Mensaje P. Tony Salinas

miércoles, 3 de abril de 2013

Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“El día primero de la semana…” (Jn 20,19-31 – 2º domingo de Pascua)

            Cristo Jesús, el Señor resucitado, está entre nosotros. Su nueva vida, al pasar por su muerte en la cruz, nos lo sitúa fuera y dentro del tiempo y el espacio. En esta nueva condición nos acompaña, con su poder, en la marcha indetenible de la historia. El Señor está presente en la Palabra de Dios, en la comunidad de los creyentes, en el servicio fraterno, en el ministerio y en la Eucaristía. Así, lo vamos descubriendo en todos estos días de fiesta pascual, en las lecturas de la Palabra de Dios. Así, El evangelio de este domingo, nos enseña que nuestra fe es de un orden distintito al del conocimiento sensible. No se apoya en evidencias ni demostraciones (“Dichosos los que crean sin haber visto”). El Resucitado, ya no pertenece cien por ciento, a nuestra experiencia espacio-temporal, encontrarlo es un acto de fe, que no está pues, sujeto a este tipo de comprobación, aunque Él, para revelarse a nosotros deberá utilizar los canales de nuestra todavía realidad terrenal, sujeta al tiempo y al espacio. Juan, en este evangelio de hoy, nos sitúa ante este propósito, haciendo énfasis sobre la temporalidad del encuentro con Tomás con el Señor, así nos lo señala al decir, que era: “Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana…” y que  “estaban en una casa con las puertas cerradas…”. Jesús resucitado, se aparece en un día y hora precisa para ellos y puede pasar las paredes de cualquier edificio donde se reúna la comunidad de los discípulos. Con todo, el evangelista nos hace referencia a cómo el mismo acto de la resurrección, acto fundante del nuevo Israel, pertenece a la historia humana de la cual no se podrá jamás separar. Y al mismo tiempo, la Resurrección prueba su verdad al transformar la vida de los que creen. Transforma en alegría el miedo de los discípulos y en confianza y valentía para los que llegan a la fe, en Él.
            “A los ocho días se les apareció Jesús…” San Agustín, comentando este texto, nos recuerda que “El Señor, al despojarse con su resurrección de la carne mortal y hacer surgir un cuerpo, no ciertamente distinto, pero sí inmortal, consagró con su resurrección el domingo, que es el tercer día después de su pasión y el octavo contando a partir del sábado y, al mismo tiempo, el primero”. Al respecto el Beato Papa Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Dies Domini nos dice: “ La resurrección de Jesús es el dato originario en el que se fundamenta la fe cristiana (cf. 1Cor 15,14): una gozosa realidad, percibida plenamente a la luz de la fe, pero históricamente atestiguada por quienes tuvieron el privilegio de ver al Señor resucitado; acontecimiento que no sólo emerge de manera absolutamente singular en la historia de los hombres, sino que está en el Centro del misterio del tiempo”. En efecto, -como recuerda, en la sugestiva liturgia de la noche de Pascua, el rito de preparación del cirio pascual- de Cristo, ‘es el tiempo y la eternidad’. Por esto, conmemorando no sólo una vez al año, sino cada domingo, el día de la resurrección de Cristo, la Iglesia indica a cada generación lo que constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y el del destino final del mundo” (DD 2).
            El énfasis de este domingo, siguiendo el relato de san Juan, nos lleva a creer sin haber visto, y al mismo tiempo, a situar al resucitado en la experiencia espacio-temporal, su presencia que acompaña y anima la vida de todos los hombres y mujeres que creen en Él. El domingo, vuelve retomar su lugar en la agenda semanal de todo cristiano, como “El día del Señor – como ha sido llamado desde los tiempos apostólicos” (DD 1). Y que con el Salmo 117, podemos afirmar que: “Este es el día en que actuó el Señor”. ¡Felices Pascuas de Resurrección!

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