Mensaje P. Tony Salinas

martes, 18 de junio de 2013
Al Encuentro de la Palabra…en el Año de la Fe
“Un día…” (Lc 9,18-24 – XII Domingo del Tiempo Ordinario)

            La hermosa recurrencia de Lucas de situar a Jesús en el tiempo y en el espacio hoy de nuevo aparece ante nuestros ojos: “Un día que Jesús estaba orando en un lugar solitario…”.  Parece que el tiempo y el espacio se acortan y avecinan con su presencia. Imaginémonos que de siglos, venían anunciando profetas como Zacarías la íntima unión de gracia y sufrimiento. El profeta vivió tal vez en el siglo IV a.C., cuya obra ha sido añadida al libro de Zacarías, profeta de los primeros años del retorno del destierro de Babilonia (520 a.C. en adelante). Su anuncio de un Mesías sufriente, se nos da en la primera lectura de este domingo (Zac 12,10-11; 13,1). Sin duda que la idea del sufrimiento contradice nuestros proyectos íntimos. Así les aparece por igual a los discípulos, un Mesías, cuya salvación pasa necesariamente por el dolor y la cruz; que seguirle es negarse a sí mismo; que sólo vale algo la vida si se entrega por los demás, no parece algo atractivo. Y pensar que ese Mesías anunciado les hablaba en la persona de Jesús de Nazaret.
            Veamos de cerca el texto. La narración del evangelio se despliega paulatinamente en el anuncio de la pasión de Cristo. El texto evangélico contiene tres momentos, todos encuadrados – según un uso que le gusta a Lucas – en una atmosfera de oración (Jesús estaba orando; los otros evangelistas hablan, en cambio, sólo del lugar, Cesarea de Filipo, en la frontera con el Líbano). La confesión de Pedro que señala en Jesús “el Cristo de Dios”, es decir, el consagrado en el Espíritu divino que ofrece a la humanidad la Palabra y la presencia perfecta y definitiva de Dios dentro de nuestra historia. Aparece luego un segundo momento, en el que Jesús impone el silencio alrededor de la profesión de fe de Pedro, porque quiere iluminarla con un extraño y desconcertante resplandor. Y finalmente, las palabras de Jesús, anunciando su pasión, el tercer momento, destinado directamente a los discípulos que deben comprender cuán empeñativa sea la profesión de fe pronunciada con los labios. Según Jesús significa recorrer con Él la “vía dolorosa” (Vía crucis), la del “sufrir mucho”. Los verbos que Jesús usa son como golpes de espada contra toda cómoda religiosidad, contra todo egoísmo espiritual, contra todo buen sentido superficial: negarse a sí mismo, tomar la cruz, perder la vida. Una entrega radical que se convierte en fuente de salvación y de gloria.
            Un hermoso particular que nos regala Lucas, es que después del “tomar la cruz”, que ya señala el evangelio de Mateo, dice: “cada día”. Más allá del Martirio hay, efectivamente, una donación tal vez vistosa, pero no por esto menos lascerante y desafiante, la cotidiana. El “tomar la cruz” es a través de las horas y de los días, de las obras sencillas, de la fidelidad continua y escondida. Pero el sufrimiento de Cristo y la fatiga diaria del cristiano no son una pesadilla sin fin; el cristiano no es una invitación masoquista a sufrir. Los verbos conclusivos son, efectivamente, luminosos: “Resucitar” y “salvarse”. El horizonte que el dolor y la fidelidad abren está destinado a la liberación y a la salvación.
            Seguramente Lucas, ha comprendido que su comunidad, tiene miedo a esa cruz del dolor, por eso les recuerda, que de allí se pasa, a la vida, auténtica y definitiva. Como lo fue para el mismo Cristo y ahora para la vida de los cristianos, hay que llegar a la meta luminosa, a ese día sin ocaso, en el cual el destino de Cristo se hace destino de sus seguidores. En verdad: hay que perder la vida para salvarla.



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