Mensaje P. Tony Salinas
lunes, 12 de enero de 2015
“…Puede más que yo…” (Mc 1,7-11 - Bautismo del Señor)
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“…Puede más que yo…” (Mc 1,7-11 - Bautismo del Señor)
Este hermoso tiempo de la
Navidad termina con la fiesta del Bautismo del Señor; este momento de la vida
de Cristo indica el comienzo de su llamada “vida pública” y da final a unos
treinta años de existencia sencilla y trabajadora, después de los episodios más
reveladores de la infancia que han sido celebrados en las fechas pasadas
inmediatas. El acontecimiento del bautismo de Jesús, celebrado por Juan en las
riberas del río Jordán, es fundamental para comprender la obra de Marcos. Todos
los evangelistas comienzan las narraciones de los dichos y hechos de Jesús a
partir de este acontecimiento. Ahora bien, ¿cómo interpretar tal
acontecimiento? En primer lugar, hay que verlo como la unción mesiánica del que
sería llamado por eso “El Ungido” (Cristo) por el Espíritu Santo, consagrado
para la misión predicha frecuentemente en los profetas, sobre todo en Isaías.
Es sobre todo el
Deuteroisaías quien hoy en la primera lectura (Is 42,1-4.6-7), nos lo presenta
a través del Siervo de Yahvé. Este Siervo es solemnemente presentado ante la
gloria de su Dios para realizar una misión universal de salvación; Cristo, por
su parte, es revelado al mundo como el “Hijo amado” (Mc 1,11) y es consagrado
para su misión profética. Este primer cántico del Siervo declara: “Éste es mi
siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien me complazco”; mientras que de
Cristo, la voz que venía de los cielos, proclama: “Tú eres mi Hijo amado, en ti
me complazco”. Del siervo, el Deuteroisaías dice: “He puesto mi espíritu sobre
Él”; mientras que, tras el bautismo, de Jesús se dice: “En cuanto salió del
agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma,
bajaba a Él” (Mc 1,10). El Siervo tiene una misión, cuya meta no es sólo Israel
“para que dicte el derecho a las naciones” (Is 42,1); sabemos que la misión de
Cristo está dirigida a la salvación de toda la humanidad.
Hay que señalar además
que, el bautismo de Jesús es, finalmente, una gran epifanía trinitaria: del
Padre que muestra al Hijo ante el mundo y lo consagra con el Espíritu Santo.
Hoy se nos presenta, a Jesús de Nazaret, como nuestro Mesías (Cristo), con
la gran revelación de que sólo Él como único Mesías esperado, dará sentido a la
vida, bautizará con la luz de su gracia, liberará del poder del pecado por su
Misterio Pascual y sobre todo será el único Mediador vinculado a Dios con todo
su poder y majestad y al hombre en su realidad frágil y pecadora, para elevarlo
y llevarlo al mismo cielo. Esta es la acción maravillosa y definitiva de
Mesías, que por su actitud amorosa en relación a Dios su Padre, se hace nuestro
hermano, y de manera igual, profundamente amorosa nos rescata del pecado y de
la muerte, por su entrega a la obediencia al proyecto de la salvación del
género humano.
De cara a los cristianos
esta fiesta presenta a Jesús como aquel a quien se ha de escuchar y seguir,
completando en cada tiempo su misión, porque hemos recibido también su Espíritu
en la Iniciación cristiana.
Al ver la estrella…” (Mt 2,1-12 – La Epifanía del Señor)
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Al ver la estrella…” (Mt 2,1-12 – La Epifanía del Señor)
La hermosa fiesta que hoy
nos convoca en el tiempo de la Navidad,
va referida a la manifestación del Señor a todos los pueblos de la tierra. El
término griego que lo señala es epifanía, cuyo significado refiere a la entrada
poderosa, por méritos propios, en la fama de las gentes, y se refería a la
llegada del rey a una ciudad. También servía para indicar la aparición de una
divinidad o una intervención prodigiosa de ella. Con la presencia de los Magos
venidos de Oriente, el autor sagrado, los sitúa como la primicia de los gentiles,
es decir, ellos son los primeros de la manifestación de Jesús como Señor de
todos los pueblos. Se revela así el
misterio escondido en Dios: “Que también los gentiles son coherederos, miembros
del mismo cuerpo y partícipes dela Promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef
3,5-6). Es, pues, una solemnidad que desborda el tema concreto de los Magos de
Oriente.
