Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 16 de mayo de 2012


           
            ¡Felices y Santas Pascuas de Resurrección! Ha llegado este día glorioso, término de esta Semana Santa, que fue preparada con los muchos actos y signos del camino cuaresmal. Llegar hasta aquí, es poder constatar que es un día que abre la perspectiva de una vida nueva que florece de una tumba que se encuentra vacía, que quién la había ocupado ha vuelto “verdaderamente” a la vida. ¡Cristo ha resucitado!
            El más antiguo relato de la resurrección lo tenemos hoy aquí en el banquete eucarístico de Pascua, me refiero a Mc 16,1-8. El vértice de la narración está en el encuentro sorprendente que aquellas tres mujeres tienen en ese amanecer extraordinario: un sepulcro vacío y un joven misterioso que anuncia la resurrección de Cristo. Entran en aquel jardín-cementerio de Jerusalén para honrar con los aromas que llevan, a un muerto, y se encuentran con el anuncio de una vida, que como lo dice en términos propios Marcos, fueron cuando ya “el sol se había levantado”.
            La resurrección del Señor no está descrita, tal como lo hacen los evangelios apócrifos, solamente señala que la gran piedra sepulcral había sido removida, signo del poder de la muerte aniquilada y la de un enviado del mismo cielo, evidenciado en el joven, de color blanco su vestido, sentado en actitud de prepararse para dar un mensaje, en lado derecho sentido de su autoridad, que afirma que Él está vivo. Dios mismo da la buena noticia. Sus palabras por tanto, son decisivas, son las mismas de Dios, pero son también las del Credo cristiano repetido en el Nuevo Testamento y en la fe del cristianismo de los siglos sucesivos: “¡Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado! No está aquí!”. Ante el desconcierto y la duda del hombre, he aquí la certeza de la fe.
            La Pascua entra, pues, en el cristianismo despertándolo cuando está dormido, penetra invadiendo y transformando la existencia cansada y tal vez desanimada. Ciertamente la Pascua de Cristo y su eficacia que nosotros experimentamos en el bautismo nos ha colocado en un “presente de salvación”. Pero requiere además que nosotros nos pongamos en la fila de los que quieren vivir los frutos que da una vida auténticamente resucitada, comprometida y confiada en que en Cristo todo y todos volvemos en verdad a la vida, que Él nos ha conquistado con su sacrificio santo y único de la cruz.
            En la celebración gozosa de este día de victoria y de triunfo, creo que vale la pena escuchar una predicación pascual de Martín Lutero, cuando decía: “No basta que sepamos que Cristo ha resucitado, que el sepulcro no ha quedado intacto y cerrado. Tú debes ir más adelante y aprender a captar en ti el provecho y el fruto de la resurrección y pensar que es tuyo incluso cuando nosotros, distraídos y pecadores, no sufrimos, morimos y resucitamos con Él; pero lo es sobre todo cuando sufrimos y resucitamos con Él”.
            Hoy pues, se cumplen todas las promesas hechas a Israel, hoy llega para todos la salud y la paz de nuestro Dios, que en su Hijo ha cancelado la antigua condena del pecado y nos llevado a la vida verdadera. La resurrección es la victoria del amor, de aquí que incluso su anuncio se quede en lo discreto, como todo auténtico amor. Su gloria, la verán los que han sabido ser como Él, mansos y humildes de corazón. Por eso, todos los cristianos debemos entonar himnos de alabanza, como reza, nuestra liturgia de estos días, en honor de la “víctima de la Pascua, Cordero inmaculado y santo”. Felicidades de nuevo a todos ustedes hermanos y hermanas, y que la fuerza de su resurrección nos permita cada día, poder salir como las mujeres del sepulcro: Al encuentro con la Palabra resucitada.

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