Mensaje P. Tony Salinas
lunes, 18 de febrero de 2013
“¡Qué hermoso…Vieron su gloria!” (Lc 9,28b-36 – 2º Domingo de Cuaresma)
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Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“¡Qué hermoso…Vieron su gloria!” (Lc
9,28b-36 – 2º Domingo de Cuaresma)
En el Evangelio según
Lucas, el episodio de la transfiguración de Jesús, viene igual que en Mc 9,2-8,
inmediatamente después de las cinco máximas sobre el seguimiento, en las que se
describe las actitudes del discípulo (cf. Mc 8,34-9,1; Lc 9,23-27). El núcleo
del acontecimiento que hoy lo conocemos, como la Transfiguración, es una
presentación de la personalidad de Jesús, materializada en una voz que viene
del cielo y que contrasta con la presencia de las otras dos figuras del Antiguo
Testamento (Moisés y Elías); la presentación se completa con un mandato de
escuchar a Jesús, y sólo a Él, en su condición de Hijo y Elegido de Dios. En Lc
9,27 se dice: “Ver el Reino de Dios”,
aquí se dice expresamente “vieron su
gloria”, gloria que viene reflejada en la voz que sale de la nube: “Éste es mi Hijo, mi Elegido” y por lo
tanto en Jesús transfigurado, que ha quedado “solo” cuando se escucha la voz: “Escuchadle”. Ya no hay que escuchar a Moisés ni a Elías; el
auténtico portavoz de Dios, el único al que el hombre tiene que escuchar, es
sólo Jesús.
La Transfiguración de
Jesús, en este momento concreto de la tradición sinóptica, es decir, después
del primer anuncio de la pasión e inmediatamente después del conjunto de
máximas sobre las actitudes del discípulo, corrige la interpretación unilateral
implicada en la declaración de Pedro. Hasta aquí se le ha presentado como
personificación del poder de Dios, como “Mesías”, como “Hijo del hombre”, que
tiene que pasar por el sufrimiento, la reprobación e incluso la muerte; como
“Maestro” al que hay que seguir en su destino, y sin embargo, es el “Hijo de
Dios”, su “Elegido”, el portavoz del Padre, al que hay que escuchar, si se
quiere acceder al Reino. El primer anuncio de la pasión no terminaba en una
perspectiva de muerte, sino que incluía esencialmente la resurrección de Jesús
“al tercer día”. Ahora bien: el relato lucano de la transfiguración dice
expresamente que los discípulos “vieron su gloria” (Lv 9,32), mientras que en
los otros sinópticos pasan por alto ese detalle. Lucas nos remite de inmediato
al Jesús glorioso después de su resurrección. Otro aspecto interesante de este
pasaje es la presencia de Moisés y Elías, en Mc 9,4 aparecen sencillamente
“conversando con Jesús”, pero sin especificar el tema de la conversación. En
cambio, en Lucas hablan concretamente “de su partida”, de su exodos, y se dice que “aparecieron ellos
de gloria”. Pero la palabra, en sí misma, suena al “éxodo” de Israel, a su
salida de la cautividad de Egipto, para entrar en la tierra de la promesa y, al
mismo tiempo, de su destino como pueblo. Esta experiencia de Israel está
íntimamente relacionada con la manifestación de la “gloria del Señor”.
Con la transfiguración se
nos quiere desvelar una de las constantes de la vida humana. No hay vida sin
muerte, ni gozo sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Todo ocurre a la
vez. Conforme nos vamos iluminando, desaparece la tiniebla; a medida que vivimos,
vamos ganando terreno a la muerte. A veces, la niebla de la vida nos hace
perder de vista todo el panorama. La transfiguración de Cristo nos llama a la
esperanza: nos dice que en el camino hacia la transformación definitiva nos
acompaña una voz, una presencia, Dios mismo.
Pues bien, para entender
mejor este episodio para la vida del Señor y de sus discípulos, escuchemos lo
que nos dice San León Magno: “En la transfiguración se trataba sobre todo de
alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y de evitar
que, una vez revelada la excelencia de su dignidad escondida, la humillación de
la pasión voluntaria conturbara la fe de los discípulos”.
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