Con la manifestación de
Cristo, podemos decir que comienza la presentación pública de Jesús a toda la
humanidad según el Evangelio de Mateo. La epifanía, constituye, en efecto, el
primer acto de una secuencia de epifanías que sucederán a lo largo de la
peregrinación terrena de Cristo.
En esta perícopa mateana
hallamos una serie de indicaciones espaciales y dinámicas: Belén, Jerusalén,
estrella, venir desde oriente, preguntar en dónde, hemos venido, informarse,
lugar, salir, con exactitud, ponerse en camino, encontrar, saber, partir,
preceder, detenerse, ver, ofrecer, regresar, calle, casa, que sirven para dar
un escenario concreto e histórico a los acontecimientos narrados. Todo pues en
relación a la gran pregunta: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?
(Mt 2,2), pregunta que se responde en Mt 2,11: “Entraron en la casa; vieron al
niño con María, su madre, y, postrándose, lo adoraron”. Todo bajo la única
guía, que en este caso ha sido una señal cósmica, la estrella, que hace de
centinela en el camino que guía hasta el niño para los distinguidos visitantes.
El relato como la misma
fiesta de la Epifanía, nos presentan dos movimientos: por una parte, la
epifanía es el movimiento de parte de Dios que nace en la realidad temporal y
espacial de la historia humana; y, por otra, es el movimiento del ser humano
que desde su realidad, va al encuentro de su Mesías aún sin conocerlo. Aunque
en este segundo movimiento no todo es positivo, ya que se puede dar una
reacción negativa y opuesta ante el anuncio de la salvación, prevaleciendo el
imperio de la hostilidad y las tinieblas. San Mateo lo presenta con vehemencia:
junto a los magos se levanta Herodes: “Al oírlo el rey Herodes se sobresaltó y
con él toda Jerusalén” (Mt 2,3). El evangelista introduce desde las primeras
palabras de su Evangelio el misterio del rechazo, de la rebelión, del pecado,
de las tinieblas. Es más el mismo pueblo de la primera alianza aparecerá ahora
con ojos ciegos y corazón endurecido. Lo cual denota que no basta conocer al
Mesías, es necesario amarlo y aceptar su Evangelio.
“Hijo Primogénito” (Lc 2,1-14 – Solemnidad de la Natividad del Señor)
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Al Encuentro de la Palabra…
“Hijo Primogénito” (Lc 2,1-14 – Solemnidad de la Natividad del Señor)
Con la escucha o la
lectura solemne de este santo Evangelio, se honra el acontecimiento que después
de la celebración anual del misterio pascual de la muerte y resurrección de
Cristo, la Iglesia venera con mayor devoción, la Natividad del Señor y de sus
primeras manifestaciones, constituyendo así el tiempo litúrgico de la Navidad.
El “hoy” de la liturgia
que escucharemos y cantaremos repetidas veces no debe interpretarse como si
supiéramos el día del calendario en que nació Jesús, sino como una
actualización repetida del acontecimiento salvador de la Natividad.
El 25 de diciembre no es
ciertamente la fecha histórica del nacimiento de Jesús, sino que fue elegido
para suplantar en Roma la fiesta pagana del “Nacimiento del sol invicto” con
motivo del solsticio de invierno, proponiendo entonces a Cristo como luz que
ilumina a las naciones.
