Mensaje P. Tony Salinas

lunes, 20 de enero de 2014
Hoy nos encontramos en el progreso de la Revelación de Dios a los hombres: Jesús su Hijo, hace presente el Reino: ese designio de salvar al mundo, anunciando el Evangelio a los pobres. Su irrupción explícita ya no sólo anunciada como antiguamente, va acompañada de un triple momento: Ante ustedes está el que esperaban, conviértanse, síganle. Entendamos el contexto en que se da su aparición. Para San Mateo, el gran profeta de Israel aparece en el horizonte de Galilea, la región septentrional de Palestina, desde donde surge la luz fulgurante del Rey-Mesías que rompe las tinieblas de la infelicidad y de la miseria. Pero es también la región pagana, en donde Cristo aparece irrumpiendo ante la incredulidad de su tiempo, evidenciada aparentemente por los signos contrarios del amor de Dios. ¡El Mesías, está ya presente! Él es esa Palabra que rompe el silencio, Él es Dios que se pone en el camino en donde están  las casas de los hombres. Antes de invitarnos a interesarnos por Dios, la Biblia repite muchas veces, que es Dios quien primero se interesa por nosotros.
            Y, es juntamente en el norte del lago de Galilea, hacia las alturas del Golán, que desciende hasta el lago, que se encuentra Cafarnaún, allí donde Jesús había hecho varias paradas y curó a la suegra de Pedro, pequeña ciudad sacada a la luz por la excavaciones de los franciscanos arqueólogos, es el lugar desde donde Jesús inicia su misión evangelizadora, según el texto evangélico que hoy hemos escuchado. El nombre hebreo en cambio, era Betsaida, un nombre sugestivo en aquella lengua, porque bet significaba “casa” y sajid, “pesca”, “la casa de la pesca”. Así pues, en esta antigua población de pescadores, pasó un día un predicador ambulante palestino, que se detuvo a ver el trabajo de dos hermanos, Simón y Andrés, y el de otra pareja de pescadores, Santiago y Juan. Ese predicador se llamó Jesús de Nazaret. Él pasa y hace un llamado que es casi una orden.
            Pero los que en ese momento escuchan su llamada, deciden seguirle, sólo después comprenderán que tal seguimiento requiere la conversión, el cambio radical del corazón del hombre, para llegar a ser una nueva creatura, en el marco de la nueva creación que Jesús viene a inaugurar. En el relato ya se va insinuando con los detalles tal radicalidad en el cambio de vida y las renuncias. Uno de estos pescadores había tenido que perder  incluso su nombre, Simón, transformado en Pedro; más aún, después de haber perdido no sólo el padre y a la madre y las redes de pesca y la barca, sino también perderá su misma vida en la gran capital del imperio, Roma.
            Las elecciones de Dios son “caprichosas”; Él no apunta sobre hombres de éxito, elige los menores como Isaac, Jacob, David, los tartamudos como Moisés y Jeremías, los campesinos como Amós, los pescadores como los Apóstoles.
            Y ante la elección aparece la respuesta. Efectivamente en Israel los discípulos escogían a su rabí-maestro, después de haberlo escuchado cuando hablaba en la plaza de su ciudad, por los caminos o en una sinagoga. Pero aquí Jesús, inaugura un método antitético: pasa por la orilla del lago de Tiberíades (Mar de Galilea) y les da la orden a los dos hermanos: “¡Síganme!”. El relato revela, que ante la irrupción de la vida de Dios en ellos, sólo queda dejar caer las redes y la barca, para abrazar otro camino, el camino que Jesús les va a mostrar. ¡Nadie puede escapar de la llamada del Señor!





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