Mensaje P. Tony Salinas
jueves, 21 de mayo de 2015
“El mandamiento…” (Jn 15,9-17 – VI Domingo de Pascua)
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En este domingo se sigue
gustando de los así conocidos “discursos de despedida” del Señor Jesús, que
comprenden de los capítulos 13 hasta el 17 del evangelio de Juan. Hoy no queda
duda, que los textos tienen como eje el tema del ágape (amor) verdadero, querido y deseado por el Resucitado para la
vida de sus discípulos, sus primeros testigos.
Este el núcleo
cristológico de toda la enseñanza dejada por Jesús a la comunidad creyente. El
amor es el fundamento de todo el edificio, al punto que es objeto de un
precepto, de un mandamiento (entolé):
“Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo les he
amado”.
Este precepto además, es catalogado como nuevo, en el sentido de algo original, no gastado. Nuevo porque lo más profundo que se pueda conocer del amor, precisamente ese amor como el de Jesús, que entregó su vida por nosotros. Para quien no haya leído con detención el evangelio de Juan, tal vez resulte una sorpresa saber que Jesús ha recibido un precepto del Padre: “éste es el precepto que he recibido del Padre” (Jn 10,18), y éste precepto se extiende tanto a lo que Jesús hace, como a lo que Él dice, pero sobre todo al tema de entregar su vida. En una palabra el tema de mandamiento cubre toda la actividad de Jesús. Ahora bien, esta voluntad de Dios sobre la vida de Jesús, el precepto, tiene mucho que ver con el tema del amor. En efecto, dice Jesús: “si guardáis mis preceptos, perseveraréis en mi amor, tal como yo he guardado los preceptos del Padre y persevero en su amor” (15,10).
Este precepto además, es catalogado como nuevo, en el sentido de algo original, no gastado. Nuevo porque lo más profundo que se pueda conocer del amor, precisamente ese amor como el de Jesús, que entregó su vida por nosotros. Para quien no haya leído con detención el evangelio de Juan, tal vez resulte una sorpresa saber que Jesús ha recibido un precepto del Padre: “éste es el precepto que he recibido del Padre” (Jn 10,18), y éste precepto se extiende tanto a lo que Jesús hace, como a lo que Él dice, pero sobre todo al tema de entregar su vida. En una palabra el tema de mandamiento cubre toda la actividad de Jesús. Ahora bien, esta voluntad de Dios sobre la vida de Jesús, el precepto, tiene mucho que ver con el tema del amor. En efecto, dice Jesús: “si guardáis mis preceptos, perseveraréis en mi amor, tal como yo he guardado los preceptos del Padre y persevero en su amor” (15,10).
Hermosa oportunidad
entonces la de este domingo, para aprender a través de estos textos que el amor
de Jesús no es original: “tal como el Padre me ha amado, yo os he amado,
permaneced en mi amor” (15,9). El origen del amor de Jesús a los suyos es el
amor del Padre. Y aquí amor del Padre quiere decir entrega incondicional del
Padre: “el Padre ama al Hijo y se lo entrega todo” (3,35). La relación entre
Jesús y el Padre es una relación amorosa fundamentalmente porque el Padre se lo
da todo al Hijo: la vida, el poder de juzgar, el poder de dar vida, el poder de
resucitar. Así pues, el amor de Jesús hasta dar la vida es posible, porque a su
vez Jesús ha recibido la vida del Padre. Jesús recibe y, después, pueda dar;
puede entregar la vida. En este sentido el amor de Jesús a los suyos hasta la
muerte, hasta entregar la vida, coincide plenamente con el precepto que Jesús
ha recibido del Padre.
Así pues, con el nuevo
mandamiento, comprendemos además, que el amor del creyente tampoco es original:
viene de Jesús. Pero, a fin de que el amor alcance su objetivo que es el de amar
a los hermanos, el creyente ha de acoger primero el amor que Jesús le ofrece.
Este primer paso es fundamental: si no se acoge el amor de Jesús no se puede
amar a los hermanos con el mismo amor con que Jesús ama.
El precepto del
mandamiento nuevo, por tanto, tiene una primera parte: el recibir. Hay que
recibir para poder dar. Aquí está la fuerza del “como” Jesús. No se trata de
una mera ejemplaridad, va más allá. El amor de Jesús ha de ser acogido y,
entonces, engendra don, engendra amor, da vida. Finalmente, debemos decir, que
la vida cristiana se concibe claramente como un vivir la vida de Jesús, es
decir, vivir dando la propia vida, que ha sido acogida como don. No se puede
creer sin amar al hermano, dando la propia vida como Jesús.
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