El relato de Lucas
pretende situarnos en el marco temporal y espacial. Todo se realiza en el
tiempo del emperador Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria y se ubica en
la pequeña comarca palestina llamada Belén, ciudad de David y de José su
descendiente al ser de la tribu de Judá. A la par de estas anotaciones, el
evangelista se detiene a la consideración de un alumbramiento plenamente
natural: “le llegó el tiempo del parto”, aludiendo cómo ese niño concebido ha
permanecido los nueve meses de gestación en el vientre de su madre. Y, una vez
que “dio a luz a su primogénito” con la alegría natural de una madre que recibe
a su criatura, busca los pañales y le busca su cuna, que en este caso por las
circunstancias, fue el “pesebre” de aquel improvisado lugar, porque ellos no
“tenían sitio en la posada”. Y del escenario humano, se pasa a la dimensión
celeste-divina, “un ángel del Señor” aparece trayendo la gloria de Dios y
comunicando la buena noticia: “Os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”.
Este cielo que se ha acercado como nunca a la tierra, inspira la presencia de
una “legión del ejército celestial que se ha hecho presente para entonar el
himno que hace la entrada triunfal de un Dios que irrumpe en la historia
humana, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres
que Dios ama”.
Con el canto de los ángeles,
cielo y tierra son desde ahora la morada de Dios mismo y el hombre el objeto de
su más profundo amor y consideración. Hoy es la misma humanidad que ante el
maravilloso encuentro que le acontece en su historia, parafrasiando las
palabras de santa Isabel, puede exclamar: “¿Quiénes somos nosotros para que nos
visite Dios? Todo es futuro y todo es presente a la vez, celebramos su
natalicio pero desde la posesión de los
frutos que nos mereció tan extraordinario y celestial Salvador, como bien lo
decía san León Magno en esta fiesta: “Mientras Dios está en la tierra, nosotros
podemos subir al cielo”. Ahora entonces podemos comprender el por qué de
nuestros saludos de felicitación en este santísimo día: con su presencia, Dios,
nos ha dado las mayores y más perfectas razones para experimentar la paz y la
felicidad que sólo como un don bajan del cielo. Hoy es pues, un maravilloso día
para saludar a los de casa y a los de lejos y, ser para todos ellos un nuevo
ángel que porte la buena noticia, de que Dios ha cancelado nuestras deudas y
nos abierto el camino hacia Él. Recibamos hoy a Jesús que viene a su Iglesia
reunida en asamblea festiva, y que llega con todas las gracias de su
nacimiento: la buena voluntad y la paz de Dios hacia todos y cada uno de
nosotros. Así pues, desde este medio me uno a las más bellas y ricas
felicitaciones en este día de fiesta espiritual: FELICIDADES amigos y amigas,
que desde el portal de Belén sepan recibir el amor y el consuelo que Dios hecho
hombre nos ha venido a traer.
“Y el ángel la dejó” (Lc 1,26-38 – IV Domingo de Adviento)
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“Y el ángel la dejó” (Lc 1,26-38 – IV Domingo de Adviento)
En el camino cercano a
Belén, es decir, a la Navidad, la liturgia de la Palabra de Dios nos acerca a
los momentos previos al nacimiento del Mesías como fueron la anunciación y la encarnación
en el seno de la Virgen María. De eso trata precisamente las lecturas de este
domingo. Dos son los centros de interés fundamentales en el texto lucano de la
así llamada anunciación a María: el anuncio del nacimiento de Jesús y la
vocación de María a ser sierva del Señor. Jesucristo se presenta como el
“signo” de la fidelidad de Dios, que mantiene las promesas hechas a David: “se
llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre,
reinará sobre a casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”
(vv.32-33). Hijo de David en el doble sentido de la carne y del Espíritu, que
con su aparición en el mundo comienza a desvelar el misterio o plan secreto de
Dios para la salvación de la hombres.
viernes, 5 de diciembre de 2014
“¡ALLANAD!” (Mc 1,6-8.19-28 – III Domingo de Adviento)
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Al Encuentro de la Palabra…
“¡ALLANAD!” (Mc 1,6-8.19-28 – III Domingo de Adviento)
¿Cómo nos imaginamos este
Cristo que esperamos? Las preguntas de sacerdotes y levitas responden a las
diversas concepciones del Mesías que se hacían los distintos grupos de Israel.
