Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Al Encuentro de la Palabra…

“Pedro contestó…” ( Mc 8,27-35 - XXIV Domingo del Tiempo Ordinario)

            Llegamos en este domingo al capítulo VIII del evangelio de Marcos, por lo que desde ya comprendemos que estamos en la mitad de la obras. Un centro literario pero también teológico. Como han señalado algunos especialistas nos encontramos en el centro no sólo espacial, sino también espiritual del Evangelio de Marcos. Es como un itinerario que iniciado de noche poco a poco se va acercando a la claridad del día, teniendo su mediodía, en la confesión fulgurante del Calvario, cuando el hombre Jesús de Nazaret, sea reconocido como el “Hijo de Dios”, que revelará su grandeza en la mañana gloriosa de la resurrección.
            La narración se desarrolla en el diálogo que Jesús ha comenzado por el camino con sus discípulos: “¿Quién decís que soy yo?”, y se dan una serie de respuestas sustancialmente fuera de tema. Sobre el telón de fondo de Cesarea de Filipo, una ciudad construida por el hijo de Herodes el Grande. Pedro es en esta escena el que hace una confesión del todo iluminada por el Espíritu: “Tú eres el Mesías”. Una definición exacta pero todavía incompleta. En efecto, Pedro lo reconoce como el Mesías (en hebreo), el Cristo (en griego), es decir “el ungido”, “el consagrado”. Para este mundo hebreo este Mesías era una persona humana revestido de los poderes divinos para la restauración definitiva de Israel, por eso digo que la confesión de Pedro es incompleta. Jesús no es sólo el Mesías, sino que es también el “Hijo de Dios”, confesión que solo aparece en Mc 15,39 y el evangelista Mateo lo señala en su narración de la escena en 16,16. El Cristo del evangelio no aparece con los tintes nacionalistas de la tradición bíblica judía, sino que aparecerá bajo el perfil de un Mesías sufriente y pobre, cantado por los célebres cánticos del Siervo de Yahvé en el libro del profeta Isaías.
            En Pedro (figura de todo creyente) se percibe su deseo de no querer morir a su manera humana y triunfalista de ver el destino de Jesús, por lo que no puede asociar el camino de la liberación y salvación al dolor y a la entrega. En el fondo teme por su propia vida y las garantías de ser uno de los cercanos de tan excepcional Maestro, y trata por lo tanto de disuadirlo (como lo ha hecho el diablo en Mt 4) de seguir un camino que conlleve la donación de la vida con dolor. De este modo, en la escena se mezclan la grandeza de la fe, que por un momento se llena de luz y se hace luz para los otros, y a la vez la miseria, la pobreza que siempre se descubre en el cristiano, tan lleno de la tentación de acomodar su fe a la conveniencia… Por ello, Pedro es el modelo ahora de la confesión como lo será luego de la negación. Es el modelo constante de una fe que no es suficientemente generosa y que corre por ello el riesgo de morir sin no se decide a crecer.
            Hoy de modo particular fijemos nuestros ojos en los de Pedro, tan semejante a nosotros en el impulso de la fe, pero también tan dispuesto a caer en el abismo de la duda, del buen sentido, de la excitación. Hijo de contradicción y de temor, él hasta el final será capaz de grandeza y de vileza. Un poco como todos nosotros. Es un domingo pues, para vernos en la persona del primero de los apóstoles, fuertes y débiles, pero confiados en que somos lo que somos por la gracias de Dios, como nos lo recuerda el propio San Pablo.
            De camino al Año de la Fe, busquemos en el Señor, el don de perseverar en la confesión de la fe, de la cual permanezcamos hasta el final.

P. Tony Salinas Avery

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