Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 29 de septiembre de 2014
Al Encuentro de la Palabra…
“La arrendó a unos labradores…” (Mt 21,33-43 – XXVII Domingo del Tiempo Ordinario)

            Queridos lectores, seguimos hoy las hermosas parábolas sobre la “viña”, tema que parece gustó mucho al Señor Jesús, para dar un mensaje de pleno cumplimiento de su misión entre nosotros. Como lo señalamos en artículos anteriores, la viña era símbolo del pueblo de Dios, antes Israel, ahora lo es del nuevo pueblo de Dios, la humanidad entera. Jesús hoy reclama la atención al decir “escuchen”. La imagen de la viña está tomada de Is 5,1s., que hoy nos es la primera lectura. “La torre del guarda”, literalmente “una torre”, se refiere a una torre pequeña o atalaya para vigilar la viña, sobre todo en la época de la cosecha. Con la especificación “del guarda” se indica la finalidad para la que se construye. Creo que sirve para todos, desgranar el significado completo de todos los elementos. ¡Veámos! El propietario de la viña representa a Dios; la viña, como se ha dicho, a Israel; la plantación y trabajos del dueño a favor de ella muestran la solicitud y el amor de Dios por el pueblo elegido; los labradores encargados de que la viña produzca, son figura de los dirigentes; el fruto, como lo indica el paralelo de Is 5,7, es el amor al prójimo, es decir, el derecho y la justicia; los criados enviados por Dios representan a los profetas; su repetido envío señala la constante llamada de Dios a la conversión; el Hijo y heredero es Jesús el Mesías.
            La enseñanza de esta parábola refleja las cuentas que Dios pide a los dirigentes del pueblo; envía dos grupos de criados, que pueden corresponder a los profetas de antes y después de la deportación a Babilonia. Los malos tratamientos que sufren por parte de los labradores marcan una progresión ascendente: apalear, matar, apedrear, mostrando el empeoramiento progresivo de las relaciones del pueblo con Dios. El segundo grupo de criados, más numeroso que el primero, sufre los mismos malos tratos. Los dirigentes tampoco responden a su mensaje. La historia de Israel está dominada por la infidelidad a Dios. Pasado un período de tiempo el dueño está seguro de que a su hijo lo respetarán; Dios espera siempre una respuesta del hombre. La expectación del dueño se ve defraudada. Los labradores reconocen inmediatamente al hijo; no hay vacilación, pero deciden matarlo. Su crimen no es consecuencia de un error trágico; tienen plena conciencia de la gravedad de su acción. Quieren ser los únicos dueños y señores de la viña, del pueblo de Dios.
            Pero sobre todo la narración se extiende una atmósfera sombría. Jesús ve venir sobre sí la muerte, las vislumbra en las maniobras y en las confabulaciones que sus adversarios le están tramando a su alrededor. Hay en la historia un misterio de pecado, de oscuridad, de obstinación en la que todos participan. Sin embargo, de los escombros que el mal deja a sus espaldas, de la sangre que la violencia derrama por los caminos del mundo, de las contradicciones escandalosas de la historia, Dios logra hacer brotar otra flor de vida.

            Por eso también nosotros debemos estar atentos para no preparar la muerte de nuestras Iglesias con nuestra indiferencia, con nuestro egoísmo, con las injusticias y las continuas desilusiones infligidas a las esperanzas de Dios. Todos somos responsables de manera ordenada de la vida y el crecimiento de la viña del Señor que es su Iglesia.

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