Para responder a ellos y a nosotros, hoy aparece de nuevo Juan, el Bautista, él
se presenta como testigo vivo de la Luz que se espera, Voz “que grita en el
desierto”. Esta voz de Juan comunica contenidos que no son suyos, suceso que la
supera, es embajador de otro más grande que él. Es pues, una voz-guía que tiene
la misión de ilustrar a la humanidad el camino definitivo del Evangelio, la
persona definitiva de Cristo. Y para reconocer a ese que él anuncia, se hace
importante su invitación de “Allanar los caminos del Señor”.
“¡PREPARAD!” (Mc 1,1-8 – Segundo Domingo de Adviento)
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Al Encuentro de la Palabra…
“¡PREPARAD!” (Mc 1,1-8 – Segundo Domingo de Adviento)
La liturgia de la Palabra
de Dios del segundo domingo de Adviento, se abre con la voz del gran heraldo
del Señor: Juan el Bautista. Él es
como un índice apuntando hacia el ingreso decisivo del Señor por los caminos de
mundo. Predica en el desierto la esperanza de la venida del Señor. Es en el
desierto doloroso y purificador donde se prepara esa venida. El inicio de este
evangelio, que se nos presenta hoy indica que lo que sucedió con Jesús, se comprende
a la luz la Escritura. Según la costumbre judía en una doble cita aparece en
primer lugar un texto de la Ley, es decir, de los cinco primeros libros del
Antiguo Testamento. Aquí se trata de Ex 23,20, donde Dios le había prometido al
pueblo un ángel como protector en el paso por el desierto:
miércoles, 26 de noviembre de 2014
“¡VELAD!” (Mc 13,33-37 – Primer Domingo de Adviento)
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Al Encuentro de la Palabra…
“¡VELAD!” (Mc 13,33-37 – Primer
Domingo de Adviento)
Hoy con el hermoso verbo
en griego gregorein, que resuena por
más de tres veces en el evangelio de hoy, se inaugura solemnemente el Año Litúrgico,
con este sagrado tiempo del Adviento. El verbo lo traducimos como “velar,
vigilar” y le acompaña en todo el Nuevo Testamento, por significado el verbo egheiren, “despertarse”. Maravillosos
verbos que enfatizan la necesidad de vivir este nuevo tiempo en términos de una
vigilancia que manteniéndonos despiertos, enfatiza la voluntad espiritual del
cristiano a no dormirse o lo que sería peor, perderse en la neblina de la
inmovilidad y la pasividad, que conllevaría a todo tipo de desenfreno por no
tener ningún puerto seguro a donde llegar.
martes, 11 de noviembre de 2014
“Su Señor le dijo…” (Mt 25,14-30 - XXXIII Domingo de Tiempo Ordinario)
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Wilson Velásquez
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Al Encuentro de la Palabra…
“Su Señor le dijo…” (Mt 25,14-30 - XXXIII Domingo de Tiempo Ordinario)
La hermosa imagen de este
hombre rico, entendido en la parábola como “el patrón”, de cara a la solemnidad
del domingo próximo, nos orienta a la imagen que Mateo revela y gusta en este
capítulo 25, a saber, la de Cristo, Rey, Señor y Dueño de cuanto existe. Mateo
nos ha presentado a través de Jesús el “Reino de Dios” y al mismo tiempo al
“Dios que quiere reinar”. Por lo que este Rey en su Reino, en esta conocida
parábola, deja a sus siervos amplios márgenes de autonomía y de acción. En esa
sociedad pre-industrializada del siglo I, todos pudieron entender esta
parábola, entrelazada en esas relaciones de patrones y siervos, a quienes se
les pide, desde su propio estilo y capacidad, hacer producir el capital
recibido. La ausencia del patrón que se fue es prolongada pero no definitiva,
cosa que nadie debería olvidar, mucho menos, sus siervos, porque de pronto la
puerta se abre y aparece ante ellos su señor.
