusto una nueva creación en la abundancia.
            Acerquémonos al texto. El relato abunda de símbolos. La mención del desierto recuerda el Éxodo y el don del maná. Los mismos pescados pueden evocar las codornices en Nm 11,31, de las que en las leyendas se decía salieron del mar (Sab 19,11-12). Jesús como un nuevo Moisés, ofrece a Israel un maná nuevo, como lo sugieren los doce cestos, según el número de las tribus. Él aparece como un profeta más poderoso que Elías, que había alimentado a cien personas y sobró (1Re 4,44). Pero por su compasión es también el Pastor de Israel (cf. Ez 34), recordando a aquel que, en el Salmo “en verdes praderas hace recostar” (23,2).
            Si se encuentra un pedazo de pan por la calle, reza el adagio oriental, hay que recogerlo para no despreciar los dones de Dios. El beduino todavía hoy no corta el pan con el cuchillo porque acostumbra decir que “el pan no se mata”, considerándolo casi una criatura con vida. Así, en el Antiguo Testamento se construyó un verdadero “vocabulario de pan” con múltiples matices simbólicos. “Comer el pan de las lágrimas” significa vivir una experiencia dolorosa particularmente atroz; “comer el pan del luto” es participar en el sufrimiento de una familia por la desaparición de un familiar; “comer el pan de alguien” quiere decir serle amigo, huésped y solidario; “comer el pan en algún lugar” es, en cambio signo de la propia residencia; el simple “comer el pan” significa ganar para vivir con el propio trabajo; “partir el pan” es el signo por excelencia de la fraternidad.
            En el relato de hoy, pues valoramos también para nosotros el “pan de cada día”, señal de que sin él no podemos vivir. Estamos llamados a pasar del desierto del maná recibido al Cenáculo, al verdadero maná bajado del cielo. Y de aquí al pan que se parte para los pobres de la tierra. Jesús no trae una salvación fácil y superficial. Va a la raíz del mal. Sólo el amor fraternal puede hacer de este mundo injusto una nueva creación en la abundancia, y para ello existe la Eucaristía, en ella el cuerpo de Cristo como alimento y su sangre como bebida son el signo supremo de la comunión con la humanidad hambrienta y sedienta.


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