Mensaje P. Tony Salinas

martes, 16 de octubre de 2012

“Los fariseos preguntaron a Jesús…” (Mc 10,2-16 – XXVII Domingo del Tiempo Ordinario)

            Al ir cada domingo o cada día escuchando y meditando la Palabra de Dios, vemos cómo en los diferentes aspectos y momentos de la vida humana, la fe en Cristo y su Palabra, opera cambios radicales, en cuanto renueva el modo como las personas se relacionan entre sí mismas y con Dios. Es el caso de este domingo, donde rompiendo el hilo temático de los domingos anteriores, nos sitúa ante la vida matrimonial de su época y la nuestra. Veámoslo con calma. Es Jesús mismo quien hoy nos dirige a la primera lectura: en la discusión con los fariseos sobre el divorcio, abandonando el terreno negativo de la crisis, él conduce a los interlocutores hacia el horizonte positivo del amor matrimonial perfecto.
            En escena de la primera lectura de Gn 2,18-24, está un personaje que en hebreo se llama ha’dan, literalmente “hombre”. Protagonista, por tanto, no es tanto un cierto Adán ni sólo el primer hombre, sino el hombre, de todos los tiempos  y de todos los lugares, la humanidad. Él se siente solo, desorientado, sin una “ayuda semejante” o, como dice el original hebreo, una ayuda “que le esté de frente”, por tanto, una persona en la cual poder fijar la mirada en un intenso diálogo del espíritu. La página sagrada es sumamente rica, capaz de mostrar a un Dios que tiene “actitudes como las humanas”, pero que es siempre “Uno más allá”, al que el hombre debe aspirar y en quien debe inspirarse en sus relaciones. Se trata de la versión de un autor creyente, sobre el origen de la mujer y la institución del matrimonio por Dios mismo.
            El relato es maravilloso, presenta a un Dios que “delibera”, piensa y proyecta, podemos decir, antes de darle una compañera a Adán. Él ha juzgado que “no está bien que el hombre esté solo”. Por ello, es el problema de la soledad del hombre lo que interesa resolver: Dios crea toda clase de seres que acompañen al hombre (v.19), pero le son insuficientes como compañeros. Por eso crea a la mujer, compañera ideal para él. La mujer es así “el otro” el complemento por excelencia del hombre, sobre todo en su dimensión afectiva, de comunicación y entrega.
            Y ante este espléndido proyecto del cual Dios mismo es su único ejecutor, aparecen  ante Jesús los fariseos, ante la gran interrogante de la posibilidad de divorciarse según lo manda la ley bíblica. Jesús no niega esto pero identifica su causa de excusa, la sklerokardía, la “dureza de corazón”, una terminología del Antiguo Testamento clásica para indicar insensibilidad de la conciencia, la fragilidad pecadora, obstinada desobediencia a Dios. Es por esto que Jesús mismo, pasa la página y vuelve al “al comienzo de la creación”, es decir al proyecto fundamental que Dios había tenido en mente cuando creó al hombre y a la mujer. Dios había soñado para la pareja humana una unidad absoluta, condición plena que caracteriza el amor, por el cual el hombre abandona a su padre y a su madre para unirse a su mujer.
            Entre el hombre y la mujer que se aman y se unen en el matrimonio, según el designio divino que Jesús vuelve a proponer, se establece una comunión tan profunda que los hace una única existencia, “una sola carne”, una unidad que no termina ni siquiera con la muerte porque “fuerte como la muerte es el amor” (Ct 8,6).

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