lunes, 10 de noviembre de 2014
“Dar culto verdadero…” (Jn 4,19-24 – Dedicación de la Iglesia de san Juan de Letrán)
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Wilson Velásquez
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Al Encuentro de la Palabra… “Dar culto verdadero…” (Jn 4,19-24 – Dedicación de la Iglesia de san Juan de Letrán)
Hoy toda la Iglesia universal hace memoria de la dedicación en la fecha del evento;toda catedral, como sede del obispo, tiene su fecha de consagración conmemorativa; toda la Iglesia universal recuerda hoy la dedicación de la iglesia del obispo de Roma y pastor de toda la comunidad de Cristo, es decir, la Basílica de San Juan de Letrán. Las lecturas de este día, tienen sustancialmente la finalidad de recordarnos que no es el templo arquitectónico, en su grandeza artística como es el caso de san Juan de Letrán o en su pobreza material como es el caso de muchos edificios sagrados dispersos por el mundo, es sobre todo un SIGNO.Todo templo acoge la presencia del Señor. Dios podemos decir “se adapta” al templo, pues como sabemos Él es infinito, inabarcable, y lo hace para encontrar al pueblo que lo invoca. Él como nos señalan las lecturas de hoy, hace habitar en el templo “su Nombre”, es decir su presencia eficaz para poder “escuchar, perdonar y atender las necesidades de su pueblo”. De allí que todo templo es sagrado en la medida en que Dios y los hombres se encuentran allí. El templo como “signo” y no como fin es proclamado con fuerza por Jesús en el diálogo con la samaritana: “Ni en este monte, ni en Jerusalén adorarán al Padre”. El Garizim, era la sede del culto de los samaritanos, mientras que el monte Sión, era la sede del culto hebreo. Jesús afirma que ninguno de los dos puede contener y absorber la plena presencia del Dios vivo y la perfecta forma para adorarle, ya que “Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad”. El Espíritu es principio de un nuevo nacimiento y la verdad es la revelación que Cristo mismo nos ha traído. Ya san Juan en su prólogo nos había dicho: “El Verbo se hizo carne y puso su tienda en medio de nosotros”(1,14), con evidente alusión al templo de Jerusalén. El auténtico Templo es el propio y mismo Hijo de Dios. Así lo entendió Jesús mismo cuando con ocasión de la expulsión delos mercaderes del Templo dijo: “Destruyan este templo y en tres días lo reedificaré…Él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2,19.21). Todos, pues, deseamos entrar al templo para encontrar la presencia divina del Señor que sana, perdona y atiende nuestras súplicas. Pero la invitación de hoy, siguiendo el texto de la samaritana, es entrar para “adorar” a Dios en su santuario. Diez veces resuena el verbo griego proskunein “adorar”. Dos sentidos tiene su uso hoy. El primero que se refiere a nuestro culto ritual preocupado por la rubricas y los detalles, que tiene su valor sin lugar a duda y el de “adorar en Espíritu y Verdad”, es decir, ese culto que implica profundamente la adhesión de la fe, un dejarnos invadir por ese Espíritu que viene en “ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Sólo si existe esta liturgia personal y espiritual, tiene sentido la primera señalada anteriormente. Los verdaderos adoradores, en el lenguaje de san Juan,adoran en Espíritu y en Verdad. La verdad es el Evangelio, es Cristo mismo, el Espíritu es el alma de la Iglesia y de sus sacramentos de salvación. Entrando con Cristo y con su Palabra, nosotros nos acercamos al infinito y al eterno, comenzando ya ahora y aquí la gran liturgia celestial. Sin esta experiencia en “Espíritu y Verdad” nuestras celebraciones rituales dentro de los templos los desacralizan y los convierten en puros lugares de reunión.
