Mensaje P. Tony Salinas

martes, 6 de noviembre de 2012

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe.
“Ha echado más que todos…” (Mc 12,38-44 – Domingo XXXII del Tiempo Ordinario)

            Nos acercamos poco a poco al final del año litúrgico, y a mi criterio la Palabra de Dios de estos domingos, son como puntos de reflexión para examinar como lo estamos terminando. Hoy dos mujeres viudas son las protagonistas en las lecturas que corresponden a este trigésimo segundo domingo. La situación de las viudas en la sociedad de entonces, en el Medio Oriente, era de lamentar: con la pérdida del marido ya no tenían quién les garantizaran personalidad jurídica y tutela y a menudo se reducían a la mendicidad, a merced de la prepotencia de los demás. Ambas en nuestro relato, a pesar de tal situación de evidente precariedad han hecho una acción meritoria, digna de ser alabada. La viuda de 1Re 17,10-16, no tenía sino un puñado de harina y un poquito de aceite y la del Evangelio entregó todo lo que tenía para vivir. Terminando el año litúrgico, podemos preguntarnos: ¿qué hemos aprendido en materia de generosidad? ¿qué es lo que realmente estamos ofreciendo a Dios? En este domingo, el Señor, nos quiere enseñar a través de la “confrontación”, entre el juicio tan humano o mundano con que se establecen las valoraciones dentro de la comunidad eclesial y fuera de ella, en el tejido social en que se mueven los cristianos en el mundo, el valor de la auténtica ofrenda. Y al mismo tiempo con tal enseñanza, aparece con igual importancia, el tema de la providencia de Dios que cuida siempre de los pobres y débiles. Los Salmos lo harán  resaltar de manera apropiada: “Tú das el alimento en tiempo oportuno a quien tiene los ojos dirigidos en espera. Abres tu mano y sacias el hambre de todo viviente… El Señor sostiene al huérfano y a la viuda” (Sal 145,15-16; 146,9). El abandono en las manos de Dios es propio de los pobres, dispuestos a quitarse de la boca hasta el último bocado para darlo a quien tiene más hambre que ellos. En cambio, el egoísta, que tiene mucho alimento, nunca sede a la compasión. Solo la persona que tiene puesta su confianza en el Señor sabe vivir con serenidad y no con la pesadilla del mañana.
            La escena de hoy, se sitúa en el templo de Jerusalén, en él estaba el llamado “patio de la mujeres”, y allí habían trece cajas para depositar las ofrendas voluntarias y las impuestas por la administración del templo. Fue allí que Jesús se fijó en aquella pobre viuda, que muy disimuladamente había echado solamente dos leptá, la moneda más pequeña de cobre en circulación. Hubiera podido ofrecer incluso una sola, pero, en cambio, renunció a todo. Aquél poquito, en comparación con lo que echaban otros tantos, para ser vistos y reconocidos por los demás, fue lo que agradó en verdad a Dios.
            Así pues, las dos viudas de hoy son emblemáticas, ellas son el signo del verdadero creyente que confía totalmente en Dios. Y, ahora pongamos atención a las palabras del Señor: “Ha dado lo que tenía para vivir”, que equivalen a decir literalmente que han compartido su misma existencia. Así debe ser, en cuanto la entrega de sí mismo, el discípulo de Cristo es capaz de poner su fe y las consecuencias de su fe en lo más alto, aún en medio de un mundo que eduque al materialismo y a la acumulación de la riqueza. Y muchos que esto practican, dicen tener fe. Pero vale de nuevo recordarnos las palabras del Apóstol Santiago, que nos recuerda que la fe sin obras de caridad está muerta. Hay que poner en Dios nuestra confianza y no en el dinero ni en lo material, porque donde está tu tesoro allí estará también tu corazón (Mt 6,19-21).



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