Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 16 de mayo de 2012



            El tiempo de Pascua, se ve engalanado con textos tan bellos y profundos, como lo son los de este domingo IV de Pascua. Y es que siguiendo el Evangelio de Juan, aparecen las más bellas formas y maneras, de decir: ¿Quién es Jesús Resucitado? Todo este evangelio es una solemne presentación que Jesús mismo hace de Él: “Yo soy…” Jesús lo es todo: el templo, el pan, el agua, la luz, el pastor, el camino, la puerta, la verdad, la vida. El “Yo” de Jesús llena el evangelio de Juan de tal forma que el lector se siente inevitablemente encarado con él. Así pues, todos hoy estamos llamados a ver en él al “Buen Pastor”. En griego literalmente no dice “bueno” sino “bello”, término que quiere expresar la plenitud del bien, de lo bello, de lo justo de lo verdadero, el amor perfecto, y es que él está dispuesto hasta morir por salvar a su rebaño.
            Con un Pastor así, la oveja no desea nunca separarse del redil, porque ha llegado a entablar una comunión con él, que le permite llegar a un lazo íntimo de “conocimiento”, tal como lo desarrollan los vv. 14-16. El verbo “conocer”, que aquí aparece cuatro veces, en el lenguaje bíblico abraza un vasto arco de experiencias que van del intelecto al corazón, de la comprensión del amor, del afecto a la acción. No por nada, como se sabe, es el verbo para indicar la relación profunda de amor de una pareja.
            Juan hace que Jesús sea el centro para la vida de los creyentes. En el relato de hoy nos hace experimentar lo que él es para la comunidad de fieles después de la Pascua. Él en este evangelio se predica a sí mismo. De manera sorprendente el predicador pasa a ser predicado, pero ¡por sí mismo! ¿Quién es Jesús, entonces, para ti, para mí, para la comunidad creyente? La respuesta es muy sencilla: ¡Lo es todo! Estando él contigo, “nada te puede faltar” (Sal 23). Y es que, él asume los símbolos o imágenes del Antiguo Testamento que apuntaban a la época mesiánica como época de la mayor y definitiva plenitud. Por lo que es: maná, luz, vida, puerta, camino, etc. ¡Y hoy pastor! Mio, tuyo y nuestro, el de todos los que le quieran aceptar.
            Su victoria sobre la muerte lo ha constituido en Jefe y Señor, el que va a la cabeza del grupo, guiándolo, cuidándolo y protegiéndolo de todo mal. En este maravilloso domingo de Pascua, aparece ante nosotros un Pastor enamorado de su rebaño que siente en carne propia las garras de las fieras, que sale a inspeccionar precipicios y derrumbes y la espesura del bosque porque Él ama a cada una de sus ovejas. Todas le son importantes. Por todas dio su vida en pago por el rescate.
            La Palabra de Dios nos invita pues, a retomar el contenido más profundo del significado de un “Buen Pastor”, el que todos andamos buscando, el que todos deseamos tener. Porque en oposición a él se encuentra la figura del mercenario a la que se asocia la imagen del lobo, que sólo se preocupa de sí mismo; para él, el rebaño no es sino una posesión para disfrutar, es un bien que hay que sacrificar  en ventaja propia. El rebaño está en las manos de pastores falsos, calculadores, egoístas que lo llevarán a la ruina y a la muerte. Cristo es el verdadero Pastor, “bueno” y “bello”, que se distingue del mercenario precisamente porque ha enfrentado al lobo, para salvar y dar la vida a su rebaño. Este es el misterio pascual que estamos celebrando, y del cual hoy de nuevo nos nutrimos, para dejarnos reposar en las manos seguras de nuestro único Pastor:¡Jesucristo Resucitado! Aleluya! Aleluya! Aleluya!
           
           

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