Hoy toda la Iglesia universal hace memoria de la dedicación en la fecha del evento;toda catedral, como sede del obispo, tiene su fecha de consagración conmemorativa; toda la Iglesia universal recuerda hoy la dedicación de la iglesia del obispo de Roma y pastor de toda la comunidad de Cristo, es decir, la Basílica de San Juan de Letrán. Las lecturas de este día, tienen sustancialmente la finalidad de recordarnos que no es el templo arquitectónico, en su grandeza artística como es el caso de san Juan de Letrán o en su pobreza material como es el caso de muchos edificios sagrados dispersos por el mundo, es sobre todo un SIGNO.Todo templo acoge la presencia del Señor. Dios podemos decir “se adapta” al templo, pues como sabemos Él es infinito, inabarcable, y lo hace para encontrar al pueblo que lo invoca. Él como nos señalan las lecturas de hoy, hace habitar en el templo “su Nombre”, es decir su presencia eficaz para poder “escuchar, perdonar y atender las necesidades de su pueblo”. De allí que todo templo es sagrado en la medida en que Dios y los hombres se encuentran allí. El templo como “signo” y no como fin es proclamado con fuerza por Jesús en el diálogo con la samaritana: “Ni en este monte, ni en Jerusalén adorarán al Padre”. El Garizim, era la sede del culto de los samaritanos, mientras que el monte Sión, era la sede del culto hebreo. Jesús afirma que ninguno de los dos puede contener y absorber la plena presencia del Dios vivo y la perfecta forma para adorarle, ya que “Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad”. El Espíritu es principio de un nuevo nacimiento y la verdad es la revelación que Cristo mismo nos ha traído. Ya san Juan en su prólogo nos había dicho: “El Verbo se hizo carne y puso su tienda en medio de nosotros”(1,14), con evidente alusión al templo de Jerusalén. El auténtico Templo es el propio y mismo Hijo de Dios. Así lo entendió Jesús mismo cuando con ocasión de la expulsión delos mercaderes del Templo dijo: “Destruyan este templo y en tres días lo reedificaré…Él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2,19.21). Todos, pues, deseamos entrar al templo para encontrar la presencia divina del Señor que sana, perdona y atiende nuestras súplicas. Pero la invitación de hoy, siguiendo el texto de la samaritana, es entrar para “adorar” a Dios en su santuario. Diez veces resuena el verbo griego proskunein “adorar”. Dos sentidos tiene su uso hoy. El primero que se refiere a nuestro culto ritual preocupado por la rubricas y los detalles, que tiene su valor sin lugar a duda y el de “adorar en Espíritu y Verdad”, es decir, ese culto que implica profundamente la adhesión de la fe, un dejarnos invadir por ese Espíritu que viene en “ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Sólo si existe esta liturgia personal y espiritual, tiene sentido la primera señalada anteriormente. Los verdaderos adoradores, en el lenguaje de san Juan,adoran en Espíritu y en Verdad. La verdad es el Evangelio, es Cristo mismo, el Espíritu es el alma de la Iglesia y de sus sacramentos de salvación. Entrando con Cristo y con su Palabra, nosotros nos acercamos al infinito y al eterno, comenzando ya ahora y aquí la gran liturgia celestial. Sin esta experiencia en “Espíritu y Verdad” nuestras celebraciones rituales dentro de los templos los desacralizan y los convierten en puros lugares de reunión.
martes, 21 de octubre de 2014
“Estos dos mandamientos…” (Mt 22,34-40 – XXX Domingo del Tiempo Ordinario).
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Al Encuentro de la Palabra…
“Estos dos mandamientos…” (Mt 22,34-40 – XXX Domingo del Tiempo Ordinario).
Hoy salimos al encuentro
de una Palabra de Señor, que según san Mateo evalúa la realidad más íntima y
externa del pueblo de Israel y de cada persona en singular. El evangelio
asegura que no podemos refugiarnos en el amor de Dios en exclusiva. Este amor tiene
otra cara: el prójimo. A Dios, a veces, no cuesta amar: no se le ve. Pero al
prójimo sí es difícil amarlo; el prójimo nos necesita, nos molesta, nos
inquieta; hasta podemos tener motivos razonables para no amarlo, porque es
enemigo.
En tiempos de Jesús no
faltaban voces que reclamaban en primer lugar para el amor a Dios y al prójimo,
sin embargo, dominaba la opinión de que el mandamiento más importante, que
resumía la entera Ley, era la observancia del sábado. La determinación de
mandamientos grandes y pequeños no significaba, sin embargo, que unos fueran
menos obligatorios que otros: todos tenían la misma importancia. Se contaban en
la Ley 613 mandamientos; de ellos, 365 negativos y 248 positivos.
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