Mensaje P. Tony Salinas

martes, 11 de febrero de 2014
Al Encuentro de la Palabra… según san Mateo – Para la Lectio Divina
“Abolir la ley…” (Mt 5,17-37 – VI Domingo del Tiempo Ordinario)

            El Jesús de Mateo, subiendo al monte se asemeja a Moisés que subiendo al Sinaí, bajó trayendo para el pueblo la Ley del Señor.  En estos domingos hemos venido viendo el desarrollo de la nueva ley, presentada por Él. La ley de Cristo no acaba la de Moisés. Le confiere plenitud. Llena de espíritu su letra. La interioriza, aumentando así una exigencia que radica en lo profundo de la libertad. Sustituye los preceptos, medibles, por principios ideales, casi utópicos. No bastará la vida entera para conseguir su cumplimiento perfecto, y requerirán un nuevo planteamiento en cada caso. Por otra parte, lo paradójico y luminoso de los casos límite (como “arrancarse la mano”, etc.), hace destacar la nueva sabiduría, en todo opuesta a una visión humanizante. Sin olvidar, claro está que para Jesús el Antiguo Testamento sigue siendo la Palabra de Dios, ve su valor intacto inquebrantable. Él se propone superar la interpretación reduccionista ofrecida por los “escribas y fariseos” y darles un profundo valor espiritual a la misma Escritura.
            Hoy nos encontramos con la perícopa de “las seis antítesis” (Aunque este domingo solo leemos 4, el texto completo es Mt 5,17-37). En efecto, Jesús a través de un esquema de contraposición define la relación entre el Evangelio y el modo como se interpretaba y vivía la ley del Antiguo Testamento: “Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero yo os digo”. Él propone seis temas de capital comprensión para todos sus oyentes: el homicidio, el adulterio, el divorcio, los juramentos, la ley del talión, el amor al prójimo. Como vemos, se trata de los últimos cinco mandamientos de la ley de Dios.
            Jesús en la línea del auténtico profetismo bíblico, rompe con un esquema puramente rigorista, del cual también hoy en día somos presa muchos de nosotros, cuando decimos: “No he matado, no he robado, no he cometido adulterio, no he engañado a nadie”, como diciendo, ya tengo ganado el reino de los cielos. Jesús presenta el Decálogo, centro de su enseñanza, como signos esenciales de una actitud interior total que debe implicar todas las elecciones cotidianas. En otras palabras, no somos santos por cumplir actos externos puramente rigoristas, se trata de una manera de vivir continua de obras que respetan y afirman el amor por el prójimo. No hacerle daño a nadie, no indica que hemos cumplido los mandamientos, porque a la larga tampoco le hemos hecho algún bien. Con esta revelación de Jesús, la religión no se convierte en un cumplimiento de preceptos permanentes, como lo pretendía el judaísmo de su tiempo con los 613 preceptos de la Ley enumerados por los rabinos (248 cuantos son los huesos del cuerpo y 365 cuantos son los días del año).
            Cada una de las antítesis deberían de ser meditadas para sacar el nivel de su novedad y riqueza espiritual. Pensemos en lo que dice Jesús sobre el homicidio: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo les digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado”. Ya podemos comprobar lo dicho anteriormente. El matar siempre será el gran delito, pero se mata también con las actitudes que primero se anidan en el corazón humano. El gran delito comienza en las pequeñas maneras de ver y sentir contra el prójimo. Históricamente los mandamientos nacieron a propósito de evitar la eliminación del grupo o clan por el enquistamiento de las rencillas entre sus miembros. Jesús en su sabiduría supera su origen y lo eleva a una visión profundamente humana y espiritual.


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